La frase es breve, afilada y profundamente incómoda: «La cultura es una coartada del imperialismo». Jean-Luc Godard la pronunció hace décadas, pero hoy circula de nuevo por redes sociales, columnas culturales y debates académicos como si hubiera sido escrita para nuestro tiempo.
En plena expansión de las plataformas globales, con la cultura convertida en industria estratégica y herramienta de poder blando, las palabras del cineasta francés resuenan con una actualidad inquietante. ¿Puede la cultura ser neutral cuando está atravesada por intereses económicos, geopolíticos y tecnológicos?
Godard, la cultura y el poder
Jean-Luc Godard no fue solo uno de los grandes nombres de la Nouvelle Vague. Fue, sobre todo, un cineasta obsesionado con desmontar los mecanismos de poder que se esconden detrás de las imágenes, el lenguaje y los relatos dominantes.
Cuando afirmaba que la cultura funciona como “coartada del imperialismo”, señalaba una idea incómoda: que el cine, la música, la literatura o el arte pueden servir para legitimar sistemas de dominación, incluso cuando se presentan como espacios de libertad, creatividad o progreso. Para Godard, no bastaba con producir cultura; había que preguntarse quién la produce, desde dónde y para quién.
La sentencia ha vuelto a circular con fuerza en un contexto marcado por la hegemonía cultural de grandes corporaciones audiovisuales, la estandarización de relatos y la exportación masiva de imaginarios desde unos pocos centros de poder.
Hollywood, Netflix, Spotify o las majors editoriales no solo distribuyen entretenimiento: también moldean deseos, identidades, conflictos y formas de mirar el mundo. En ese escenario, la advertencia de Godard adquiere una nueva capa de sentido.
La cultura sigue siendo un espacio de resistencia, pero también un terreno de disputa donde el mercado y la geopolítica juegan un papel central.
Una cultura crítica
Uno de los aspectos más incómodos de la frase es que apunta directamente al prestigio cultural. Festivales, premios, grandes museos o circuitos internacionales pueden funcionar -consciente o inconscientemente- como validadores de un canon que excluye otras voces, lenguas y miradas.
Godard desconfiaba de la cultura celebrada sin contexto, despojada de conflicto. Para él, el problema no era el arte, sino su uso como barniz moral de estructuras desiguales.
Lejos de ser una consigna cerrada, la frase sigue operando como una pregunta abierta. No invita a rechazar la cultura, sino a leerla críticamente, a no confundir difusión con diversidad ni éxito global con universalidad.
En tiempos de consumo cultural acelerado y discursos cada vez más simplificados, la advertencia de Godard sigue siendo incómoda precisamente porque obliga a frenar y mirar detrás del escaparate
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