Esta mañana el articulista Javier López ha publicado en el Huffington Post un texto sobre cómo está la actualidad política, pero dejando a un lado a la derecha y haciendo una “autocrítica” a la izquierda y a sus resultados electorales, especialmente mirando a la formación morada.

No es una derrota de Podemos. Lo es también de Errejón, de Izquierda Unida, de las famosas confluencias y grupúsculos que han tirado de la cuerda hasta romperla, de Manuela Carmena, o Ada Colau (aunque consiguieras mantener sus alcaldías gracias a alguna pirueta) y de cuantos se quedaron por el camino y han intentado presentar alternativas electorales más o menos personalistas”, comienza su examen.

Aunque también dice que le da “miedo” las autocríticas, ya que las que ha visto “consisten en sencillos y poco elaborados ejercicios de explicación de lo malos que han sido todos los demás, dentro y fuera”.

Además, culpa a “los medios de comunicación, a grandes empresarios capitalistas, el resto de partidos confabulados en contra, los medios de comunicación, el irremediable voto útil” de haber “fracturado, dividido y dinamitado las posibilidades electorales” y también “serían los culpables de haber destruido un trabajo excelente y meritorio desarrollado a lo largo de estos años”.

La derecha no paga casi nunca el precio de la falta de coherencia, siempre que cuide los miedos y el egoísmo que en todas y todos nosotros habitan”, sigue diciendo. Asimismo, argumenta que “hasta de la desunión salen bien parados, porque saben que la suma de egoísmos termina produciendo los más extraños compañeros de cama, o de poltrona”.

Pero esto no es lo mismo si lo extrapolamos a las formaciones de izquierdas: “Para la izquierda las incoherencias tienen un alto coste. No se puede predicar el bien público y trabajar por el beneficio privado y la parcelita de poder”, haciendo aquí referencia al líder de podemos, Pablo Iglesias, por el que continúa diciendo que “no es posible mantener abandonados los barrios del sur y abrir las puertas de par en par a las grandes operaciones especulativas del norte. No se puede pasar de Vallecas a Galapagar sin coste alguno”, dice el periodista.

Para concluir, hace un análisis de la izquierda española, explicando que “vota por convicción muchas veces, pero también con ilusión, y si esa ilusión tiene la más mínima fisura, hay quien se queda en casa y no vota. Sobre todo en Vallecas”.

“Tal vez sea allí donde haya que comenzar la famosa autocrítica. Escuchando a la gente, sus problemas, sus propuestas. Además, si Vistalegre no pinta bien, siempre nos quedará Vallecas”, finaliza.

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