La historia del cine pierde a una de sus presencias más sobrias y decisivas. Robert Duvall, actor estadounidense ganador de un Oscar y rostro imprescindible de algunos de los títulos más influyentes del siglo XX, ha fallecido a los 95 años en su residencia de Virginia. Con su muerte se apaga una manera de actuar basada en la contención, la verdad emocional y una autoridad que no necesitaba elevar la voz para imponerse en pantalla.
Duvall fue mucho más que un intérprete de reparto prestigioso o un secundario de lujo: fue un constructor de personajes capaces de sostener por sí solos el peso moral de una historia. Durante más de siete décadas de carrera transitó con naturalidad por el cine de autor, el gran espectáculo hollywoodiense, el western crepuscular, el drama íntimo y la televisión de prestigio, dejando una filmografía que hoy forma parte del canon del cine contemporáneo.
De Boo Radley a Tom Hagen: el nacimiento de una presencia
Nacido el 5 de enero de 1931 en San Diego, Robert Selden Duvall inició su trayectoria en el teatro y la televisión antes de dar el salto definitivo al cine a comienzos de los años sesenta. Su primera aparición relevante llegó con Matar a un ruiseñor (1962), donde interpretó al enigmático Boo Radley en un papel casi sin diálogo que, sin embargo, revelaba ya su principal cualidad: la capacidad de comunicar desde el silencio.
Esa cualidad alcanzaría dimensión histórica una década después con Tom Hagen en El padrino (1972) y El padrino II (1974). En medio de un reparto dominado por figuras volcánicas, Duvall construyó un personaje frío, analítico y profundamente humano. Su consigliere no necesitaba violencia para imponer respeto: bastaba una mirada medida y una voz baja para dominar la escena. Aquella interpretación lo convirtió en un referente inmediato del cine estadounidense de los setenta.
El fuego de Apocalypse Now
Si Tom Hagen representaba el poder de la contención, el teniente coronel Kilgore en Apocalypse Now (1979) mostró el otro extremo de su registro. Con apenas unas escenas, Duvall creó uno de los personajes más recordados del cine bélico: un militar tan carismático como perturbador, capaz de pronunciar frases que quedaron inscritas en la cultura popular.
Pero la consagración absoluta llegaría en 1983 con Tender Mercies, donde interpretó a un cantante country alcohólico en busca de redención. Lejos del histrionismo habitual en los papeles premiados, Duvall optó por la economía gestual y la emoción contenida. La Academia reconoció aquella interpretación con el Oscar al mejor actor, confirmando lo que la crítica llevaba años señalando: su talento pertenecía a la categoría de los grandes.
Un actor de personajes, no de estrellas
A diferencia de muchos contemporáneos, Duvall nunca pareció interesado en la celebridad. Su carrera se definió por elecciones artísticas antes que comerciales y por una coherencia poco frecuente en Hollywood. Participó en títulos como The Great Santini, Lonesome Dove, A Civil Action o The Judge, acumulando nominaciones y premios sin abandonar nunca ese estilo sobrio que lo distinguía.
En 1997 dio un paso más al escribir, dirigir y protagonizar The Apostle, retrato complejo de un predicador carismático en crisis espiritual. La película, celebrada por la crítica, evidenció que su mirada sobre Estados Unidos era tan profunda detrás de la cámara como delante de ella.
Fuera de la pantalla, Duvall mantuvo una vida discreta. Amante de la música country y del tango -pasión que compartía con su esposa, la actriz y directora argentina Luciana Pedraza- alternó durante años su residencia entre Estados Unidos y Argentina. Aunque se casó en cuatro ocasiones, no tuvo hijos, y dedicó gran parte de su tiempo a proyectos culturales y benéficos vinculados a las artes.
Incluso en la vejez continuó trabajando de forma esporádica, demostrando una longevidad profesional excepcional. Su figura permanecía asociada a una generación irrepetible del cine estadounidense, la misma que redefinió la interpretación en los años setenta con una búsqueda radical de autenticidad.