Han pasado cuatro meses de la muerte de Ali Jamenei en el primer ataque de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán. Cuatro meses de intenso conflicto y de una lucha que ha afectado severamente al panorama internacional, no solo haciendo temblar la estabilidad económica sino también haciendo pender de un hilo algunas alianzas por las fricciones surgidas entre países por querer involucrarse o no en esta contienda iniciada por Trump y Netanyahu. Ahora, pasado este tiempo y marchando aparentemente bien las conversaciones de paz, la República Islámica ha convertido su despedida al que fuera su líder en mucho más que un funeral de Estado.

La ceremonia en cuestión, diseñada durante meses y aplazada por el conflicto, se presenta como una demostración de poder destinada tanto a la población iraní como al exterior. Así, tal es el mensaje que desean trasladar que se plantea desde el ataúd del que fuera líder supremo durante casi cuatro décadas. Teherán pretende dejar un recado inequívoco a Occidente, remarcando que el régimen de los ayatolás sigue en pie, que no se considera derrotado y que se encuentra dispuesto a convertir la muerte de la que ha sido máxima figura en un símbolo de resistencia nacional.

La dimensión política del homenaje queda reflejada en el propio relato oficial. Las autoridades iraníes insisten en que Jamenei no murió simplemente como un dirigente, sino como un mártir cuya figura trasciende ya la política para instalarse en el imaginario religioso chií. El asesinato del ayatolá, sostienen desde Teherán, no debilitó al sistema, sino que reforzó su legitimidad. "Debemos levantarnos y clamar al mundo por la sangre de la nación", proclamó el presidente del Parlamento y jefe negociador iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, en un mensaje difundido por los medios estatales en la víspera del funeral. Para el dirigente, Irán está a las puertas de protagonizar "una de las escenas más grandiosas de su historia".

Ese mensaje es el eje sobre el que gira toda una ceremonia cuidadosamente planificada. El funeral se prolongará durante casi una semana, recorrerá cinco ciudades repartidas entre Irán e Iraq y concluirá con el entierro de Jamenei en Mashhad, junto al santuario del imán Reza. Antes, el cortejo pasará por Teherán, Qom y por las ciudades sagradas iraquíes de Nayaf y Karbala, incorporando así dos de los principales centros del islam chií a un recorrido cargado de simbolismo religioso.

Las autoridades iraníes aseguran haber desplegado uno de los mayores dispositivos logísticos desde la Revolución Islámica de 1979. Millones de personas están llamadas a participar en las ceremonias y el Gobierno ha movilizado a funcionarios, universidades, sindicatos, bomberos, miembros de las Fuerzas Armadas, organizaciones humanitarias y grupos religiosos para gestionar la llegada masiva de peregrinos. Solo en Teherán comenzaron a instalarse días antes controles policiales, puestos militares, carteles y dispositivos especiales de seguridad para preparar un acontecimiento que el propio Ejecutivo define como "el más importante de este siglo".

La maquinaria mediática del régimen iraní también ha desempeñado un papel central. Durante más de una semana, la televisión pública y los principales medios iraníes han relegado a un segundo plano las negociaciones internacionales para emitir documentales, canciones y programas especiales dedicados a la vida del líder supremo. Todo ello coincide además con el mes de Muharram, el periodo de mayor significado para el duelo chií, y con una llamativa coincidencia de fechas, ya que el inicio del velatorio se celebra el mismo día en que Estados Unidos conmemora el 250 aniversario de su Declaración de Independencia. Una elección que difícilmente parece ser casual y que añade todavía más una lectura geopolítica al calendario preparado para este homenaje.

El funeral busca así proyectar la imagen de un país cohesionado pese a la guerra y las dificultades económicas. También pretende reforzar la continuidad institucional alrededor del nuevo líder supremo, Mojtaba Jamenei, aunque su presencia en los actos sigue siendo una incógnita debido a las heridas sufridas en el mismo ataque en el que murió su padre.

