A día de hoy, los macrofestivales musicales están a la orden del día como fenómeno típico y paradigmático del verano. Aunque la historia y difusión de este tipo de eventos se remonta a la década de los setenta del siglo pasado, fue en los noventa cuando algunos de los actuales festivales más populares iniciaron su andadura. 

Debemos remarcar, que los años setenta son análogos a los noventa en ciertos aspectos relativos al gusto musical predominante entre la juventud. Si los setenta representaron una continuidad de la década anterior en términos del triunfo de lo contracultural a nivel masivo, los noventa están marcados por la preponderancia mainstream de lo alternativo. Los grandes grupos de la segunda mitad de los sesenta y la primera de los setenta surgieron del ámbito de la transgresión y la rebeldía contracultural propia del hippismo. Por su parte, en los noventa Nirvana desbancó a Michael Jackson en el número 1 de la lista de discos más vendidos el 11 de enero de 1992, con Nevermind frente a Dangerous, un hito totalmente inesperado que propulsó a innumerables grupos musicales considerados alternativos a la primera plana de la palestra musical, haciendo de la música y cultura indie uno de los grandes protagonistas de la década. Al ver el gran e inesperado éxito de Nirvana, las grandes compañías de discos promocionaron a bandas que hasta entonces habían ocupado un lugar secundario en sus planes de negocio. 

En España el impacto cultural de la música alternativa lo definieron grupos como Australian Blonde, con su disco Pizza Pop (1993) y su single “Chup chup”, y Dover con su álbum Devil Came to Me (1997), ambos producidos y lanzados por el sello Subterfuge. Indudablemente, los festivales musicales, tanto de los setenta como de los noventa, surgen de ese magma contracultural y alternativo. 

Los primeros festivales musicales de este estilo que surgen en España son el Festival de Música Progresiva de Burgos (1975) (considerado el "Woodstock español", reunió a miles de jóvenes bajo una fuerte represión policial al final del franquismo) y Canet Rock (1975-1978) (símbolo de la transición democrática en Cataluña, reuniendo rock layetano y movimientos sociales). Con la llegada de los ochenta, década consumista y mainstream por antonomasia, la primera era de los festivales musicales pasó a mejor vida, aunque estos resurgieron con el ya mencionado estallido de la cultura indie de los noventa. Fue entonces cuando fueron fundados festivales como el Sónar (1994), el Festival Internacional de Benicassim (1995) o el Festimad (1996). En la siguiente década surgieron otros macrofestivales hoy predominantes como el Primavera Sound (2001), el Bilbao BBK Live (2006), Arenal Sound (2010) o Mad Cool (2010). 

Dicho esto, en los últimos tiempos, el tradicional festival alternativo parece haber mutado en un monstruo de muy diferente tipo a su predecesor original. Se ha criticado los precios abusivos, la mercadotecnia y la explotación de los trabajadores por parte de muchos de estos festivales, que ya no parecen tan “alternativos” como cabría esperar. Si nos atenemos a su carácter contracultural, estos eventos parecen perfectamente domesticados. Cuando, por poner un ejemplo, vemos que integran a los hijos de los asistentes en las celebraciones (pensemos en fenómenos como Sónar Kids), sabemos que este tipo de festivales no son lo que eran: no hay nada menos rebelde, contracultural y alternativo que incluir a “toda la familia” en tal acontecimiento. Por otra parte, la cultura juvenil propia de la contracultura, que representaba un elemento intrínseco y esencial a la misma, deja de ser literalmente tal, cuando los consumidores de tales eventos son personas de más de cuarenta años de edad, hecho omnipresente a día de hoy. 

Para terminar mencionaremos el libro de Nando Cruz, Macriofestivales: el agujero negro de la música (2023), en el que este periodista cuestiona los festivales por el solapamiento de actuaciones, como lugares donde la música ha dejado de ser el centro para convertirse en el pretexto de un modelo basado en la abundancia, el consumo y la gestión de masas. La paradoja del macrofestival, entre otras cosas, es que promete más música de la que cualquier asistente puede llegar a disfrutar. 

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