Durante décadas, en un mundo cada vez más globalizado, hemos tratado de regirnos por unas normas que, con todas sus imperfecciones, han sido fundamentales para mantener un cierto orden en el mundo: los derechos humanos, el derecho internacional y el multilateralismo.

Hoy, sin embargo, vivimos una época en la que buena parte de esas reglas parecen estar saltando por los aires. A mi juicio, son dos los grandes factores que explican este nuevo escenario.

Por un lado, el ascenso al poder de oligarcas como Donald Trump en Estados Unidos. Por otro, la creciente obsesión de determinados tecno-oligarcas por dinamitar las democracias tal y como las conocemos, utilizando para ello su enorme poder económico, tecnológico y comunicativo y favoreciendo, directa o indirectamente, la desestabilización y el crecimiento de partidos de extrema derecha.

Valores que durante décadas han servido como pilares de las relaciones internacionales —el multilateralismo, el derecho internacional y los derechos humanos— están siendo sustituidos, cada vez con mayor frecuencia, por la fuerza, la amenaza y la coacción.

Los ejemplos son numerosos. Lo hemos visto en diferentes escenarios internacionales: desde actuaciones que afectan a la soberanía de otros Estados, hasta el genocidio de Gaza. Desde las tensiones en torno a Groenlandia y Canadá, hasta conflictos y actuaciones militares que cuestionan abiertamente el respeto al derecho internacional.

El problema no es únicamente la existencia de conflictos. El verdadero problema es que se está normalizando una forma de hacer política internacional en la que parece que todo vale cuando se dispone de suficiente poder para imponerlo. Y eso supone un enorme retroceso.

Si, además, añadimos la obsesión de determinadas élites tecnológicas y económicas por mantener un crecimiento económico y una acumulación de riqueza sin límites, nos encontramos ante un escenario especialmente preocupante. La avaricia y la codicia no pueden convertirse en los principios que gobiernen nuestras sociedades.

Las oligarquías tienen hoy una capacidad de influencia económica, política y comunicativa sin precedentes. Cuando ese poder se utiliza para debilitar instituciones, alimentar la polarización o favorecer movimientos que cuestionan las democracias, el problema deja de ser exclusivamente económico y se convierte en un problema democrático.

Hay un dato que debería hacernos reflexionar: solo el 21% de la población mundial vive hoy en países calificados como libres, frente al 46% de hace dos décadas. Según el nuevo informe Freedom in the World 2026, de los 195 países que analiza este estudio, 59 son considerados «no libres», 48 «parcialmente libres» y 88 «libres». Y concluye que la libertad mundial decayó por vigésimo año consecutivo durante el pasado año, afectando a más del 40 % de la población global.

Es precisamente aquí donde se encuentra una de las claves del problema. Las democracias consolidadas, como las que forman parte de la Unión Europea, representan normas, leyes, derechos, controles y sanciones. En definitiva, establecen límites. Por eso debemos prestar especial atención a las estrategias de desestabilización que buscan debilitar las democracias desde dentro.

Desgraciadamente, estamos viendo cómo la extrema derecha gana terreno en diferentes países europeos. Y no se trata únicamente de su crecimiento electoral. También debemos observar lo que sucede alrededor: una polarización cada vez mayor, ataques a las instituciones y el apoyo que determinados sectores económicos y tecnológicos pueden estar prestando a movimientos políticos radicales.

Todo ello está creando un caldo de cultivo que puede terminar debilitando nuestras democracias.

Cabría pensar que la Unión Europea todavía no ha comprendido plenamente la verdadera dimensión del desafío al que se enfrenta. Y lo digo como europeísta convencido. El objetivo de determinadas fuerzas que están impulsando este nuevo escenario no es únicamente un país concreto. El desafío puede afectar al conjunto del proyecto europeo.

Ante este escenario mundial, el desorden y la desestabilización pueden convertirse en instrumentos políticos. Por eso debemos defender un proyecto europeo fuerte, cohesionado y unido, capaz de salvaguardar nuestras democracias frente a quienes pretenden debilitarlas y frente a la amenaza de la extrema derecha y su intento de desestabilizar el proyecto europeo como proyecto político, económico y democrático.

Hoy el foco internacional está en España. Lo estamos viendo estos días con los ataques de dirigentes internacionales como Donald Trump o Javier Milei contra España y contra el presidente Pedro Sánchez.

¿El motivo? Entre otras cuestiones, la defensa de políticas que se sitúan en las antípodas de la austeridad y el liberalismo voraz que tanto daño causó —y sigue causando— a millones de ciudadanos en todo el mundo, la apuesta por situar a las personas en el centro de la acción política, y la defensa a capa y espada de principios como los derechos humanos, el multilateralismo y el derecho internacional. Y, sobre todo, por decir alto y claro: no a la guerra.

Hoy es España, pero mañana, a saber, dónde puede estar el foco.

Ante este escenario, la respuesta también está en nuestras manos. Y una de las herramientas más poderosas que tenemos es el voto. No podemos permanecer indiferentes ante quienes pretenden sustituir las reglas por la fuerza, la cooperación por la confrontación, la convivencia por el odio y la democracia y la libertad por los fascismos.

El nuevo desorden mundial perjudica a la mayoría y beneficia, fundamentalmente, a quienes concentran una enorme cantidad de poder y riqueza. Por eso debemos defender exactamente lo contrario.

Porque el futuro no está escrito. Está en nuestras manos. Y también en el poder de nuestro voto.

Defender la democracia y la libertad está en nuestras manos, no en las suyas.

Daniel Senderos Oraá es Diputado Socialista por Álava en el Congreso y portavoz de la Agenda 2030

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