Pero si hay un detalle que resume el mensaje diplomático del régimen es la lista de invitados. Irán ha confirmado que no ha cursado invitaciones a líderes de Estados Unidos ni de Europa para los principales actos del funeral. Las autoridades iraníes justifican esa decisión acusando a los gobiernos europeos de haberse situado "en el lado equivocado de la historia" por su respaldo a los ataques estadounidenses e israelíes. La representación occidental será, en el mejor de los casos, mínima o meramente simbólica.

En cambio, Teherán espera la asistencia de delegaciones procedentes de una treintena de países, con especial protagonismo para aliados estratégicos y actores del denominado bloque no occidental. La inclusión de Iraq como una de las etapas principales del recorrido, a petición de responsables políticos iraquíes, refuerza precisamente esa imagen de un eje regional que pretende exhibir unidad frente a las potencias occidentales.

El resultado es un funeral concebido como una declaración política de dimensiones extraordinarias. Lejos de limitarse a despedir al dirigente que gobernó Irán durante 37 años, la República Islámica intenta convertir su muerte en una herramienta de legitimación interna y de desafío internacional. Desde el féretro de Ali Jamenei, el régimen busca demostrar que su principal respuesta a Occidente no llegará mediante un discurso oficial, sino a través de una puesta en escena diseñada para proyectar fortaleza, continuidad y capacidad de movilización incluso después de haber perdido a su máximo líder.

El precedente de Soleimani: el funeral que podria estar marcado el camino del de Jamenei

Este macrofuneral que se ha organizado para despedir a Ali Jamenei recuerda  al multitudinario funeral de Qasem Soleimani, el poderoso general iraní abatido por un ataque con drones de Estados Unidos en enero de 2020. Considerado el arquitecto de la estrategia regional de la República Islámica y comandante de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaria, Soleimani era el principal responsable de las operaciones iraníes fuera de sus fronteras y una de las figuras más influyentes del país, solo por detrás del entonces líder supremo. Su muerte elevó la tensión entre Washington y Teherán hasta niveles inéditos.

La respuesta del régimen fue convertir su despedida en una demostración de unidad nacional. Durante cuatro días, el féretro recorrió varias ciudades de Iraq e Irán, entre ellas Bagdad, Karbala, Nayaf, Ahvaz, Mashhad, Teherán, Qom y finalmente Kerman, su ciudad natal. Millones de personas participaron en las procesiones, que estuvieron encabezadas por el propio Ali Jamenei, quien dirigió la oración fúnebre entre visibles muestras de emoción. También asistieron el entonces presidente Hasan Rohaní, altos mandos de la Guardia Revolucionaria y las principales autoridades políticas y militares del país, mientras las calles se llenaban de consignas contra Estados Unidos y de llamamientos a la venganza.

El funeral de Jamenei bebe de aquel precedente, aunque introduce diferencias significativas. Mientras Soleimani era un jefe militar convertido en héroe de guerra, Jamenei fue durante casi cuatro décadas la máxima autoridad política y religiosa de la República Islámica. Su despedida, por tanto, incorpora un componente espiritual mucho más marcado, con un recorrido que enlaza algunos de los principales centros del chiismo en Irán e Iraq y que coincide deliberadamente con el mes de Muharram, el periodo de mayor significado para el duelo chií. Además, el mensaje exterior resulta aún más explícito. Si en 2020 el objetivo era responder al asesinato del general y cohesionar al país frente a Estados Unidos, ahora Teherán aprovecha el funeral de su líder supremo para escenificar la continuidad del régimen tras la guerra y exhibir un eje de apoyos en el que apenas hay espacio para Occidente. La ausencia de dirigentes europeos y estadounidenses contrasta con la presencia esperada de representantes de países aliados y actores no occidentales, reforzando la idea de que la ceremonia pretende ser también una declaración geopolítica dirigida al mundo.

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