Han pasado casi cinco décadas desde su estreno y, sin embargo, La vida de Brian conserva una virtud rara: cada nueva revisión parece dialogar menos con el pasado que con el presente. La película dirigida por Terry Jones y escrita e interpretada por los Monty Python se estrenó en 1979 y cuenta la historia de Brian Cohen, un hombre nacido el mismo día que Jesús y en la casa de al lado, condenado a ser confundido con un mesías por una multitud siempre dispuesta a creer antes que a pensar. Esa premisa, que en otras manos habría sido un simple escándalo o una gamberrada, se convirtió en una de las sátiras más afiladas del siglo XX.
Volver a ella en Semana Santa tiene algo de gesto cultural y algo de higiene democrática. Porque lo que La vida de Brian pone en cuestión no es la figura de Cristo, a quien la película apenas toca y además trata con una distancia respetuosa, sino el mecanismo social que convierte cualquier palabra en dogma y cualquier accidente en doctrina. La diana real de la película no es la fe en sí misma, sino la credulidad humana, esa pulsión colectiva que lleva a una masa a agarrarse a cualquier símbolo con tal de no enfrentarse a la complejidad.
Y ahí reside su modernidad. Muchos recuerdan La vida de Brian por los chistes más citables -el “Frente Popular de Judea”, el “¿qué han hecho los romanos por nosotros?”, el latín corregido a golpe de autoridad o el “siempre mira el lado bueno de la vida” cantado en la cruz-, pero su hallazgo profundo no está solo en el ingenio verbal, sino en la radiografía del sectarismo. Los revolucionarios que deberían enfrentarse al poder imperial pasan más tiempo discutiendo entre sí que cuestionando al ocupante. Las masas no escuchan, repiten. Los líderes improvisados no lideran, son arrastrados por la necesidad colectiva de tener un símbolo. Y el poder, mientras tanto, observa el espectáculo con la tranquilidad de quien sabe que la fragmentación ajena también gobierna.
No extraña que su estreno desatara una tormenta. La controversia fue inmediata con protestas eclesiásticas, acusaciones de blasfemia y vetos institucionales acompañaron la salida de la película. En Reino Unido, numerosas autoridades locales exigieron ver la película antes de concederle licencia de exhibición y varias llegaron a prohibirla. En países como Irlanda y Noruega fue vetada, algo que terminó alimentando aún más su leyenda.
El escándalo funcionó como campaña de lanzamiento involuntaria, y la película entró en la historia del cine no solo por su irreverencia, sino por demostrar hasta qué punto el poder moralizador teme al humor cuando este apunta bien. No hay sermón más peligroso para el autoritarismo que una carcajada precisa.
También es imposible entender La vida de Brian sin recordar su accidentado nacimiento industrial. El proyecto se quedó sin financiación cuando EMI se retiró a última hora, y fue George Harrison quien acudió al rescate junto a Denis O’Brien, impulsando HandMade Films para sacar adelante la película.
Hay además en La vida de Brian una virtud especialmente valiosa para estas fechas ya que desactiva la falsa oposición entre espiritualidad y pensamiento crítico. Semana Santa suele ser tiempo de rito, memoria, tradición y emoción compartida. También puede ser, y quizá debería ser, tiempo de preguntas. La película de los Python entra precisamente ahí; no como una patada gratuita al creyente, sino como una advertencia contra quienes convierten cualquier relato sagrado, político o identitario en un instrumento para suspender la inteligencia. Que una obra así siga irritando a tantos demuestra que el problema nunca fue el chiste, sino el espejo.
Cuando Brian intenta decir a la multitud que piense por sí misma, la multitud responde al unísono, obediente, como si acabara de recibir un mandamiento. Es una de las secuencias más brillantes de la historia de la comedia porque contiene, en apenas unos segundos, una tesis política completa. La autonomía se proclama mucho más de lo que se practica.
Reivindicar La vida de Brian en Semana Santa, en el fondo, no consiste en ir de iconoclasta ni en presumir de irreverencia de sobremesa. Los Monty Python no ridiculizaron la fe; ridiculizaron la sumisión, la estupidez organizada, el sectarismo con vocación de verdad eterna. Y por eso, entre procesiones, incienso, torrijas y calendario litúrgico, sigue habiendo pocas películas tan oportunas como esta.