Hubo un momento en el que ver una película de Marvel era un acontecimiento. Hoy, en cambio, es casi una tarea pendiente. El Universo Cinematográfico de Marvel (MCU) ha pasado de ser el mayor fenómeno del cine comercial del siglo XXI a convertirse en una especie de lista infinita de deberes audiovisuales. Películas, series, especiales de Navidad, multiversos, variantes, líneas temporales y cameos que prometen cambiarlo todo... para que, unos meses después, llegue otra producción destinada a volver a cambiarlo todo otra vez.

Lo que empezó en 2008 con Iron Man, una película que entonces parecía una apuesta arriesgada y no el primer ladrillo de un imperio, terminó convirtiéndose en una maquinaria narrativa capaz de arrastrar a millones de espectadores al cine con una fidelidad casi religiosa. Marvel consiguió algo que parecía reservado a las sagas literarias o a las series de largo recorrido. Cada estreno no se entendía como una película aislada, sino como una pieza más de una historia común que avanzaba poco a poco hacia un gran desenlace.

Ese desenlace llegó con Avengers Endgame, una película que funcionó como cierre emocional, celebración colectiva y funeral de una etapa al mismo tiempo. Durante años, el estudio había acostumbrado al público a esperar escenas poscréditos, conexiones secretas, regresos inesperados y amenazas cada vez más grandes. Pero lo verdaderamente importante era que, pese al tamaño gigantesco del proyecto, todavía existía una sensación de dirección. La historia parecía ir hacia alguna parte. Había un villano reconocible, una generación de héroes asentada y una promesa narrativa clara.

El problema llegó después, cuando Marvel decidió que el éxito de aquel modelo no era un ciclo que debía cerrarse, sino una fórmula que podía multiplicarse sin descanso. Tras Endgame, el MCU no se tomó una pausa para respirar, sino que aceleró todavía más. A las películas se sumaron series para plataformas, especiales, nuevas fases, líneas temporales alternativas, variantes de personajes, jóvenes herederos, dioses, brujas, entidades cósmicas y amenazas multiversales que parecían destinadas a elevar la apuesta hasta el infinito. Sobre el papel, todo sonaba ambicioso. En la práctica, empezó a parecer una mudanza sin cajas etiquetadas.

No se trata de negar que Marvel tenga derecho a seguir creciendo. Al fin y al cabo, los cómics siempre han funcionado como un territorio expansivo, lleno de personajes secundarios, universos paralelos, resurrecciones imposibles y cruces improbables. La diferencia es que el MCU había logrado durante sus primeros años ordenar ese caos y convertirlo en un relato accesible para el gran público. Uno podía ver Capitán AméricaThorGuardianes de la Galaxia o Doctor Strange sin tener la sensación de necesitar un máster previo en continuidad marvelita. Ahora, en cambio, cada estreno parece venir acompañado de una lista invisible de requisitos.

Para entender una película ya no basta con haber visto las anteriores entregas estrenadas en cines. Conviene haber seguido varias series, recordar sucesos ocurridos en capítulos emitidos años atrás, identificar personajes que aparecieron durante pocos minutos y asumir que cualquier escena puede ser una pista para algo que quizá llegue dentro de cinco años. El espectador ya no se sienta simplemente a disfrutar de una historia, sino que entra en una especie de examen no anunciado. Y si el entretenimiento empieza a parecerse demasiado a los deberes, algo se ha torcido por el camino.

Quizá el futuro del Universo Cinematográfico de Marvel no dependa de llegar más lejos, sino de aprender a detenerse. No hace falta que cada historia amenace la realidad entera, ni que cada personaje tenga una variante, ni que cada escena poscréditos abra una nueva carpeta en el archivador infinito del multiverso.

El MCU no está muerto, pero sí parece perdido en su propio laberinto. Y después de tantos portales, realidades alternativas y amenazas cósmicas, quizá el superpoder que más necesita Marvel no sea viajar por el multiverso, sino encontrar de nuevo el camino a casa.

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