No recuerdo el día exacto en que conocí a Frank-N-Furter. Ni qué edad tenía. Ni siquiera recuerdo si conseguí ver alguna vez la película completa durante aquellas primeras sesiones domésticas. Lo que recuerdo es a mi padre poniéndola. Recuerdo la música. El movimiento. Una fiesta extrañísima sucediendo delante de mí y esa clase de entusiasmo de los adultos que, cuando eres pequeño, aceptas sin pedir demasiadas explicaciones.

Así que bailaba. Y cantaba. Probablemente pronunciando un inglés inexistente.

En la pantalla había un señor maquillado, vestido con corsé y medias, moviéndose con una seguridad que parecía capaz de atravesar la televisión. Yo no sabía quién era Tim Curry. No sabía qué significaba lo camp. No sabía nada sobre libertad sexual, identidad, provocación, contracultura o ruptura de las convenciones de género.

Tampoco sabía que aquella película que mi padre ponía en casa había sido un fracaso inicial antes de convertirse en uno de los grandes fenómenos de culto de la historia del cine. Solo sabía que aquello era divertidísimo.

Tim Curry murió el martes 25 de agosto en Los Ángeles a los 80 años. Su representante confirmó su fallecimiento después de varios años de delicada salud. El actor había sufrido un grave accidente cerebrovascular en 2012 que redujo considerablemente sus apariciones públicas, aunque nunca terminó de desaparecer del todo de la profesión ni del encuentro con sus seguidores.

Un papel del que era imposible salir

Antes de convertirse en una criatura cinematográfica, Frank-N-Furter ya había nacido sobre un escenario. Curry estrenó el personaje en Londres en 1973 en The Rocky Horror Show, el musical creado por Richard O'Brien. Dos años después llegó la adaptación cinematográfica dirigida por Jim Sharman: The Rocky Horror Picture Show.

La película no fue el gran éxito inmediato que cabría imaginar viendo hoy su influencia. Su segunda vida llegó en las sesiones de medianoche, especialmente en Estados Unidos. El público comenzó a regresar una y otra vez. Después llegaron los disfraces, las canciones coreadas desde las butacas, las réplicas de los diálogos y una ceremonia colectiva que terminó convirtiendo la película en algo que ya no era únicamente una película.

Era un lugar al que ir. Frank-N-Furter estaba en el centro de todo.

Curry tenía entonces 29 años y construyó un personaje imposible de mirar durante medio segundo. Cada ceja, cada pausa, cada movimiento de boca parecía ensayado para incomodar y seducir simultáneamente. Su Frank era arrogante, divertido, peligroso, sexual, excesivo y vulnerable. Una criatura sin intención alguna de pedir permiso.

El propio actor admitió desde muy temprano que un personaje tan enorme podía perseguirlo profesionalmente. Aun así, defendió siempre el riesgo como parte esencial de su oficio. Y vaya si lo persiguió.

Fue el aterrador Pennywise de la adaptación televisiva de It de 1990, mucho antes de que una nueva generación asociara al payaso con Bill Skarsgård. Fue Wadsworth en Cluedo (Clue, 1985), Rooster Hannigan en Annie, Darkness en Legend, el recepcionista sospechosamente memorable de Solo en casa 2 y Long John Silver en Los Teleñecos en la isla del tesoro.

Recibió tres nominaciones a los premios Tony por sus trabajos en Broadway y ganó un Daytime Emmy por prestar su voz al capitán Garfio en Peter Pan and the Pirates. También grabó discos. También cantaba fuera de Frank. También podía hacer comedia, Shakespeare, musical, terror y prácticamente cualquier villano que necesitara entrar en una habitación y apropiarse inmediatamente de ella.

Pero Frank seguía allí.

Volver a The Rocky Horror Picture Show siendo adulto produce un efecto curioso cuando la conociste siendo niño. De repente entiendes cosas. Muchas cosas.

Descubres que debajo del maquillaje, los tacones, el humor absurdo, la ciencia ficción de serie B y los abdominales dorados de Rocky había una película jugando con asuntos que entonces podían resultar escandalosos. El deseo, la bisexualidad, las convenciones del género, los códigos de masculinidad y feminidad, el derecho al placer o la posibilidad misma de construirse al margen de las normas.

No sabía que aquello hablaba de personas que durante décadas habían tenido que esconderse. No sabía que Frank-N-Furter podía ser grotesco para unos, liberador para otros y ambas cosas al mismo tiempo. No sabía que el cine podía convertir lo extraño en celebración. No necesitaba saberlo todavía.

Quizá la cultura funciona muchas veces así. Primero entra una canción. Después aparece el significado.

Esta noche seguirá entrando en alguna pantalla con su capa negra. Mañana alguien escuchará por primera vez los acordes de Time Warp. En algún cine habrá personas disfrazadas repitiendo frases que llevan medio siglo repitiéndose.

Así que hoy prefiero despedirme como lo haría mi padre. Por fin vuelves a casa, Frank.

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