Vicent Monsonís es director, guionista y productor valenciano. En La invasión de los bárbaros, adapta al cine la obra teatral homónima de Chema Cardeña para construir una película sobre memoria democrática, represión franquista, expolio cultural y fosas comunes. El filme, rodado en valenciano, nace también de una memoria íntima: las historias que sus abuelos le contaron sobre la guerra, la posguerra y el miedo cotidiano en la València franquista.

La película cruza dos tiempos: en 1939, Esperanza, conservadora del Museo del Prado, es interrogada por un mando franquista por la desaparición de un cuadro; ochenta años después, Aurora, su nieta, lucha por recuperar los restos de su abuela en una fosa común. A partir de ese vínculo entre pasado y presente, Monsonís plantea una obra sobre las heridas que siguen abiertas, la dignidad de las víctimas y la necesidad de mirar de frente una historia que durante décadas fue condenada al silencio.

P: La película tiene algo de thriller: una obra desaparecida, un interrogatorio, una nieta buscando restos en una fosa y un alcalde que bloquea esa búsqueda. ¿Le preocupaba que esa estructura de intriga tapara la dimensión política de fondo?

R: No, en realidad no. La película se basa en una obra de teatro y en la obra teatral era necesariamente mucho más sencilla: cuatro personajes solamente y dos momentos básicos, el interrogatorio de Esperanza y luego Aurora, que quiere abrir la fosa en la época actual. Yo me di cuenta desde el primer momento de que esa dimensión de thriller, del tema del cuadro, pese a estar ahí, está resuelta casi de inicio, porque desde la primera vez que aparece Aurora el espectador ya va a intuir el resultado de toda esa investigación. Ya sabe que en esa fosa hay alguien, seguramente Esperanza, y que si Esperanza está en la fosa, esa es la solución del thriller.

A mí lo que más me interesaba era el proceso, el recorrido. El argumento básico de la obra de Chema Cardeña me ofrecía la posibilidad de hacer un fresco sobre la posguerra en Valencia, sobre la represión, intentando mostrar todos los tipos de represión que yo conocía, y también explicar las dificultades que tienen las familias hoy en día para poder sacar a sus familiares, a los represaliados, y de dónde vienen esas dificultades. Para mí el thriller era la excusa para enganchar al espectador, pero lo más potente era darle toda esa información política sobre los hechos y los diferentes mecanismos de la represión durante la posguerra.

P:¿Qué hay de su memoria familiar en Esperanza, en Aurora o en la atmósfera de miedo de la posguerra?

R: La idea me vino porque, al ver la obra de teatro, me asaltaron de repente todas las historias que me habían contado mis abuelos, que habían vivido en el centro de Valencia durante la guerra y la posguerra. Me contaron anécdotas familiares muy concretas: que su dinero, de la noche a la mañana, ya no valía nada; las visitas de mujeres del régimen a las casas vendiendo estampas del caudillo, que tenías que comprar sí o sí; o cómo en la finca había un delator y la gente sabía quién era, y con él había que tener mucho cuidado con lo que se decía.

P: ¿De dónde le viene esa necesidad de hablar de la posguerra valenciana y de los distintos mecanismos de represión?

R: Es un homenaje a la generación de los abuelos que tuvo que vivir en silencio, que estuvo reprimida, que se ilusionó en su momento por la República, que fue el primer ensayo de gobierno democrático que hubo en España. La primera vez que hubo una democracia de verdad fue durante la Segunda República, y toda esta gente que luchó por la democracia, que se ilusionó con ella, vio frustradas todas sus ilusiones tras la guerra.

Por la represión, por el miedo y por la violencia del régimen, tuvieron que sobrevivir la dictadura con miedo y en silencio. Mis abuelos a mí me contaron cosas que a mi madre, que es su hija, no le habían contado. Había una necesidad de hacer un homenaje a esta generación y contar su historia.

