Mientras países como Australia, Canadá o Dinamarca han reaccionado electoralmente contra los excesos del trumpismo —penalizando a las derechas radicales—, España ha tomado un camino muy distinto. En esos países, las fuerzas conservadoras han perdido terreno tras coquetear con discursos radicales, reforzando a opciones de centroizquierda más firmes frente a la polarización. Aquí, sin embargo, la lógica ha sido otra. En un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas y el auge de discursos extremos, el electorado español ha optado por reforzar precisamente a quienes han abrazado ese tono. Una anomalía que no ha pasado desapercibida.

Según el sondeo de Ipsos para La Vanguardia, realizado entre el 23 de marzo y el 8 de abril sobre más de 1.000 entrevistas, el bloque de la derecha alcanzaría cifras que anticipan un vuelco político de gran magnitud de cara a las próximas elecciones en 2027.

El líder del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, obtendría 130 escaños, mientras que el presidente de Vox, Santiago Abascal, protagonizaría el mayor ascenso: Vox pasaría de 33 a 64 diputados, duplicando prácticamente su representación. Entre ambos sumarían 194 escaños, una mayoría absoluta holgada.

Este crecimiento de Vox no sería casual. Su alta fidelidad electoral - superior al 85% - contrastaría con la volatilidad del resto de partidos. Y aunque el PP cedería parte de su espacio hacia su socio más radical, el resultado conjunto consolidaría un bloque que podría gobernar sin necesidad de apoyos externos. Eso sí, el precio de esa mayoría sería asumir postulados cada vez más duros, algo que sigue generando inquietud en algunos sectores y que vuelve a dejar en evidencia la dependencia del PP respecto a Vox.

El retroceso de la izquierda

En el lado progresista, los datos han sido mucho más preocupantes. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lograría un 28,4% de los votos, tres puntos menos que en las últimas generales, lo que se traduce en 117 escaños. Una caída moderada en apariencia, pero que quedaría agravada por el hundimiento de sus aliados.

Sumar experimentaría un descenso hasta el 5,8%, muy lejos del 12,3% logrado en 2023. Por su parte, Podemos apenas alcanzaría el 1,8%. Incluso en el mejor de los escenarios —una hipotética reunificación— la izquierda alternativa solo aspiraría a 17 escaños, insuficientes para alterar la mayoría conservadora. La desmovilización ha sido clave: menos de la mitad de los votantes de Sumar repetirían su apoyo, mientras parte del electorado socialista migraría hacia el PP o Vox. 

El sondeo también refleja movimientos significativos en Catalunya. Oriol Junqueras lograría imponerse a Junts, consolidando a ERC como principal fuerza independentista con ocho escaños - uno más que en el 2023-, frente a los cinco de su rival -dos menos que en el 2023-.

Pero la gran novedad sería la irrupción de Aliança Catalana, que conseguiría dos diputados impulsada por la ola nacional-populista europea. Su crecimiento, alimentado en parte por votantes desencantados de Junts, añadiría un nuevo elemento de fragmentación en el panorama catalán.

Rufián como el líder favorito 

En cuanto a la valoración de líderes, el mejor posicionado es el portavoz de Esquerra en el Congreso, Gabriel Rufián, aunque con un modesto 4,5. Ni siquiera él alcanza el aprobado, lo que refleja el bajo nivel de confianza general.

El dato más llamativo sería que Rufián está mejor valorado incluso entre votantes del PSOE que el propio Sánchez cuya nota es un 3,7. Mientras tanto, Feijóo se queda en un 3,5 y Abascal en un 2,7, confirmando que, pese a su crecimiento electoral, la ultraderecha sigue generando rechazo en amplias capas de la población. Sin embargo, el ultraderechista se posiciona por encima de Ione Belarra o la portavoz de Junts, Míriam Nogueras. 

Un electorado inclinado hacia la derecha

El sondeo estimaría que la derecha y la ultraderecha sumarían cerca de 12 millones de votos, superando incluso registros históricos como los de 2011. En contraste, la izquierda reuniría 8,5 millones, su peor dato desde 1982.

La participación también marcaría diferencias: los votantes conservadores mostrarían mayor disposición a acudir a las urnas, mientras que la abstención afectaría más al electorado progresista, especialmente entre los jóvenes. A su vez, la participación es mayor entre los hombres.

Solo la previsión de una mayoría absoluta del PP y Vox introduciría matices en la disposición a votar. Ante ese escenario, un 52% de los ciudadanos consideraría que acudir a las urnas sería “mucho más importante”, y un 13% “algo más importante”.

Sin embargo, las diferencias por bloques ideológicos serían muy reveladoras. Entre los votantes del PP, un 54% daría más importancia a votar, cifra que subiría al 65% en el caso de Vox, confirmando que su electorado seguiría siendo el más movilizado. Pero el dato más significativo estaría en la izquierda: casi el 70% de los votantes socialistas y hasta el 80% de los de Sumar considerarían crucial acudir a las urnas para frenar ese escenario.

Por ideología, la brecha sería aún más clara. Mientras solo un tercio de los votantes de centro y la mitad de los de derechas aumentarían su interés por votar, el porcentaje superaría el 70% entre quienes se sitúan a la izquierda. Un contraste que evidenciaría que el miedo a una mayoría conservadora podría reactivar parcialmente a un electorado progresista hoy desmovilizado.

En cuanto a las preferencias de gobierno, un 32% de los encuestados apostaría por un Ejecutivo del PP con apoyo de Vox, frente a un 24% que preferiría reeditar el actual gobierno de coalición.

Además, ganarían peso opciones como una gran coalición entre PP y PSOE, lo que reflejaría cierto cansancio ciudadano ante la polarización. Aun así, el dato más significativo sería la creciente normalización de acuerdos con Vox, algo que hace no tanto tiempo generaba mayor rechazo y que vuelve a situar al PP en una posición incómoda respecto a sus alianzas.

España volvería a desmarcarse del contexto internacional. Mientras otros países han frenado a las derechas más radicales, aquí avanzarían con fuerza. Y lo harían, en parte, gracias a una izquierda debilitada y a una derecha que sabría capitalizar el descontento, aunque sea coqueteando con discursos que en otros lugares ya han pasado factura.

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