Irán ha movido ficha en plena escalada bélica con Estados Unidos. Las autoridades iraníes han presentado a Washington una propuesta de nueve puntos para “poner fin a la guerra” en un plazo de 30 días, según ha informado la agencia Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria iraní. El plan llega después de que Estados Unidos planteara un alto el fuego de dos meses, una fórmula que Teherán considera insuficiente y que ahora intenta sustituir por un acuerdo más amplio, más rápido y con exigencias de fondo.
La propuesta iraní, trasladada a través de países mediadores, no se limita a un simple cese temporal de las hostilidades. Busca cerrar el conflicto con una batería de compromisos políticos, militares y económicos que afectarían directamente al despliegue estadounidense en la región y al régimen de sanciones que pesa sobre Irán desde hace años.
Entre los puntos clave figura la exigencia de garantías de no agresión, una de las demandas centrales de Teherán para aceptar cualquier salida negociada. Irán también reclama la retirada de las fuerzas estadounidenses de las inmediaciones de su territorio, el fin del bloqueo naval y la liberación de los activos iraníes congelados en el exterior. Son condiciones que, de aceptarse, implicarían un cambio de rumbo sustancial en la estrategia de presión de Washington.
El plan contempla además el pago de indemnizaciones, el levantamiento de las sanciones y el fin de la guerra “en todos los frentes”, incluido el de Líbano. Otro de los elementos de la propuesta es la creación de un nuevo mecanismo para el estrecho de Ormuz, una zona estratégica para el comercio energético mundial y uno de los puntos más sensibles de cualquier choque militar en la región.
Mientras espera la respuesta oficial de Estados Unidos, el Gobierno iraní ha activado una intensa agenda diplomática. El ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi, ha mantenido conversaciones con sus homólogos de países como Italia, Francia, Japón y Corea del Sur, en un intento por reforzar su posición internacional y recabar apoyos para la propuesta.
El Ministerio de Exteriores iraní ha destacado especialmente la conversación entre Araqchi y el ministro italiano, Antonio Tajani. En ese intercambio, el jefe de la diplomacia iraní expresó su malestar por lo que considera un enfoque “poco constructivo e irresponsable” de algunos países europeos, a los que acusa de repetir “falsos estereotipos” sobre el programa nuclear de Irán.
Araqchi insistió en que el programa nuclear iraní es “absolutamente pacífico” y reclamó a los países europeos que, en lugar de mantener ese discurso, condenen de forma explícita la agresión militar de Estados Unidos y de Israel contra Irán. Según Teherán, ambos deben responder por lo que considera graves vulneraciones del Derecho Internacional Humanitario.
Trump enfría la propuesta
La primera reacción de Donald Trump no ha cerrado la puerta al plan, pero sí ha dejado claro que el presidente estadounidense llega a la revisión con un escepticismo profundo. El mandatario ha asegurado que estudiará “pronto” la propuesta iraní, aunque ha puesto en duda que pueda considerarla aceptable.
“Pronto revisaré el plan que Irán nos acaba de enviar, pero no puedo imaginar que sea aceptable, ya que aún no han pagado un precio suficientemente alto por lo que le han hecho a la humanidad y al mundo durante los últimos 47 años”, ha escrito Trump en redes sociales.
La frase resume el margen estrecho con el que nace la propuesta. Irán intenta presentar el documento como una salida integral al conflicto, pero Trump lo ha colocado desde el primer momento bajo una lógica punitiva: no solo se trata de evaluar si los nueve puntos pueden detener la guerra, sino de si el régimen iraní ha asumido, a ojos de Washington, un coste suficiente por su trayectoria desde la revolución de 1979.
El choque de enfoques es evidente. Teherán habla de garantías, retirada militar, desbloqueo de activos y fin de sanciones. Trump, en cambio, introduce la idea de un “precio” pendiente, una formulación que anticipa una negociación difícil y posiblemente bloqueada desde el inicio. El presidente estadounidense no descarta revisar el documento, pero su mensaje sugiere que no está dispuesto a aceptar una salida que interprete como una concesión excesiva al régimen de los ayatolás.
El contexto tampoco ayuda. La guerra comenzó el pasado 28 de febrero y desde entonces ha ido acumulando frentes, amenazas y presiones sobre los actores regionales e internacionales. Estados Unidos había planteado un alto el fuego de dos meses, una fórmula más limitada en el tiempo y, previsiblemente, con menor alcance político que la propuesta iraní. Teherán, en cambio, busca resolver el conflicto en 30 días, pero a cambio de una redefinición profunda del tablero.
La inclusión de Líbano en la propuesta revela que Irán no concibe la guerra como un episodio aislado, sino como parte de una confrontación regional más amplia. El estrecho de Ormuz, las sanciones, los activos congelados y la presencia militar estadounidense forman parte de una misma negociación, lo que eleva la dificultad de cualquier acuerdo.
Trump se encuentra ahora ante una disyuntiva: estudiar una propuesta que puede abrir una vía diplomática o rechazarla por considerarla insuficiente frente a sus exigencias políticas y estratégicas. Por ahora, su respuesta combina prudencia formal y dureza de fondo. Dice que la revisará, pero ya ha deslizado que difícilmente aceptará sus términos.
Irán, mientras tanto, espera una respuesta oficial a través de los mediadores. La propuesta ya está sobre la mesa. La duda es si Washington la tratará como una base para negociar o como una maniobra de Teherán para ganar tiempo, aliviar sanciones y forzar una retirada estadounidense de la región. En cualquier caso, la paz queda condicionada a nueve puntos que Trump todavía no ha leído en detalle, pero que ya mira con evidente desconfianza.
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