Me levanto ayer medio encabronado por tener que madrugar, arrastro como puedo los pies a la cocina y, mientras se calienta la cafetera, abro un importante periódico progresista en busca de las alegres noticias sobre el colapso del contrato social que cada mañana me trago con más entusiasmo que un granizado de alprazolam – por ejemplo, que la vivienda sigue tan disparada que ni una crisis deflacionaria la podría tumbar –; sin embargo, lo que me encuentro es una portada en tres columnas – raro en este periódico, suele sacarlas en dos – donde comentan en la de la izquierda las novedades en el reality de la corrupción que nos trae cual leche fresca la UCO, en la central que Messi ha ganado el Princesa de Asturias y en la de la derecha, dividida la información en varias noticias y opiniones, que Bad Bunny ha dejado pasar a gordos y feos (sic) a la dichosa casita que se ha montado en el Metropolitano: mola mucho porque la del boricua es la única vivienda a la que ahora sí puedo acceder.  

Cambio de diario a uno más conservador, que en esta casa somos lectores de Chesterton y hasta de El Mundo, y me encuentro la columna de un metalpaco también muy madrugador que dice no sé qué disparate adanista sobre Bad Bunny, así que me frustro, cierro ese nodo del pulso social que son los diarios y abro Instagram en busca de unos reels que me encapullen el cerebro mientras, qué largo se me está haciendo, sale el café, pero lo que me encuentro ahora es el vídeo de una famosa presentadora e influencer que sale últimamente hasta cuando apago la tele – esta no es que madrugue, es que directamente no duerme – hablando de purgar nuestras contradicciones por gustarnos la música del boricua, como si acaso fuera yo el puto confesor de María Cristina y tuviera que soltarle una bula feminismo et reguetón para que se vaya a mover el culo al campo del Atleti. 

Es fascinante la poca imaginación que tenemos los periodistas – cuando queremos y nos conviene – para escribir sobre temas originales con colmillito y garra; preferimos subirnos al carro de un debate absurdo y artificializado por tres influencers izquierdistas que, ante la ausencia de uno mejor en el que regocijarse , han decidido coger un tema que le gusta a mucha gente, la música en directo de Bad Bunny lo es, y que más o menos se comenta en la calle, también lo es que para entrar en su casita del Metropolitano había que tener un cuerpazo canónico, para estirarlo hasta la parodia expiándose en que todo es política; y es cierto, sí, todo es política, pero mi amiga Marta lleva más razón que un santo al decir que no hace falta rascar en el lado político a cada rato: es como ponerse a discutir de Chesterton – o de las columnas de El Mundo – en medio de un polvazo. Todo a su momento y en su justa medida, tío. 

Si es que yo de verdad lo entiendo, sé que el tema atrae muchos likes y genera un ragebait enorme porque es superficial, manido y tiene una lectura pseudosociológica bastante fácil, pero empezamos a sonar como loritos con demencia senil sobreanalizando en los diarios que marcan la agenda mediática de España cada detalle de ese señor multimillonario al que, por cierto, yo también adoro. Más importante que saber hacer es saber parar, hacedme caso.  

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