Hay mitos que se resisten a morir, y el de Frankenstein lleva dos siglos demostrando que, si le coses bien las partes, vuelve a levantarse con más fuerza. Pero en 2026 el monstruo no regresa solo. Regresa con pareja. Y no una “pareja” en plan accesorio decorativo, sino una protagonista con hambre de mundo, de libertad… y de venganza. ¡La novia! (título internacional The Bride!) es la nueva película escrita y dirigida por Maggie Gyllenhaal, y viene con una promesa muy seria: agarrar un clásico del terror y convertirlo en un relato de identidad, deseo y rebelión con estética de jazz, humo y callejón oscuro.

Chicago, años 30: cuando el monstruo pide compañía… y la ciudad responde

El punto de partida suena familiar, pero la ruta cambia pronto. Según la sinopsis disponible, la película se ambienta en el Chicago de los años 30, donde el monstruo (aquí, “Frank”) busca ayuda del Dr. Euphronius para crearle una compañera. El experimento “funciona”: devuelven a la vida a una mujer asesinada y nace la Novia. Y entonces, en lugar de quedarse en el laboratorio esperando instrucciones, la historia se abre como una navaja: romance, interés policial y hasta un cambio social radical alrededor de esa criatura que, por primera vez, parece preguntarse: “¿y si no quiero ser lo que otros han decidido?”.

El detalle es importante: no es solo terror. La propia presentación del proyecto lo empuja hacia un híbrido que se ha vuelto codiciado en Hollywood (cuando sale bien): gótico + crimen + fábula moderna, con aroma de película de forajidos. De hecho, el enfoque es una especie de Bonnie & Clyde monstruoso, una pareja fuera de la ley con energía “punk”.

Un reparto que parece un festival de premios 

Si el mito es inmortal, el casting es directamente eléctrico. La película está encabezada por Jessie Buckley como la Novia y Christian Bale como Frank. A su alrededor orbitan Penélope Cruz, Peter Sarsgaard, Annette Bening y Jake Gyllenhaal, entre otros nombres que completan el “quién es quién” de la industria.

Este tipo de reparto no es casual: en el cine contemporáneo, los remakes y relecturas de mitos necesitan dos cosas para no oler a producto recalentado. Una es una mirada de autora (Gyllenhaal la tiene: su debut como directora con The Lost Daughter dejó claro que le interesa el conflicto moral, el deseo incómodo y la violencia soterrada). La otra es un elenco capaz de moverse entre lo grandilocuente y lo íntimo sin que se note el cambio de marcha. Buckley, por ejemplo, domina como pocas ese registro de fragilidad feroz; Bale puede convertir una mirada en un manifiesto; Cruz y Bening aportan presencia y misterio; Sarsgaard suele ser garantía cuando la historia necesita tensión sin subrayados.

La Novia deja de ser “la escena” y se convierte en el relato

La novia de Frankenstein de 1935 es uno de esos iconos que el imaginario pop ha convertido en póster: peinado imposible, electricidad, mirada inquietante. Pero, narrativamente, su figura siempre tuvo algo de truco: aparece, impacta y se va, como si el mundo no le concediera tiempo para ser persona (o monstruo) completa.

Aquí parece ocurrir lo contrario. En materiales y descripciones del proyecto se insiste en que no estamos ante “otra historia del monstruo”, sino ante una relectura centrada en autonomía e identidad, una criatura que se niega a ser definida por los demás.

Porque el mito de Frankenstein siempre ha hablado de creación, responsabilidad y miedo a lo diferente… pero casi siempre desde el punto de vista del creador o del monstruo masculino. Poner el foco en ella es reordenar el tablero: ¿qué pasa cuando la creada no pide permiso? ¿Qué ocurre si, en vez de ser “compañía”, decide ser sujeto?

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