Lo que comenzó como una discusión técnica sobre quién puede votar en unas primarias amenaza con convertirse en la mayor crisis interna de Más Madrid desde su fundación. La pugna entre Mónica García y Emilio Delgado —todavía envuelta en formalismos orgánicos, recursos internos y reproches cruzados— ya es mucho más que una disputa por una candidatura: es una pelea por el liderazgo, por el rumbo ideológico del partido y por quién tiene derecho a definir su futuro.

Mónica García movió ficha primero. Sin que siquiera se hayan convocado elecciones autonómicas en Madrid, la ministra de Sanidad anunció este fin de semana su intención de volver a liderar la candidatura de Más Madrid en 2027, blindando así una posición que en el partido muchos daban por natural, pero que Emilio Delgado llevaba tiempo dispuesto a discutir, aunque no ha presentado su candidatura formalmente. Su reacción, según distintas voces internas, fue de desconcierto, pero también de desafío.

La tensión, soterrada durante meses, ha estallado incluso en directo en televisión. En un áspero intercambio en Al Rojo Vivo, ambos han exhibido sin filtros un choque que ya no cabe en los despachos. Mientras García ha repetido que “en Más Madrid decide la militancia” y trataba de enmarcar cualquier debate interno como una distracción frente a Isabel Díaz Ayuso —“nosotros no competimos entre nosotros, competimos con Ayuso”—, Delgado ha insistido, casi como una acusación, en una pregunta simple y demoledora: “¿Con estar inscritos van a poder votar?”. “Todo el que esté militando en Más Madrid. Las decisiones de todos los partidos la toman los militantes”, ha recalcado la ministra de Sanidad.  

Ahí está el nudo de la guerra. El nuevo reglamento de primarias, que la dirección defiende como desarrollo de unos estatutos aprobados por la militancia en 2025, redefine quién es militante y quién no. Ya no basta con estar inscrito: para participar en la elección hay que haber mantenido actividad acreditada en el partido durante meses. Para los críticos, eso estrecha el censo de forma drástica —de miles de votantes en procesos anteriores a alrededor de un millar, según cálculos internos— y favorece a quien controla la estructura. Cuando se fundó el partido en 2019, fueron a votar 7.000 personas en las autonómicas y 5.000 en las municipales. 

Los emilistas lo llaman una arquitectura hecha para proteger al aparato. Han llevado la batalla al comité de garantías con un recurso firmado por 67 militantes y preparan una nueva carta respaldada por más de cien voces críticas. Hablan de un partido que se cierra cuando debería abrirse. El entorno de García responde que esas reglas estaban aprobadas hace un año y que protestar ahora es cuestionar decisiones tomadas democráticamente.

Mónica García encarna la continuidad de un proyecto construido sobre la defensa de la sanidad pública, el feminismo, el ecologismo y los derechos LGTBI. Delgado, sin renegar de ese espacio, plantea que la izquierda necesita dejar de hablar solo para convencidos y reconectar con sectores que siente huérfanos, incluidos hombres jóvenes desencantados que, según su tesis, acaban desplazándose hacia Vox porque se sienten expulsados por una izquierda que juzga más de lo que persuade.

Delgado ha construido perfil propio, amplificado por sus apariciones mediáticas y por choques públicos, como su sonado debate con Gabriel Rufián, que muchos interpretaron como una advertencia a la dirección. Desde entonces, el runrún no ha dejado de crecer. En ese clima se enmarca también otro episodio revelador: el supuesto ofrecimiento de la dirección para que Delgado salte al Congreso en las próximas generales. Sus aliados lo leen como una “patada hacia arriba”, una forma elegante de apartarlo de Madrid, donde realmente reside el poder. La dirección lo niega y asegura que siempre ha habido voluntad de acuerdo.

Pero en Más Madrid todos entienden lo que está en juego. Madrid no es una plaza más; es el corazón del proyecto. Alejarse de ese centro puede ser políticamente letal. La historia interna tiene precedentes. Íñigo Errejón, cofundador del proyecto, vio diluirse su capacidad de mando en cuanto se alejó del epicentro madrileño. Mucho antes de su caída final, marcada por la denuncia de acoso sexual en su contra, ya repetía en privado una frase convertida en lamento político: “Me han robado el partido”. Ambos compiten también por no correr ese destino: quedar fuera del centro de gravedad de una organización que sigue entendiendo Madrid como único verdadero poder.

Las primarias aún no tienen fecha —todo apunta a después del verano—, pero la campaña ya ha empezado. En apariencia se debate quién puede introducir una papeleta pero en realidad, se discute quién se queda con el partido. Y en Más Madrid, hoy, todo parece reducirse a eso. Solo uno liderará Madrid. Pero el coste del combate puede pagarlo toda la organización.

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