1. Quédese, señor González
Esta reflexión bien podría haberse titulado ‘Quédese, señor González’, pero daría falsas pistas sobre su intención y su contenido. Es cierto, no obstante, que la misma derecha que en los primeros noventa compartía el exitoso dicterio de Aznar (‘váyase, señor González’) hoy estaría encantada de sustituirlo por su contrario de ‘quédese, señor González’: al fin y al cabo, el daño que Feijóo no logra hacerle a Sánchez con sus cansinas y disparatadas paranoias antisanchistas se lo hace González con sus descalificaciones y desprecios. El hombre providencial a quien en otro tiempo sus camaradas llamaban ‘Dios’ en la intimidad ha evidenciado ser, también él, humano, demasiado humano. Muchos socialistas están dejando de creer en él. Felipe ya no es el ‘Dios’ único y verdadero de unas décadas atrás.
2. Un viraje estratégico
Es cierto, quizá interpretable pero sin duda cierto, que Pedro Sánchez le ha dado la vuelta al PSOE en un asunto de tanta trascendencia como las alianzas de Estado con otros partidos y las líneas rojas derivadas de tales alianzas: nunca pactar con independentistas confesos ni entenderse con los herederos políticos del terrorismo. Tales líneas rojas, que eran parte del núcleo identitario del partido, Sánchez no solo las ha pisado sino que aspira a borrarlas. Es pronto para saber si tal viraje contribuirá a destruir el Estado, como querría el independentismo y auguran las derechas y Felipe González, o más bien ayudará a fortalecerlo, como creen o quieren creer las izquierdas.
3. El lastre del marxismo
Pero, sea como fuere, lo cierto es que no ha habido mayor salto doctrinal ni estratégico del Partido Socialista desde que, instigado por Felipe González, en su congreso extraordinario de 1979 aprobó el abandono del marxismo como doctrina oficial del partido. Sin que haya mediado congreso extraordinario alguno ni reflexión doctrinal digna de tal nombre, sino solo las urgencias tácticas, el PSOE de Sánchez ha abrazado, casi sin pestañear y casi de un día para otro, la legítima pero altamente controvertida doctrina de la España plurinacional.
3. Nación de naciones
A aquellas alturas de 1979, el marxismo era un lastre electoral y una herramienta política obsoleta, como se demostraría solo diez años después con la caída del ruinoso imperio soviético. Hoy, en cambio, el lastre electoral para el Partido Socialista es, resumiendo mucho, haber abrazado la idea de España como nación de naciones. Y eso que el hecho no es nuevo del todo, pues al fin y al cabo en la Transición nos inventamos el Estado de las autonomías para dar respuesta institucional a las reclamaciones de autogobierno de Cataluña; y todos los modelos de financiación autonómica aprobados desde entonces han estado inspirados, promovidos, impulsados o forzados por el catalanismo, que al haberse tornado mayoritariamente soberanista intenta romper las costuras del traje autonómico para llegar al Estado propio anhelado por la mitad de los catalanes.
4. Yo observo, tú compites
Felipe se pone hoy estupendo porque puede: está fuera de la lucha por el poder y eso le permite intervenir en el debate público como observador y no como competidor. Un observador es libre, mientras que un competidor es esclavo de sus ansias de victoria. El Pujol del 93, en quien González se apoyó para seguir siendo presidente, es el Puigdemont en quien se ha apoyado Sánchez treinta años después. A lo que él mismo hizo azuzado por Pujol, Felipe lo llama “descentralizar”, mientras que a lo que hace Sánchez prefiere llamarlo “centrifugar”. En tiempos de Felipe el mundo no era más fácil pero sí más comprensible, más manejable, más permeable a la acción de la política. Hoy, pongamos por caso, con la distribución del poder propiciada por la España autonómica auspiciada por Felipe, sería imposible hacer y aplicar la Ley General de Sanidad del ministro Ernest Lluch, entre otras cosas porque las Ayuso y los Puigdemont de turno se apresurarían a sabotearla.
5. La forma y el fondo
Felipe tiene algunas buenas razones en el fondo pero ninguna en la forma. Es más: lo ofensivo de la forma desacredita lo razonable del fondo. Felipe es lo bastante inteligente y tiene las suficientes tablas para saber que una misma cosa puede decirse de muy diversas maneras, y la elegida por él para mostrar sus discrepancias con Pedro Sánchez es lo bastante desahogada, despectiva e hiriente como para que sus compañeros de partido se lancen al degüello. El fiel retrato de la situación lo encontramos en el viejo chiste: No me molesta que me llame hijo de puta, lo que me molesta es el tonillo. A Felipe lo desacredita el tonillo: “Yo no votaré al PSOE de Pedro Sánchez”. Es obvio que el expresidente prefiere la victoria de las derechas. ¿Cuándo un Dios le deseó lo peor a su propio hijo?