No habían nacido en España ni hablaban la misma lengua. Procedían de Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Alemania, Italia, Bélgica, Argentina, Polonia o Palestina. Algunas eran médicas y enfermeras; otras, periodistas, fotógrafas, maestras, artistas, escritoras, obreras o militantes políticas. Pese a sus diferencias, compartían una misma certeza: permanecer indiferentes ante el avance del fascismo era una forma de complicidad.

Cuando el golpe militar de julio de 1936 amenazó la legalidad democrática de la Segunda República, miles de voluntarios decidieron viajar a España. Mientras Alemania e Italia enviaban aviones, armamento y soldados para sostener a los sublevados, las democracias europeas se refugiaban en una política de no intervención que dejó al Gobierno republicano en una situación de enorme desventaja.

Entre 1936 y 1938 llegaron alrededor de 35.000 voluntarios procedentes de más de medio centenar de países. La mayoría eran hombres, pero entre ellos viajaron también centenares de mujeres. Algunas se integraron en las Brigadas Internacionales; otras colaboraron desde organizaciones sanitarias, sindicatos, partidos políticos, periódicos y comités de ayuda humanitaria.

Durante mucho tiempo, su presencia quedó reducida a la imagen de una enfermera inclinada sobre una camilla. Sin embargo, hicieron mucho más. Trabajaron en hospitales de campaña, condujeron ambulancias bajo los bombardeos, organizaron bancos de sangre, evacuaron a civiles, cuidaron a niños refugiados, tradujeron documentos, tomaron fotografías, escribieron crónicas y recaudaron fondos. Algunas también empuñaron las armas.

Todas comprendieron que en España no se libraba únicamente una guerra civil. Era el primer gran intento de detener al fascismo en un conflicto que terminaría extendiéndose por Europa.

Felicia Browne, los pinceles en el frente

La británica Felicia Browne llegó a España durante el verano de 1936, cuando las Brigadas Internacionales todavía no se habían organizado oficialmente. Pintora, escultora e ilustradora, abandonó una prometedora carrera artística para incorporarse a una columna que combatía en Aragón.

Llevaba siempre consigo un cuaderno en el que dibujaba a milicianos, campesinos y habitantes de los pueblos atravesados por la guerra. Sus obras no mostraban héroes idealizados, sino rostros cansados y escenas cotidianas de quienes intentaban detener el avance de los sublevados.

El 25 de agosto de 1936 murió durante una operación cerca de Tardienta, en Huesca. Tenía 32 años y fue la primera mujer británica fallecida defendiendo a la República. Su vida quedó convertida en símbolo de una generación para la que el arte y el compromiso político eran dos formas inseparables de defender la dignidad humana.

Mika Etchebéhère, una mujer al mando

Había nacido en Argentina, en una familia judía procedente de Europa oriental. Cuando estalló la guerra viajó a España junto a su compañero, Hipólito Etchebéhère, y ambos se incorporaron a una columna del Partido Obrero de Unificación Marxista.

Hipólito murió en septiembre de 1936 en el frente de Sigüenza. Tras su muerte, los milicianos eligieron a Mika para asumir el mando de la compañía. Aquella decisión era excepcional: una mujer extranjera pasaba a dirigir una unidad de combate en un mundo reservado casi exclusivamente a los hombres.

Mika se ganó la autoridad compartiendo con sus soldados el frío, el hambre, el miedo y los peligros de las trincheras. Su experiencia quedó recogida en Mi guerra de España, uno de los testimonios más valiosos sobre el conflicto. En sus páginas no hay heroísmo grandilocuente, sino compañerismo, sufrimiento y una profunda reflexión sobre la libertad.

Gerda Taro, la cámara contra la barbarie

Gerda Taro nació en Stuttgart en 1910 con el nombre de Gerta Pohorylle. Judía y antifascista, sufrió la persecución nazi y tuvo que refugiarse en París. Allí conoció al fotógrafo húngaro Endre Ernő Friedmann, que terminaría adoptando el seudónimo de Robert Capa.

Ambos viajaron a España para documentar la guerra. Taro recorrió los frentes, fotografió a los combatientes y mostró el sufrimiento de la población civil. Sus imágenes retrataron a madres protegiendo a sus hijos, refugiados abandonando sus hogares y mujeres trabajando en la retaguardia.

El 25 de julio de 1937, durante la retirada republicana tras la batalla de Brunete, fue atropellada accidentalmente por un carro de combate. Murió al día siguiente, con 26 años, y se convirtió en la primera fotoperiodista fallecida mientras cubría una guerra.

Taro no utilizó un fusil, pero convirtió su cámara en un arma contra el olvido.

