El humorista argentino Guillermo Selci ha convertido el stand up en un territorio incómodo donde casi ningún tema queda fuera. Violaciones, religión, enfermedad, política o identidad aparecen en sus monólogos atravesados por un humor negro que incomoda a algunos y provoca carcajadas a otros. Esa mezcla de riesgo, provocación y teatralidad ha llegado a España. Tras actuar el pasado 7 de marzo en Sevilla, este miércoles lo hace en Madrid. Sus próximas paradas serán en Barcelona (12 de marzo) y Tenerife (15 de marzo).

En una conversación con Revista Bando, Selci habla de su llegada al público español, de su alter ego escénico Maverick —un personaje con el que empuja aún más los límites del humor— y de la relación entre comedia, censura y redes sociales. El cómico reflexiona además sobre el papel del humor como forma de enfrentar temas incómodos, la reacción del público ante sus chistes y el nuevo escenario de restricciones que, según explica, ya no depende tanto de los gobiernos como de las plataformas digitales. También recuerda episodios de su carrera en Argentina, desde actuaciones frente a políticos como Javier Milei o Cristina Fernández de Kirchner hasta momentos más tensos en algunos escenarios.

P: ¿Cómo se está tomando España tu forma de hacer humor?

R: Muy bien y es gracias a que me prohibieron varios vídeos por culpa de una ley de la Unión Europea. Eso sirvió para que me dijeran que viniera.  También estoy contento porque pensaba que la mayoría de los asistentes iban a ser argentinos y el 90% son españoles.

P: Habrán alucinado con el show.

R: Se sorprenden de lo fuerte que es, pero es tarea del cómico generar contextos en los que se entienda que estamos en el terreno de la ficción. En la última parte de la actuación, interpreto a un alter ego, Maverick, y asumo el doble de riesgo. Sin embargo, se entiende que es un personaje. Aunque algunos quieran ir a la guerra con lo que hago, en general la gente se lo toma bien. Es humor y cuantos más odiadores haya, mejor. 

P: ¿Cómo encontraste en el humor negro tu estilo?

R: Es algo que trato bastante en terapia. Cuando empecé, hacía un humor más blanco; sin embargo, hace 10 años que tiré por el negro. Aunque me traía problemas, me gustaba mucho hacerlo. De hecho, en un show en Argentina, coincidiendo con mi cumpleaños, el dueño de un bar casi me caga a trompadas. 

P: Haces humor sobre violaciones, feminismo, cáncer, abortos, pederastia, Sindrome de Down, colectivos LGTBI, racismo...

R: Estamos en el terreno de la ficción. Yo en la vida real no me río de un enfermo de cáncer. Muchos de los temas de los que hablo me asustan y hacerlo es una especie de exorcismo para sacarles el demonio. Cuando tienes un problema con alguien, es mejor el chiste que la solemnidad.  Esto es joda, un juego que consiste en reírnos un rato en el teatro. Después de todo eso, obviamente, la vida es una mierda. 

P: Yo reconozco que me río con tu forma de hacer humor. Y también me hace reflexionar sobre si soy buena persona por ello. ¿Te pasa algo similar cuando elaboras un chiste?

R: Claro. Y al público, también. De golpe se está riendo y se pregunta por qué lo está haciendo. Nuestro trabajo es convertir algo espantoso en algo gracioso. Además, hasta cierto punto, todos somos unos mierdas. El problema es que la gente ha sido educada en la represión. "De eso no te rías", nos han dicho siempre. Por otra parte, a nadie le educan para que sea cómico. Si sabes tocar la guitarrra sí, pero si haces chistes... Se ve como burla, como algo malvado. Pero, justamente, esa represión alimenta al cómico. 

P: ¿Tiene límites el humor?

R: Mi teoría es que el humor no tiene límites sino contextos y el labor del cómico es saber encontrarlos. Yo quiero que te rías de la maldad que tienes dentro. 

P: ¿Quién se ofende más, la izquierda o la derecha?

R: Los dos. En Argentina se dice mucho lo de "con estas cosas no se jode". Y no hay nada peor que decirle eso a un cómico. Tanto conservadores como progresistas tienen sus temas sagrados y el deber del cómico es meterse con ellos. En redes sociales, todo el mundo se hace el guapo. Izquierda, derecha, me da igual. Todos te prometen arrancarte la cabeza y asesinarte. Pero luego hay que ver hasta qué punto están enojados. Me ha pasado con amigos y luego cara a cara se les pasa.

P: ¿El europeo se ofende más que el argentino?

R: Quizás por las redes, pero cara a cara... Mi trabajo como cómico es hacer reír al que me odia. Luego, la gente debe aprender a separar a la persona del humor que hace. También tengo el debate de si frenar o no al que se ofende ya que ese enojo me conviene. Por otra parte, el odio no engancha tanto y es un sentimiento efímero. Soy optimista y creo que todo el mundo es bueno, pero tiende a enfadarse. Con mi humor trato de mostrar nuestras miserias y si te quieres descargar contra una pantalla, dale.

P: Has hecho humor frente a Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei. ¿Quién tiene mejor sentido del humor?

R: En ese momento parece ser que los dos... Lo que pasa es que Milei es mucho más gracioso que yo. Los dos me cayeron bien. Pero Milei está loco. ¿Qué te voy a decir?

P: ¿Ha cambiado algo Argentina con su llegada en materia de libertad de expresión?

R: Esto se escapa de todo poder. El verdadero problema no es la política, son las redes. Instagram se pone cada vez más duro y cada vez me restringe más el humor. Y eso es obra de Zuckerberg, no de Milei ni de ningún otro político. Me pasa mucho con los chistes sobre religiones. Judíos o musulmanes. "Esto es discriminación", dicen. No, es un chiste y además, de un personaje que interpreto. La política nunca ha sido un problema, las redes sí. Son el verdadero poder.

P: Aquí los sentimientos religiosos son bastante peliagudos. Tenemos a Abogados Cristianos, que es una organización ultracatólica que se dedica a denunciar humoristas.

R: Les dedicaré algo en el show. Ese tipo de gente son los peores, además. Si alguno viene, mi objetivo es hacerlos reír.