De la amenaza, al hecho. O, al menos, al principio de ello. Donald Trump transporta al siguiente nivel su cisma con la OTAN. 24 horas después de amenazar a España, Italia y Alemania con la retirada de tropas estadounidenses, el Departamento de Defensa confirmaba a última hora de la tarde de este pasado viernes que retirará a 5.000 de los soldados que tiene mantiene desplegados en el país teutón. Lo hará de manera progresiva, en el marco de un plan que se completará en los próximos seis o doce meses. La maniobra, sin embargo, cumple con la retórica que el presidente mantenía sobre sus Aliados, a los que afeaba sin rodeos de dar la espalda a Estados Unidos en su guerra ilegal contra Irán – que ya sobrepasa 60 días -.
La medida de la Casa Blanca llega a modo de represalia por la posición alemana sobre el conflicto en Oriente Medio en términos generales, pero rascando la superficie, aparecen las últimas intervenciones del canciller alemán, Friedrich Merz. El democristiano deslizaba esta misma semana que Teherán está “humillando” a Estados Unidos en la guerra, tras unos días con la paz al filo de la navaja tras el plante de la delegación iraní a Washington en Islamabad (Pakistán). El jefe del Ejecutivo alemán, en el marco de un encuentro con estudiantes, cargó las tintas contra Estados Unidos, aduciendo que su homólogo carecía de estrategia alguna y que las autoridades iraníes estaban jugando con “toda una nación”. Especialmente – acotó – por la “así denominada Guardia Revolucionaria”.
Los comentarios de Merz llegaron a oídos de Trump, que respondió con su clásica verborrea exclamatoria no sólo al canciller alemán, sino también a Pedro Sánchez y a Giorgia Meloni. Si bien el teutón es el más comedido de los tres a la hora de pronunciar su oposición a la guerra con Irán – o, más preciso, a la manera de ejecutar los planes bélicos del republicano -, es el primero que ve cristalizadas las amenazas del magnate. “Creen que no pasa nada si Irán tiene un arma nuclear. ¡No tiene ni idea de lo que está hablando!”, vociferó en su red social, Truth. “¡No es de extrañar que a Alemania le vaya tan mal, tanto económicamente como en otros aspectos”, remachó.
En la madrugada del jueves al miércoles ya se barruntaba la posibilidad de una retirada de tropas estadounidenses de Alemania, pero también de España e Italia. Los germanos, han sido los primeros en sufrir la ira de Trump. Pero no ha sido el presidente el brazo ejecutor, sino su cuestionado secretario de Defensa – o de Guerra, como rebautizaron el departamento el pasado mes de septiembre -, Peter Hegseth, el que ha dado la orden. “Tras una revisión exhaustiva del despliegue en Europa y en reconocimiento de las necesidades y las condiciones sobre el terreno, calculamos que la retirada se completará entre los próximos seis o doce meses”, declaró el portavoz del Pentágono, Sean Parnell.
Presión a los Aliados
Desde que inició este imperialista 2026 en clave yankee, Trump ha regalado amenazas por doquier por lo que interpreta como una resistencia de sus socios a asistir a Estados Unidos en su guerra con Irán. Al menos recientemente, habida cuenta de que la tensión con Europa alcanzó su punto máximo con la pretensión de la Casa Blanca de adquirir la soberanía de Groenlandia tras invadir Venezuela para detener a Nicolás Maduro. Sin embargo, es la primera vez que la palabra cristaliza en hechos. En los últimos días, también a raíz de los choques con los aliados atlánticos sobre el conflicto en el golfo Pérsico, el magnate deslizaba el plausible cierre de las bases militares en España o Italia; aunque también amagó con reconocer la soberanía de Argentina sobre las Malvinas, controladas por el Reino Unido.
En cualquier caso, los cálculos que manejan en el Departamento de Defensa sitúan en 80.000 – aproximadamente – el número de efectivos desplegados en el Viejo Continente tras la salida del contingente. Es decir, la misma cifra previa a la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022. No obstante, en términos legales, existen fronteras a la reducción que Washington puede aplicar y, para ello, habría que recurrir a la Ley de Autorización de Defensa estadounidense. El articulado, aprobado a finales del pasado 2025, limita el radio de acción a un Trump guiado por su instinto vengativo, dado que no podría reducir la presencia militar en Europa por debajo de los 76.000 soldados.
El órgano legislador introdujo la medida para impedir que Trump, guiado por su inestable libre albedrío, pudiera imponer unilateralmente un recorte sustancial de la presencia yankee que pusiera en peligro la seguridad tanto en Estados Unidos como en Europa. La ley, asimismo, también prohíbe a la Administración renunciar al puesto de comandante supremo aliado, que supone el máximo mando militar de la OTAN y que, tradicionalmente, siempre ha estado en manos de Washington.
Fue la invasión rusa de Ucrania la que obligó a la Administración Biden en 2022 a reforzar su presencia militar en Europa. Una fuerza que, a finales del pasado ejercicio, contabilizaba unos 84.000 soldados desplegados en territorio comunitario. La gran mayoría de ellos están dispersos por varios países, siendo Alemania – con 36.400 – la principal ‘base’ estadounidense en el Viejo Continente. Por el momento, Italia cuenta con 12.600 soldados norteamericanos en su terreno, otros 10.000 se encuentran en el Reino Unido y 4.000, en España; según las cifras ofrecidas en diciembre. A ellos, además, se le suman miles de efectivos enviados en el marco de operaciones rotatorias como los 10.000 destinados a Polonia o 1.700 en Rumania para misiones temporales.
En términos totales, Washington tiene 31 bases militares de carácter “persistente” que ha utilizado de forma permanente durante al menos 15 años y sobre las que ejerce grado de control operativo. La mayoría de ellas son compatibles con las acciones y necesidades de la Alianza Atlántica, ya sea en su función aérea, naval, de guarnición del ejército o incluso centros de vigilancia que permiten a la Casa Blanca mantener en Europa a unidades terrestres, buques de guerra de la Armada o aeronaves del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. De hecho, los efectivos norteamericanos desplegados sobre el terreno comunitario son los encargados de gestionar su arsenal nuclear diseminado en el Viejo Continente durante la Guerra Fría como elemento disuasorio ante la Unión Soviética; aunque también cumple con la función de evitar la proliferación de dicho armamento entre los aliados de la OTAN.
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