Hay películas que buscan explicar un fenómeno mientras que otras prefieren colocarte dentro de él. Andy, el debut en la ficción de Román Parrado, pertenece al segundo grupo. Su historia sigue a una niña mexicana de doce años que atraviesa el corredor migratorio rumbo a Estados Unidos para reencontrarse con su madre, pero el viaje nunca se convierte en un relato de superación. Es, sobre todo, una sucesión de pequeños actos de supervivencia cotidiana. Aquí no hay cuento ni moraleja. Solo crudeza. 

Parrado (ganador de un Ondas y un Globo de Oro en el Worid Media Festival) conoce bien el territorio que pisa. Su trayectoria en el documental y el periodismo se nota en una puesta en escena que rehúye cualquier tentación de embellecer la miseria. Antes del rodaje, él y su equipo recorrieron durante semanas la misma ruta que siguen miles de menores migrantes cada año. Esa experiencia impregna la película de una autenticidad difícil de fabricar desde un despacho. La sensación constante es que la ficción apenas separa al espectador de una realidad que continúa desarrollándose fuera del plano. La narración documenta la historia de los niños obligados a ser adultos y que hemos visto en varias ocasiones en las pantallas. 

La historia de Andy remite inevitablemente a otras grandes películas sobre la infancia abandonada. Está la dureza de La vendedora de rosas (Víctor Gaviria, 1998), o Huelepega: Ley de la calle (Elia K. Schneider, 1999); también la mirada documental de Los niños de la estación de Leningradsky (Hanna Polak, Andrzej Celinski, 2004) o La Bestia, el documental Pedro Ultreras que también narra la epopeya de los migrantes que atraviesan México en ese tren monstruoso; y la crudeza de Sin nombre, referencia que también remite al viaje migratorio sobre "La Bestia". Pero Andy encuentra su propia voz al situar el foco en un detalle devastador: su protagonista decide hacerse pasar por un niño porque sabe que, siendo niña, el camino resulta todavía más peligroso. 

No hace falta que nadie verbalice el motivo. Basta la gorra con la palabra "Sin Miedo", la ropa holgada y la tensión con la que atraviesa cada espacio. La película entiende que el verdadero terror rara vez necesita explicaciones. Está en las miradas, en la oscuridad de la noche, en la incertidumbre de quién se acerca o de quién espera al otro lado del camino. El riesgo de las mujeres en un entorno tan hostil y el oscuro mundo de la trata y la prostitución, siempre de fondo.  Hay momentos de enorme sencillez que terminan diciendo más que las escenas de violencia. Andy roba algo de comida porque el hambre no entiende de códigos morales. Rebusca entre la basura. Vende mecheros en la calle como una versión contemporánea de la niña de los fósforos. Improvisa un tobogán con un cartón, corre bajo la lluvia o baila cuando suena música en mitad de la calle. Porque incluso en medio del infierno siempre queda espacio para recordar que sigue siendo una niña.

Leslie Vázquez Gómez (Andy), Emiliano López Quintana (Fernando), durante el rodaje de Andy.

Esa convivencia entre la infancia y el horror constituye el principal acierto de la película. Nunca reduce a sus protagonistas a la condición de víctimas. Conservan el humor, la capacidad de jugar y una inocencia que se resiste a desaparecer pese a que el mundo se empeñe en arrebatársela. "¿Cómo nos van a robar si no tenemos nada?", dice uno de los personajes. Es una frase sencilla, casi lanzada al pasar, pero resume el grado de desposesión con el que viven quienes recorren esta ruta.

El viaje también retrata la compleja red que rodea la migración. Los llamados coyotes o pollerosaparecen lejos del imaginario romántico con el que a veces se representan. Son intermediarios que prometen una salida y, en demasiadas ocasiones, terminan alimentando un negocio construido sobre la desesperación. Secuestros, extorsiones y familias obligadas a reunir dinero para volver a ver a sus hijos forman parte de un paisaje que la película muestra sin necesidad de convertirlo en espectáculo. Frente a ellos aparecen también quienes sostienen silenciosamente este corredor humanitario. Médicos, voluntarios y personas anónimas que ofrecen agua, comida o un lugar donde dormir durante unas horas. Son gestos pequeños, pero suficientes para recordar que incluso en una de las rutas migratorias más peligrosas del planeta sigue existiendo espacio para la solidaridad.

Ramón Parrado, director de Andy.

Visualmente, Parrado aprovecha el contraste permanente entre el sol abrasador del norte de México y las noches que esconden casi todos los peligros. El calor, la suciedad, las enfermedades y el cansancio terminan formando parte del paisaje tanto como las vías del tren o los puestos fronterizos improvisados.  Resulta imposible no pensar en el contexto político que rodea esta historia. Mientras Estados Unidos endurece periódicamente sus políticas migratorias y organismos como el ICE de Trump ocupan titulares por las redadas y deportaciones, miles de menores continúan emprendiendo solos un viaje que rara vez responde a un deseo, sino a una necesidad. Andy no pretende debatir sobre leyes ni ofrecer soluciones. Se limita a recordar quiénes quedan atrapados entre ellas.

Su mayor virtud es precisamente esa. No convierte la migración en un concepto abstracto ni en un argumento político. Le devuelve un rostro, una edad y un nombre. O, en este caso, incluso un nombre prestado. Porque antes que migrantes, antes que estadísticas o titulares, quienes recorren ese camino siguen siendo niños que sueñan con una comida caliente, con abrazar de nuevo a su madre y con llegar a un lugar donde, por primera vez en mucho tiempo, puedan dormir sin miedo. O ni siquiera eso. 

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