P: En la película, el alcalde representa cinismo, cálculo político y miedo a remover el pasado. ¿Qué quiso darle a ese personaje?
R: 
Cuando hablas de miedo a remover el pasado, algo de eso hay. El alcalde es un personaje al que yo conozco personalmente; no me refiero a una persona concreta, sino a que tanto el alcalde como sus amigos no son inventados. He conocido a mucha gente así en entornos cercanos. Hay una incapacidad para enfrentarse al pasado, para mirarlo a la cara, por miedo a descubrir cosas que no te gustan. Por un lado está la comodidad de decir: a mí me ha venido todo dado, estoy muy a gusto, estoy bien, ¿para qué mirar atrás?.

Mucha gente no quiere mirar atrás por no descubrir sus propios fantasmas, pero lo que no tiene sentido es que no deje que otras personas puedan recuperar a sus familiares. No están buscando venganza ni reparación económica, aunque posiblemente tendrían derecho. Están buscando recuperar la dignidad de sus antepasados. Lo que más me preocupa del alcalde y de la gente como él es la falta de empatía y de humanidad.

P: La película está rodada en valenciano. ¿Fue una decisión artística, política o ambas cosas desde el principio?

R: Yo entiendo el cine como la herramienta más importante que tiene cualquier cultura para expresarse. El cine hoy en día, de alguna manera, sustituye a la tradición oral o a la literatura: es el que nos cuenta las historias que configuran el trasfondo de nuestra cultura.

Yo soy valenciano. Aquí tenemos una cultura riquísima, una historia, una tradición, unos personajes, y nuestra propia población los desconoce. Muchas veces, cuando hablas de las historias de Valencia, hay gente que piensa que son historias más pequeñas, de segunda, comparadas con las que llegan desde fuera o desde Madrid. Yo quería demostrar al público general, pero sobre todo al público valenciano, que nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestra cultura son tan importantes como cualquier otra.

P: ¿Les preocupaba que el mercado penalizara una película en valenciano?

R :Eso nos lo dijeron desde el principio los distribuidores con los que hablamos sobre el proyecto. Nos dijeron que una película en valenciano no tendría salida comercial. Nadie la quería distribuir por el hecho de que para mí era prioritario rodarla en valenciano, y esa fue la excusa básica que nos pusieron sobre proyecto.

Nadie entró en distribución, lo cual hizo bastante más complicado conseguir la financiación. Pero una vez acabé la película y la enseñé a los distribuidores, la excusa ya no fue la lengua, sino la temática. Todos me empezaron a decir que una película sobre memoria histórica no iba a tener éxito, que el público está harto de ver películas sobre memoria o sobre la Guerra Civil. 

P: ¿Hasta qué punto cree que España sigue teniendo un problema con la impunidad del franquismo?

R: España tiene un problema porque aquí el fascismo ganó la guerra. Al ganarla, tuvo 40 años para crear sus propias narrativas, para reprimir absolutamente todo tipo de oposición de una manera muy violenta y sangrienta, y para crear una sensación de miedo y de impunidad tremenda. 

Permitieron una transición hacia un régimen democrático a cambio de que el poder siguiera en manos de los mismos. Cuando hablamos del poder hablamos del dinero, la justicia, las armas, el ejército, la policía, la judicatura y los medios. Si hoy los privilegiados siguen siendo los mismos a los que privilegió el régimen, no tienen ningún interés en que cambien esos privilegios. La democracia debería acabar con los privilegios y extender derechos para todo el mundo, pero seguimos en manos de los mismos privilegiados que estaban con el franquismo, y por eso es muy difícil revertirlo.

La invasión de los bárbaros continúa su recorrido por salas con una distribución independiente, sostenida por el boca a boca, los coloquios y el empuje del público. La película de Vicent Monsonís llega como una reivindicación de la memoria democrática, del cine valenciano y del derecho de las víctimas del franquismo a ser nombradas, recuperadas y escuchadas.

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