De todos los errores que ha cometido la Iglesia Católica en las últimas décadas, cuando le ha tocado adaptarse al signo de los tiempos en lugar de marcarlo, como no abrirle las puertas de par en par a la comunidad LGTBIQ+ cuando estaban deseando encontrar un lugar donde pertenecer y donde alojar sus ansias de vivir el amor y vivir, joder, el matrimonio, un sacramento, el santo y seña del propio catolicismo, en tiempos donde cada vez menos personas quieren casarse; prohibir el uso de métodos anticonceptivos y dejar en manos de otros la construcción de los cánones del sexo libre, o los deplorables encubrimientos de asquerosas conductas pedofílicas y abusivas que se han gestado en su seno durante, seamos generosos, décadas, el Papa Leon XIV acierta rotundamente en su primera encíclica, poniendo el ojo y la bala en la revolución de la inteligencia artificial.
El texto, que ha visto la luz esta semana con el nombre de Mangifica Humanitas, y el apellido de “sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, es una respuesta a la altura del desafío demencial al que están sometiendo al mundo una panda de lunáticos despojados de toda sensibilidad y experiencia sobre lo que nos hace personas, personas libres. La carrera por la inteligencia artificial no es solo, poniéndonos en los zapatos de la Iglesia, un pulso pecaminoso a la idea de Dios, sino una pugna deshumanizadora, armamentística, como lo fueron las disputas por ver quién diablos construía antes un arma capaz de hacernos desaparecer a todos. Esta vez, ni siquiera con el subterfugio de desarrollarla antes de que lo hagan los malos. La catadura moral de los popes de la tecnología, ya no al servicio del humano, sino intentando suplantar lo más propio del mismo, carece de calificativos a la altura al mal que ya está provocando, solo con sus primeros pasos, en la sociedad-mundo en la que vivimos.
Por si fuera poco, y como bien se ha encargado de destacar el Sumo Pontífice, esta revolución (solo las mentes adolescentes pueden seguir considerando como positivas las revoluciones por el mero hecho de serlo) está dirigida por una serie de corporaciones que operan al margen de cualquier otro interés que no sea el económico. Pfffuagh. A todos nos parece insoportable lidiar con ese amigo pesetero que solo habla de dinero y estamos delegando nuestra capacidad única de pensar y de sentir en una serie de individuos lo suficientemente alineados como para querer reemplazar la búsqueda por el hallazgo, eliminando no solo el misterio propio de lo que reside en cada uno de nosotros, tentándonos con respuestas homogéneas que eliminan el cribado y las ramificaciones de conocimiento que nos ofreció el internet original de forma mucho más intuitiva -aunque la misma, en el fondo- que una gran biblioteca borgiana, sino que además lo hacen para lucrarse a expuertas, acumulando ellos la riqueza de la difusión del conocimiento, que debe estar en cuantas más manos mejor, para que no se corrompa. En eso, no deja de ser paradójico que nos recuerden a otro de los episodios negros de las religiones, especialmente oscuros para quienes creemos en ellas, como fue la doctrina piramidal y ad hoc, inventando, muchas veces, dogmas a la carta, de algo tan inherente (e individual) a cada uno de los seres humanos como es la fe. Quizá el hecho primigenio más puro que tenemos.
León XIV con esta Magnifica Humanitas y con su repudio tajante de las ideologías tecnofílicas que convierten al ser humano en un mero consumidor de su propio veneno mortal, se sitúa en una posición interesante, por útil, que se aleja del populismo inane de su predecesor, que a pesar de acaparar titulares bienintencionados, fue capaz de impulsar pocos cambios doctrinales reales en el seno de la Iglesia Católica. Así como el inmovilismo natural, a fuer de reflexión meditada, de una institución milenaria que, cuando le toca reaccionar, suele inclinarse por la negación de los problemas de nuevo cuño que surgen en una sociedad que cada vez va más rápido, y que necesita del sosiego de quienes viven en base a los mismos valores desde hace siglos y siglos, sin caer en soluciones cortoplacistas que poco sirven, ni a quienes ya vivimos esa fe, ni a quienes podrían acercarse a ella de nuevas.
Siendo la Iglesia Católica la gran institución religiosa del mundo libre, y confiando en ella todavía como generadora de respuestas a las preguntas de ese mundo libre, a diferencia de otras religiones monoteístas ocupadas, básicamente, en matar y someter al otro, este paso de León XIV es un motivo para la esperanza y la reconciliación con los valores humanistas sobre los que se fundó la religión cristiana.
No se trata solo de inteligencia artificial, sino de todas esas experiencias humanas que están siendo puestas en jaque por la tecnología llevada a su peor expresión: desde las aplicaciones de citas al control de las actividades humanas por parte de un Estado que cada vez más, encuentra en la tecnología una forma de control. Parece que por lo menos alguien en el Vaticano ha visto Matrix.
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