Steve Bannon creyó haber encontrado la fórmula perfecta. Un actor que interpretó a Jesucristo, una banda sonora robada, dinero opaco y un expresidente condenado por intentar dar un golpe de Estado convertido, con un poco de magia hollywoodiense, en mártir. La receta parecía infalible. El resultado, sin embargo, se está pareciendo más a esas películas de terror en las que el monstruo termina devorando a quien lo creó.

Dark Horse es la superproducción biográfica sobre Jair Bolsonaro que Bannon impulsó pensando en un objetivo muy concreto, inclinar la balanza electoral de octubre en Brasil a favor de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y heredero político de su apellido. El plan era simple sobre el papel. Jim Caviezel, el actor que en 2004 encarnó a Cristo en la película de Mel Gibson, se pondría en la piel de Bolsonaro y, por arte de asociación de ideas, transformaría a un golpista condenado en un redentor perseguido. La estética, la banda sonora, el tono épico, todo estaba calculado para que el espectador saliera del cine con ganas de votar.

El problema es que Brasil tiene algo que ningún manual de propaganda importado desde Washington sabe neutralizar. La realidad.

Según ha revelado el podcast político Foro de Teresina, que tuvo acceso al guion, la película llega al extremo de describir el asalto a los tres poderes del 8 de enero de 2023 como manifestaciones "mayoritariamente pacíficas". Quien haya visto las imágenes de aquel día sabe que "pacífico" no es precisamente el adjetivo que vino a la mente de nadie mientras se destrozaba la sede del Congreso, el Palacio Presidencial y el Tribunal Supremo brasileños.

Tampoco se libran los créditos finales, donde se sugiere que Lula ganó las elecciones entre "numerosas denuncias de fraude" que, conviene recordarlo, nunca se demostraron en ningún tribunal. Es cine político en su versión más descarada, ficción que no pretende dialogar con los hechos sino sustituirlos.

Un dinero que no aguanta demasiadas preguntas

Aquí es donde la historia empieza a torcerse para sus promotores. La financiación de Dark Horse se atribuye a Daniel Vorcaro, un multimillonario detenido por el megafraude de su propio banco y vinculado al clan Bolsonaro desde hace años. No hace falta ser guionista de thrillers políticos para intuir que una película sobre la persecución injusta a un líder "perseguido por el sistema" financiada, presuntamente, con dinero de origen turbio no es el mejor titular posible en plena campaña presidencial.

Y las condiciones laborales tampoco ayudan al relato heroico. Varios extras han descrito el rodaje con una palabra que contrasta bastante con la épica prometida en pantalla, "humillantes". Es difícil vender un discurso sobre dignidad y resistencia frente al "sistema" cuando el propio rodaje reproduce, en pequeño, las mismas dinámicas de poder que la película dice denunciar.

Como si todo esto fuera poco, Beyoncé ha presentado una demanda por el uso no autorizado de Survivor, el tema de Destiny's Child incluido en la banda sonora para acompañar el momento en que Bolsonaro sobrevive a la cuchillada que sufrió en 2018 durante la campaña electoral. Ni la reina del pop quiere que su música suene de fondo en esta historia.

El senador prefiere no dar explicaciones

Esta misma semana, Flávio Bolsonaro respondió a las críticas sobre el financiamiento con una estrategia tan vieja como eficaz, devolver la pregunta. "No soy yo quien tiene que rendir cuentas, es Lula", declaró, en una maniobra que consiste en convertir cualquier pregunta incómoda sobre uno mismo en una acusación contra el adversario. El truco funciona bien en un mitin. Funciona mucho peor cuando existe una investigación judicial de por medio.

Sería fácil quedarse con la anécdota, el escándalo, el meme fácil sobre el Jesús de Bannon interpretando a un golpista. Pero Dark Horse merece una lectura más incómoda. Brasil tiene una larguísima tradición de usar el cine como campo de batalla ideológica, desde el Cine Novo de Glauber Rocha en los sesenta hasta piezas recientes como Ainda estou aqui o El agente secreto, que retratan precisamente el trauma de la dictadura que Bolsonaro tanto ha admirado en público.

Lo nuevo, lo verdaderamente inquietante, es que ahora es la extrema derecha internacional la que decide entrar en ese mismo terreno con presupuesto ilimitado, actores conocidos y una red que conecta Washington, Brasilia y, cada vez más, también Europa. 

El problema para ellos es que la propaganda, cuando se construye sobre demasiadas mentiras y demasiado dinero opaco, tiende a dejar huellas. Y esas huellas, paradójicamente, están dando a la campaña de Lula un argumento que ni sus mejores estrategas habrían soñado escribir.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora