Los oasis suelen aparecer en lugares donde poco se espera y resulta difícil de creer que puedan estar presentes. Un territorio fértil con agua y vegetación situado en medio de un desierto o una región árida, una excepción en kilómetros y kilómetros a la redonda que dejan una vista desoladora e, incluso, intimidante al hallar un horizonte seco y castigado por un sol ardiente. Un cuarto de siglo después de la tragedia del 11-S, la triste jornada en la que el mundo presenció en directo cómo casi 3.000 personas perdían la vida fruto de los atentados terroristas perpetrados en Estados Unidos, la ciudad de Nueva York se ha tornado un oasis dentro de un país en el que los discursos de Donald Trump han intensificado el temor y rechazo al inmigrante

Por primera vez en su historia, la conocida como ciudad que nunca duerma, aquella por la que cantaba Frank Sinatra, cuenta con un alcalde musulmán. No solo eso, sino que, de los casi nueve millones de habitantes que posee, un tercio de ellos, más de tres millones, son inmigrantes. No solo eso, sino que, según el estudio demográfico The Newest New Yorkers, casi un 50% no habla inglés en su hogar. La apertura que Nueva York ha mostrado al mundo a lo largo de estos años, al menos desde que Trump ganó las elecciones en el 2016, contrasta con un país que ha vuelto a querer cerrar sus fronteras y a mirar con desconfianza al vecino de etnia distinta. Una potencia mundial cuyo Gobierno ha intensificado de manera notoria su presión sobre la población inmigrante, siendo prueba de ello las redadas de los agentes del ICE y la violencia que han desplegado en las calles amparados por el 47º presidente de los Estados Unidos de América. 

Tras años de temor marcados por el discurso del miedo que han pronunciado candidatos a la Casa Blanca y líderes del Ejecutivo nacional estadounidense, un discurso que propició nuevas guerras y una notable tensión con Oriente Medio y los países musulmanes, Estados Unidos, aunque no olvidaba, parecía estar comenzando a cambiar su perspectiva, sobre todo durante los años de Obama, y calmar un estado de guardia constante. Sin embargo, el aterrizaje en la política de Donald Trump cambió por completo esta senda hacia a la apertura en la que el país aparentaba dar sus primeros pasos de nuevo. El mandatario republicano trajo consigo de nuevo el rechazo al extranjero y el cierre de fronteras que se vivió al inicio del siglo tras aquel traumático día en el que todo cambió por completo.

De Afganistán a Irak: la guerra contra el terrorismo que redefinió el mundo

El primer escenario de esa nueva realidad fue Afganistán. Apenas unas semanas después de los atentados, Estados Unidos inició una operación militar contra Al Qaeda y el régimen talibán que había dado refugio a la organización de Osama bin Laden, autora de los atentados. La intervención contó con un amplio respaldo internacional y se convirtió en el inicio de una guerra que se prolongaría durante dos décadas. Pero el giro definitivo llegaría en 2003, cuando George W. Bush llevó a Estados Unidos a invadir Irak, una decisión que no estuvo directamente vinculada con los responsables del 11-S y que generó una enorme controversia internacional. En este periodo, el Gobierno estadounidense buscaría aliados a nivel internacional para hallar apoyos en sus campañas, llevando este clima de tensión a otros países a los que convenció no solo para sumarse a estas ofensivas militares, sino a los que también trasladó su rechazo al mundo musulmán.

Aquellas guerras no solo transformaron Oriente Medio, sino también la manera en la que buena parte de la sociedad estadounidense percibía al mundo musulmán. La llamada 'guerra contra el terrorismo' terminó impregnando buena parte del debate político y social y contribuyó a que millones de ciudadanos musulmanes quedaran vivieran bajo sospecha constante. Un reciente estudio de Pew Research Center, elaborado con motivo del 25 aniversario de los atentados, refleja que esa huella continúa presente: en 2026, un 51% de los estadounidenses considera que el islam fomenta la violencia más que otras religiones, frente al 25% que sostenía esa opinión en 2002. Además, un 59% de los musulmanes estadounidenses asegura que existe mucha discriminación contra su comunidad.

Obama intentó rebajar una tensión que Trump no tardó en recuperar

Con Barack Obama llegó, al menos desde el discurso institucional, un intento de cambiar la relación entre Estados Unidos y el mundo musulmán. En 2009, apenas unos meses después de llegar a la Casa Blanca, el entonces presidente viajó a El Cairo y pronunció un discurso en el que defendió un "nuevo comienzo" basado en el respeto mutuo. Obama reconoció abiertamente que los atentados habían alimentado la percepción de que el islam era incompatible con Estados Unidos y rechazó identificar la religión con el extremismo violento.

Aquello no significó el final de las intervenciones militares estadounidenses ni de las tensiones internacionales. Obama mantuvo la guerra de Afganistán durante su mandato, aunque redujo progresivamente la presencia militar, y Estados Unidos siguió desarrollando operaciones contra organizaciones yihadistas. Sí supuso, sin embargo, un cambio de tono respecto a la etapa anterior: la Casa Blanca trató de diferenciar entre terrorismo y religión y reivindicó la presencia de los musulmanes como parte de la propia identidad estadounidense.

El paréntesis terminó con la llegada de Trump. Ya durante la campaña de 2016 había propuesto prohibir la entrada de musulmanes al país y, en enero de 2017, su Gobierno suspendió durante meses la entrada de ciudadanos de siete países de mayoría musulmana. Aquel episodio anticipaba una política migratoria basada en una concepción mucho más restrictiva de las fronteras y de la llegada de extranjeros.

Ahora, en su segundo mandato, ese discurso ha recuperado todavía mayor intensidad. La Administración Trump ha endurecido las deportaciones, las operaciones del ICE y las restricciones migratorias, mientras el debate político vuelve a situar al extranjero como una amenaza. Solo unos días antes de este aniversario, además, varios republicanos han convertido de nuevo al islam y a los musulmanes estadounidenses en un asunto electoral.

Y es precisamente ahí donde Nueva York aparece como excepción, una ciudad construida sobre la inmigración que, 25 años después del 11-S, presenta una imagen muy distinta a la del miedo y la sospecha que marcaron buena parte de este cuarto de siglo.

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