Salaria Kea, contra el fascismo y el racismo

Cuando la enfermera afroamericana Salaria Kea llegó a España en 1937 ya conocía la discriminación. Había crecido en Georgia, bajo las leyes segregacionistas que negaban a la población negra los mismos derechos que a los ciudadanos blancos.

Integrada en el servicio sanitario de las Brigadas Internacionales, trabajó en el Hospital Americano de Villa Paz, en Saelices, y en otros centros de campaña. Allí atendió a centenares de heridos en condiciones extremas, con escasez de medicamentos, instrumental y sangre para transfusiones.

Para Kea, la lucha contra el fascismo estaba unida al combate contra el racismo. En España encontró entre los voluntarios internacionales un ambiente más igualitario que el existente en su propio país. Por primera vez, según recordaría, se sintió tratada como una compañera y no como una mujer negra condenada a ocupar un lugar secundario.

Martha Gellhorn, el rostro humano de la guerra

La periodista estadounidense Martha Gellhorn llegó a España en 1937. En lugar de limitarse a informar sobre movimientos de tropas y decisiones militares, recorrió hospitales, refugios antiaéreos y barrios bombardeados para contar cómo la guerra afectaba a la población civil.

Su relación con Ernest Hemingway eclipsó durante años una trayectoria profesional extraordinaria. Gellhorn nunca aceptó ser presentada únicamente como “la esposa de”. Después de España cubrió la Segunda Guerra Mundial, el desembarco de Normandía, la liberación de Dachau y otros conflictos. Siempre consideró que las calles bombardeadas de Madrid habían sido su gran escuela periodística.

Las mujeres que salvaron vidas

Junto a los nombres más conocidos hubo centenares de voluntarias anónimas. Médicas, enfermeras y conductoras de ambulancias trabajaron durante jornadas interminables en hospitales improvisados en escuelas, conventos y fábricas. A menudo carecían de anestésicos, instrumental quirúrgico, material de cura o agua potable.

La solidaridad se extendió también a los comedores infantiles, las colonias escolares y los centros de evacuación. Entre estas voluntarias destacaron las conocidas como las “Mamás Belgas”, jóvenes vinculadas a organizaciones obreras y humanitarias que cuidaron de niños, heridos, ancianos y familias desplazadas.

Preparaban alimentos, distribuían ropa, organizaban actividades educativas y atendían a menores que habían perdido a sus padres o habían sido separados de ellos. No ocuparon puestos de mando ni protagonizaron grandes discursos, pero cada venda colocada y cada plato servido constituyeron una forma silenciosa de resistencia.

Las palabras también combatieron

Otras mujeres defendieron la República desde periódicos, tribunas y foros internacionales. La anarquista Emma Goldman visitó Barcelona, recorrió colectividades y hospitales y denunció después en conferencias y artículos el aislamiento al que las democracias occidentales habían sometido al Gobierno legítimo español.

También la escritora estadounidense Dorothy Parker puso su prestigio al servicio de la República. Participó en campañas de recaudación, apoyó a hospitales y refugiados y denunció que la supuesta neutralidad internacional beneficiaba a los sublevados, sostenidos militarmente por Hitler y Mussolini. Años después, su compromiso con las causas progresistas contribuiría a que fuera incluida en las listas negras del macartismo.

Goldman y Parker demostraron que la resistencia no se libró exclusivamente en las trincheras. También se combatió mediante artículos, libros, fotografías, conferencias y campañas capaces de movilizar a la opinión pública internacional.

Una advertencia que Europa no quiso escuchar

En el otoño de 1938, las Brigadas Internacionales abandonaron España. Miles de personas salieron a las calles y acudieron a las estaciones para despedir a quienes habían cruzado océanos y fronteras para defender una democracia que no era la de su país.

Muchas de aquellas mujeres regresaron a sus lugares de origen; otras continuaron el exilio en Francia, Gran Bretaña, México o América Latina. Algunas se incorporaron después a la Resistencia contra la ocupación nazi, trabajaron en hospitales militares o ayudaron a refugiados y perseguidos. España no había sido el final de su lucha, sino el comienzo.

En septiembre de 1939, el estallido de la Segunda Guerra Mundial confirmó sus peores temores. Las mismas potencias fascistas que habían ensayado su maquinaria militar sobre España extendieron el conflicto al resto del continente.

Durante décadas, sus nombres fueron relegados a un segundo plano. Hoy sabemos que la historia de la solidaridad internacional estaría incompleta sin mujeres como Felice Browne, Mika Etchebéhère, Gerda Taro, Salaria Kea, Martha Gellhorn, Emma Goldman, Dorothy Parker y tantas médicas, enfermeras, maestras, conductoras y cooperantes anónimas.

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