Jornada maratoniana en Islamabad (Pakistán) que se ha zanjado con JD Vance abandonando la mesa de negociación. Estados Unidos e Irán protagonizaban este fin de semana un encuentro sin precedentes en décadas al sentarse en una mesa de negociación en busca de una salida negociada al conflicto que Washington inició hace más de 40 días. Lo que comenzó como un hito diplomático con unas conversaciones directas de calado histórico – las primeras desde 2015 y al más alto nivel desde la Revolución Islámica de 1979 -, ha concluido sin acuerdo después de una ronda de contactos de 21 horas. Una primera toma de contacto que naufraga entre acusaciones cruzadas y con una “oferta final” de la delegación estadounidense. Ni la Casa Blanca ni Teherán dan por rotas las negociaciones.
La mano derecha de Trump fue el encargado de anunciar el desenlace, confirmando que la delegación del Distrito Capital abandonaba la mesa al entender que sus homólogos iraníes no aceptaban las condiciones planteadas por la Administración norteamericana. Entre los principales escollos figura la exigencia de Estados Unidos de garantías explícitas de que Teherán no desarrollará armas nucleares, según exponía el propio Vance mientras abandonaba Islamabad. Una línea roja que – abundaba – no ha asumido Irán.
No obstante, pese a la falta de entendimiento patente y las acusaciones cruzadas entre las partes, Vance precisó que las conversaciones ni mucho menos se pueden considerar estériles. Destacó una pátina “sustantiva” de los intercambios, valorando el papel de Pakistán como mediador y extendiendo su agradecimiento al Gobierno y al estamento militar del país asiático por su implicación para acercar posturas entre dos potencias enfrentadas históricamente.
Exigencias “irrazonables”
El vicepresidente compareció ante los medios de comunicación flanqueado por dos de las figuras puntales de la pata diplomática de la Casa Blanca: Jared Kushner y Steve Witkoff. En dicha intervención, Vance redundó en que la Administración Trump ha dejado “meridianamente claras” sus pretensiones y delimitado sus máximos, así como los márgenes que estaría dispuesto a aceptar. “Ellos han optado por no aceptar nuestros términos”, resumió ante los periodistas, mientras trataba de escenificar que el canal con Teherán no estaba roto. Y es que, tal y como expuso en su rueda de prensa, Estados Unidos trasladó una “oferta final y definitiva” a sus homólogos, pero que sigue sobre la mesa a la espera de una respuesta; lo que sugiere que, a pesar del fracaso inmediato, ninguna de las partes quiere cerrar el canal diplomático.
Estas palabras de JD Vance contextualizan las intervenciones previas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien, en plena negociación, afirmaba desde Washington que su país “ganaría independientemente de lo que sucediera”. El magnate incluso aseguró que habían “derrotado completamente” a Irán, mientras catalogaba de “muy profundas” los contactos con el régimen de Teherán. Valoración que contrastaba con la incertidumbre y el clima de desconfianza mutua que reinaban en los prolegómenos de la maratoniana reunión.
En Teherán, el relato choca frontalmente. La agencia oficial Fars atribuía el bloqueo de las negociaciones a las “exigencias irrazonables” que la delegación yankee puso encima de la mesa. El futuro del estrecho de Ormuz, enclave estratégico para el comercio petrolero global y uno de los elementos más sensibles del conflicto, es uno de los puntos de fricción entre las dos partes. Irán evita dar carpetazo a las negociaciones y asume que sendos equipos trabajan sobre borradores con el objetivo de encontrar espacios comunes. Según expone la potencia oriental, el mediador paquistaní ha desempeñado un papel activo para erosionar las diferencias que les separan y facilitar una posible reanudación del diálogo en las próximas fechas.
Incertidumbre y desconfianza
Las conversaciones se desarrollaron en un extraño clima de confusión. Especialmente en sus compases, cuando desde el lado norteamericano se trasladaba que las negociaciones continuaban. Una versión que chocaba con la que proveían desde Teherán, que daban por zanjada la primera aproximación tras 14 horas de debate. No obstante, la delegación iraní transmitía su voluntad de persistir en el diálogo con sus adversarios; que continuó hasta alcanzar una duración de 21 horas que confirman la intensidad de un proceso que a todas luces no ha renunciado a la vía diplomática.
El hotel Serena, situado en la denominada Zona Roja de Islamabad, fue el escenario de lo que los especialistas tildaron de hito diplomático sin precedentes. Cada avance comunicado por una de las dos delegaciones se topaba, sin embargo, con el desmentido o una sugerente matización de la otra. Cruce constante de versiones que redundaba en la atmósfera de desconfianza que se respiraba en las horas previas, incluso en un contexto de diálogo directo. Aun así, el mero hecho de que la reunión se celebrase tras varios días en el filo de la navaja, supone, per se, un avance significativo tras seis semanas de escaramuzas que han dejado un reguero de muertos en Irán – hasta 3.000 según datos oficiales – y en Líbano; con una nota al pie de página en términos de impacto directo a los merados energéticos y la inestabilidad de al menos una quincena de países en la región.
En consecuencia y atendiendo a unos mínimos, la cumbre en Islamabad ponderaba las posibilidades de expandir el proceso negociador. Ninguno de los actores esperaba acuerdos inmediatos. Mucho menos en términos tan estructurales como el programa nuclear iraní, la apertura del estrecho de Ormuz, las demandas de compensaciones por parte de Teherán o el papel de Israel en el conflicto regional. Sí, en cambio, existía cierto resquicio de esperanza para acuñar una hoja de ruta que alumbrara nuevas rondas de contactos en el corto plazo. Al margen de su capacidad para someter a una prueba de resistencia la frágil tregua de 15 días que acordaron las partes en las jornadas previas. Una volatilidad acentuada por el propio Trump en las horas previas al amenazar a su interlocutor con la “aniquilación total” de su civilización.
Susto en Ormuz
Mientras las delegaciones discutían los términos y chocaban entre sus propios intereses, el foco mediático se desvió momentáneamente hacia el estrecho de Ormuz. Las frágiles patas de la mesa de negociación titubeaban ante la aparición de tres superpetroleros en el paso marítimo. Movimiento que, a primera vista, incitaba al optimismo al interpretarse como un amago de reapertura tras semanas de bloqueo. En paralelo, el Comando Central de Estados Unidos anunciaba el despliegue de destructores en la zona con el objetivo de iniciar operaciones de desminado del paso.
Pero Irán lanzó una enmienda a la totalidad, rechazando las informaciones de Washington en el estrecho. El portavoz del Comando General Central Jatam al Anbia, Ebrahim Zolfagari, calificó de falsas las afirmaciones estadounidenses sobre movimientos militares en la zona, añadiendo un nuevo elemento de tensión a un escenario de lo más volátil. Un test de estrés que ensanchó la desconfianza mutua y que amenazó con romper los puentes por completo entre las dos naciones.
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