Quejarse es un traje comodísimo que siempre nos sienta mal. Podemos llevarlo a arreglar, que metan, que saquen un poco de tela de ahí, que lo ajusten al cuerpo que tenemos; podemos incluso cambiar ese cuerpo, someternos a dietas virtuosas, ayunar intermitentemente, dejar a un lado el pan y el vino. Nada sirve. Siempre salimos feos en la foto. La queja es pasiva, inane. Nos reconforta en lo que tiene de expresión personalísima de nuestras necesidades más pequeñas; conviene hacerlo solo en privado, si acaso ante dos o tres personas de confianza que nos quieran lo suficiente para no tomarnos demasiado en serio, para pasarnos una mano por los cabellos como a un bebé que llora porque no entiende. Es una acción retórica, meramente decorativa, porque se aleja de la protesta lo suficiente para nunca llegar acompañada de la acción, porque supone una renuncia absoluta del deseo.
Hemos hecho de ella una forma de estar en el mundo, miramos allí a lo lejos y nos quejamos porque no sirve de nada, aunque no sirve de nada. Mientras tanto, aquí, en lo tangible, somos más de bajar la cabeza. Cientos y cientos de españoles se quejan esta primavera del precio de las entradas de Coachella, el festival que se celebra a decenas de miles de kilómetros de las casas donde teclean enfurecidos en Twitter mientras la lista de la compra con la que deben darse de comer y de limpiar a sí mismos sube y sube. Critican las comidas pantagruélicas en restaurantes de postín de Alberto de Luna porque no pueden hacer nada para convencerle de que coma de medio menú en el bar de la esquina. Ponen a parir a Esther Expósito y a Mbappé por amarse en Sicilia, por fingir lesión, por olvidarse de su trabajo y vivir como si nunca más importara ser el mejor jugador del mundo. Como si cualquier esfuerzo profesional fuera más relevante que jugar a la dama y el vagabundo con unos linguini en Cagliari. El acto total de rebeldía que tiene a su disposición el ciudadano medio es gastar su tiempo de twittear en llevarle a su novia a la salida de la oficina un ramito de violetas. Se quejan porque no hacen lo que les da la gana en vez de aprender de los expertos.
Al vecino de portal o de mesa de oficina que cuando puede se escapa para asomarse al lujo del que se priva en su día a día para saborear una gran comida en Puntarena o en Can Roca no hay que mirarle con recelo sino celebrarlo y admirarle. Ojalá los sindicatos y los políticos se gasten todo el dinero público en jamón ibérico de bellota y gamba roja de Huelva y no en panfletos ni en elaborar consignas. No hay mayor ejercicio de ruptura de las condiciones miserables de la clase obrera que abandonarse al hedonismo y pagar, lo que sea, una ración de bravas en Docamar nos sirve, sin preocuparse de lo que baja o no la cuenta bancaria después del tarjetazo de rigor.
La edad dorada de la queja, que no la del quejío, que nace de la rabia y de la miel, del orgasmo y del dolor, ha olvidado la belleza de la ambición; la hermosura del método del palo y la zanahoria. Quien solo se rodea y se siente arropado e inspirado entre compañeros de fatigas se aleja irremisiblemente de la felicidad futura. La aspiración es el diesel del ser humano; la queja su verdadera criptonita. Encontrar la belleza es una misión imposible si no seguimos las huellas que otros dejaron antes en el camino. Seguir las pistas y resolver los misterios requiere de una mirada limpia y clara, como el agua.
Ver en el palo un cayado, en la zanahoria el alimento, y no en todo un desafío cruel a nuestra paciencia es lo que nos debe guiar por la única vida que tenemos. Nos quieren encerrados en nuestras miserias. Debemos responder siempre saliendo al sol, brindando por encima de nuestras cabezas y por encima de las que nos dicen que son nuestras posibilidades. Solo así afilaremos el colmillo, perfeccionaremos el gusto, y dejaremos de creer que tenemos que conformarnos con el sabor de la carne rancia para luego poder quejarnos de ella.
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