Hay una escena en la reciente adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas en la que el viento azota los páramos con menos furia que la cámara sobre los cuerpos. No es una metáfora. La película parece más interesada en el jadeo que en el paisaje, más pendiente del sudor que del silencio, más obsesionada con la piel que con el abismo moral que Emily Brontë dibujó con tinta afilada. Y uno sale del cine preguntándose algo incómodo: ¿de verdad necesitábamos ver tanto para sentir tan poco?

La novela original es una obra de pasión desbordada, sí, pero también de contención, de violencia soterrada, de deseo que quema por dentro porque no encuentra cauce. Es precisamente esa tensión -entre lo que se siente y lo que no puede decirse- la que convierte la historia de Catherine y Heathcliff en una tragedia feroz. Sin embargo, esta versión cinematográfica parece convencida de que la intensidad solo existe si hay carne de por medio. Y ahí comienza el problema.

No se trata de puritanismo ni de nostalgia por una moral victoriana que, por cierto, la propia novela ya cuestionaba. Se trata de lenguaje narrativo. El cine, como la literatura, sabe sugerir. O debería. Pero cuando cada mirada se traduce en una escena explícita y cada roce termina en coreografía erótica, el misterio se evapora. La película convierte la pasión en rutina visual. Lo que en el libro es tormenta emocional aquí se reduce a una sucesión de encuentros sexuales que, lejos de escandalizar, terminan por anestesiar.

El argumento oficial defiende que esta reinterpretación pretende actualizar el clásico para una audiencia contemporánea, liberarlo de corsés morales y mostrar “la verdad carnal” de sus protagonistas. Pero ¿desde cuándo la explicitud es sinónimo de verdad? La obsesión por mostrarlo todo responde más a una ansiedad cultural que a una necesidad artística. Vivimos en una era en la que el deseo se exhibe sin filtro, en la que la transgresión se ha convertido en fórmula y en la que la provocación se confunde con profundidad.

El resultado es una película que traiciona el espíritu del libro en nombre de una supuesta autenticidad. Porque el corazón de Cumbres borrascosas no es el sexo; es la imposibilidad. Es la herida abierta de un amor que no encuentra lugar en el mundo. Es el resentimiento que fermenta durante años. Es la crueldad que nace del abandono. La novela es violenta, pero su violencia es moral, psicológica, casi metafísica. Aquí, en cambio, la violencia se sexualiza. El dolor se erotiza. Y el espectador asiste a una saturación de escenas íntimas que no construyen personaje ni conflicto: solo ocupan tiempo.

Y, sin embargo, la película ofrece una paradoja que la redime parcialmente. En su tramo final, cuando el frenesí carnal se agota y los cuerpos dejan de ocupar el centro del encuadre, algo cambia. De repente, el silencio vuelve a tener peso. Las palabras, esas grandes ausentes durante buena parte del metraje, recuperan su lugar. Los personajes hablan, se enfrentan, se reprochan, se reconocen. Y entonces, casi milagrosamente, la película encuentra la profundidad que había estado buscando a golpes de piel.

Es en ese último acto -cuando el deseo ya no se expresa en sudor sino en diálogo- donde asoma la grandeza que el conjunto prometía. Las miradas pesan más que los cuerpos. Las frases hieren más que cualquier escena explícita. El dolor se verbaliza y, al hacerlo, adquiere una dimensión trágica que conecta, por fin, con el espíritu de la novela. Resulta irónico que la adaptación alcance su mejor momento precisamente cuando renuncia a su estrategia más insistente.

Ese final demuestra que no hacía falta tanto despliegue erótico para transmitir la intensidad de Catherine y Heathcliff. Bastaba con confiar en el texto, en la palabra, en la tensión acumulada. 

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