La extrema derecha atraviesa uno de sus momentos más sólidos en España y el resto del mundo. El fenómeno, lejos de ser sobrenatural y asilado, se inscribe en una corriente política internacional encabezada por Trump, Milei, Bolsonaro, Orbán, Le Pen, Farage, Abascal, Bukele, etc. Especialmente, el presidente de los Estados Unidos ha sido el referente y estandarte de un movimiento reaccionario y conservador que añora el pasado y extraña el autoritarismo. Su influencia ha tenido eco en distintos países europeos, donde partidos de ideología similar han capitalizado el descontento social y la polarización política mirándose en el reflejo de Trump.

En el caso español, Vox ha sabido aprovechar esta coyuntura internacional favorable. La formación liderada por Santiago Abascal ha experimentado un crecimiento significativo en distintos territorios, en un contexto marcado por la incertidumbre geopolítica y el desgaste de los dos grandes partidos tradicionales.

Los resultados en los recientes caucus autonómicos reflejan esta tendencia. En comunidades como Extremadura y Aragón, la formación duplicó su representación en las Cortes regionales, consolidándose como actor decisivo en la configuración de mayorías parlamentarias. La ultraderecha como tercera fuerza política tiene la suficiente capacidad de exigencia como para replegar las intenciones de gobernabilidad de María Guardiola y Jorge Azcón.

Sin embargo, este suflé ya lo vivimos hace una década. Tras el estallido del 15-M el bipartidismo se tambaleó. Podemos y Ciudadanos entraron en el terreno de juego y condicionaron la política española, hasta el punto de participar en el primer Gobierno de coalición de la historia democrática de España.

Abascal descarta sentarse en la mesa porque su rédito desaparece cuando se institucionaliza su postura. Vox pretende regatear las responsabilidades y el desgaste de la gestión política, y centra sus esfuerzos en eliminar a fundadores díscolos y en sorpasar al Partido Popular.

Sin embargo, los augurios electorales de Castilla y León diagnostican un estancamiento de Vox, con un PSOE próximo al Partido Popular de Alfonso Fernández Mañueco. La derechización de la sociedad española no es tan profunda como aparenta.

El nuevo ciclo electoral será un plebiscito a la ultraderecha. Los españoles tendrán en su mano aprobar o reprobar las políticas machistas, racistas, xenófobas y fascistas que imprimen desde Bambú 13 y que aprueba un Partido Popular a la deriva. Asimismo, el crecimiento demoscópico de la derecha más radical del arco parlamentario ha servido como carburante para el motor de la izquierda a la izquierda del PSOE.

En el bloque progresista, el PSOE y las fuerzas situadas a su izquierda afrontan el reto de articular una respuesta cohesionada frente al avance ultra. La posible confluencia de candidaturas en determinadas circunscripciones —siguiendo el modelo que ya se ha ensayado en etapas anteriores— podría ser determinante en un sistema electoral donde cada escaño se decide por márgenes estrechos. El desenlace dependerá, en última instancia, de la capacidad de unos y otros para transformar la polarización en participación efectiva en las urnas.

La hipótesis más beneficiosa para la izquierda sería la de la unión de todas las izquierdas a la izquierda del PSOE. Se trata de un planteamiento similar al hecho público por el portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, en el acto que protagonizó junto al diputado de Más Madrid en la Asamblea, Emilio Delgado. Entonces habló de confluencias de las fuerzas a la izquierda del PSOE en todas las circunscripciones, de forma que en territorios como Euskadi, Catalunya y Galicia podía haber acuerdos de Sumar y Podemos con EH Bildu, ERC y BNG, respectivamente.

El votante de protesta o antisistema se moviliza por confrontación, no por gestión. El electorado de Vox y, especialmente, entre los más jóvenes, se enrola en una causa épica e identitaria. Sin embargo, la fuerza de la ultraderecha en España puede verse delimitada por los dos grandes partidos, PP y PSOE.

En España, el pulso entre Vox y el Partido Popular marcará buena parte del rumbo de la derecha. La estrategia de tensionar el debate público obliga a los populares a decidir entre asumir parte del marco ideológico de la ultraderecha o diferenciarse para preservar el voto moderado. Esa competencia, lejos de movilizar al bloque conservador, puede consolidar una mayoría alternativa en contra o una decaída pronunciada de la derecha tradicional. En Moncloa y Ferraz no descartan que los socialistas resulten la lista más votada en detrimento de los populares.

La ultraderecha no ha llegado al Gobierno en el país más al sur de Europa. Y esa es la verdadera excepción Ibérica. Por ello, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se niega a admitir que la llegada de los ultras al Palacio de la Moncloa es inevitable. Solo una hoja de ruta netamente progresista que se preocupe por los problemas de la ciudadanía y atienda a los desafíos a los que se enfrenta nuestro sistema democrático podrá repeler el apogeo de los antisistema.

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