León XIV ha convertido la misa del Corpus Christi en la Plaza de Cibeles en algo más que una gran celebración religiosa. Ante una multitud congregada en el centro de Madrid, el Papa ha lanzado un mensaje directo a España: la fe no puede quedarse encerrada en la nostalgia, en la estética de las procesiones o en una devoción privada que no toque la vida real. Debe salir a la calle, mirar al prójimo y comprometerse con el bien común.

El Pontífice ha aprovechado su homilía para reivindicar la tradición religiosa española, pero también para advertir contra el riesgo de convertirla en una pieza inmóvil del pasado. “Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy”, ha señalado durante la celebración. Una frase que resume el eje de su intervención: la memoria religiosa solo tiene sentido si interpela al presente.

León XIV ha defendido que las procesiones del Corpus Christi forman parte de la historia espiritual, artística y popular de España, pero ha rechazado que puedan reducirse a una mera manifestación exterior. No son, ha dicho, una “supervivencia folclórica” ni un simple “adorno estético”. Para el Papa, en ellas late una fe que debe traducirse en vida pública, responsabilidad social y atención a quienes sufren.

Una llamada a salir de la fe cómoda

El mensaje de León XIV ha sido especialmente claro al pedir a los creyentes que no se refugien en una “fe cómoda y privada”. A su juicio, la celebración del Corpus no consiste solo en sacar la custodia a la calle, sino en dejarse sacar también del egoísmo, de la indiferencia y de cualquier forma de religiosidad encerrada en sí misma.

El Papa ha llamado a los españoles a estar presentes en los desafíos de la sociedad y a no huir de ellos. “También nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”, ha afirmado.

En esa línea, ha situado la fe como una escuela que enseña a arrodillarse ante Dios, pero también ante el prójimo. “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”, ha advertido. Una idea que conecta con el tono social que ha marcado sus primeras horas en España, desde su visita al centro CEDIA de Cáritas hasta su insistencia en mirar a los ojos a quienes viven en los márgenes.

El Pontífice ha vinculado el Corpus Christi con la caridad y ha recordado que en España esta solemnidad ha estado unida durante años al Día de la Caridad. Para León XIV, el Cristo que recorre las calles en la custodia es el mismo que se identifica con “los pobres, los abatidos, los que están solos y desamparados”.

Frente a los ídolos y la indiferencia         

La homilía también ha incluido una advertencia contra “la tentación de confiar en otros ídolos” y alimentarse de un pan que “no sacia”. León XIV ha pedido a los fieles beber de una fuente que no encierra a la persona en la devoción privada, sino que la empuja a salir hacia los demás.

“Dejemos que hidrate las sequedades de nuestro corazón”, ha reclamado, antes de llamar a llevar a la sociedad una corriente de “amor, de paz, de justicia y de alegría”. El Papa ha puesto el foco en las familias, los pobres, quienes sufren y quienes han perdido la esperanza, a los que ha situado como destinatarios concretos de esa fe viva.

El Pontífice también ha rescatado la memoria de figuras como san Manuel González y san Juan de la Cruz para subrayar que la Eucaristía no se honra únicamente en las grandes celebraciones, sino también en la vida cotidiana, en los gestos de servicio y en la capacidad de reconocer la presencia de Dios incluso en la noche más dura.

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