Durante décadas, el ladrón de arte perfecto necesitaba tres cosas. Paciencia, conocimientos y discreción. Entraba cuando nadie miraba, sabía exactamente qué cuadro descolgar y desaparecía dejando poco más que un marco vacío y una buena historia para el cine. Algo entre El caso Thomas CrownRififi y la precisión coreografiada de Ocean’s Eleven.

El nuevo ladrón de museos europeo parece haber visto otra película. Lleva un mazo, un hacha o una pistola. A veces, directamente, explosivos.

Europol acaba de advertir de un cambio significativo en los robos de patrimonio en Europa. Los golpes son más agresivos, sus autores no siempre pertenecen a las redes especializadas tradicionalmente vinculadas al tráfico de arte y los objetivos también están cambiando. Oro, joyas, piedras preciosas y piezas culturales que puedan transformarse, dividirse o revenderse con relativa facilidad.

El museo ya no es necesariamente el escenario de un robo sofisticado. Cada vez se parece más al de un atraco.

El ejemplo más cinematográfico ocurrió, paradójicamente, lejos de cualquier gran museo monumental. En enero de 2025, unos ladrones hicieron explotar una puerta del Drents Museum, en Assen, una pequeña ciudad del norte de Países Bajos. Se llevaron cuatro piezas de oro de la antigua Dacia que Rumanía había prestado para una exposición.

Entre ellas estaba el casco de Coțofenești, una pieza de unos 2.500 años y uno de los símbolos arqueológicos más reconocibles de Rumanía. El golpe tenía algo de película de robos, salvo por un detalle importante. Aquí no había elegancia, disfraces sofisticados ni un George Clooney calculando tiempos frente a una maqueta. Había una explosión.

El caso de Assen tampoco es una extravagancia aislada. Europol ha señalado otros episodios recientes en los que aparecen métodos mucho más directos y violentos. En 2024, cuatro encapuchados irrumpieron en el Museo Cognacq-Jay de París armados con bates y hachas. En distintos robos investigados en Europa, la intimidación física y la destrucción han sustituido parte del sigilo que tradicionalmente asociamos al ladrón de arte.

Durante mucho tiempo, el imaginario del robo de arte estuvo dominado por una figura casi romántica. El especialista que conoce el mercado, identifica una pieza concreta y sabe a quién vendérsela. Hollywood hizo el resto. Desde Cómo robar un millón hasta El caso Thomas Crown, robar arte acabó pareciendo una profesión que exigía casi tanto gusto como delincuencia.

La agencia europea investiga la participación de delincuentes procedentes de otros ámbitos y de grupos que pueden organizarse para golpes concretos sin necesidad de pertenecer a una estructura estable. Algunos contactos, según la policía europea, llegan a producirse a través de redes sociales y otros canales digitales. Es una lógica próxima a lo que las fuerzas de seguridad denominan crime as a service. Equipos que se montan para una operación concreta y después se disuelven.

También está cambiando aquello que merece la pena robar. Una pintura famosísima tiene un inconveniente evidente para un ladrón. Todo el mundo sabe que ha desaparecido. Colocar en el mercado un Picasso recién sustraído de un museo no es exactamente como vender un teléfono robado. Cuanto más reconocible es la obra, más difícil resulta moverla sin despertar sospechas.

El oro tiene otras ventajas. Puede fundirse. Una joya puede desmontarse. Las piedras preciosas pueden separarse de la pieza que permitía identificarlas. Un objeto cultural de enorme valor histórico puede acabar convertido en material anónimo cuyo precio depende menos de quién lo fabricó hace siglos que de cuánto pesa hoy.

El peligro ya no consiste únicamente en que una obra termine en la colección secreta de algún millonario excéntrico, esa fantasía recurrente del cine. Puede ser peor. Puede dejar de existir como obra.

Para los museos, la nueva situación plantea además un problema difícil de resolver. Aumentar la seguridad significa instalar más barreras, controles, vitrinas resistentes y sistemas de vigilancia. Pero las instituciones culturales llevan décadas intentando hacer justo lo contrario en otro sentido. Ser menos fortalezas y más espacios públicos.

Y quizá esa sea la verdadera historia detrás de esta nueva generación de robos. No estamos solamente ante delincuentes más violentos. Estamos viendo cómo el patrimonio entra en contacto con mercados globales más rápidos, redes criminales más flexibles y objetos cuyo valor material puede terminar compitiendo brutalmente con su valor cultural.

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