A las puertas de cumplir 82 años, Miguel Ríos sigue siendo el alma indomable del rock en español. Más allá de los millones de discos vendidos y de haber puesto banda sonora a la Transición, el granadino mantiene intacta la conciencia de clase que mamó en su barrio natal. En esta íntima conversación, Ríos reivindica sus raíces humildes, ajusta cuentas con la deriva de figuras como Felipe González y nos recuerda que el rock, antes que un negocio, es un instrumento imprescindible para sacudir las conciencias.

Pocos artistas pueden presumir de haber cruzado seis décadas sobre los escenarios sin haber vendido un solo gramo de su dignidad. Miguel Ríos nació en la Granada de la posguerra, en una España gris donde la música fue su pasaporte hacia la libertad. Sin embargo, el éxito masivo nunca logró arrancarlo de sus raíces trabajadoras. En esta charla con Rubén Sánchez, el viejo rockero se despoja de la nostalgia barata para analizar con lucidez la preocupante deriva neoliberal de nuestra sociedad. Con un discurso afilado y sin pelos en la lengua, Ríos demuestra que la edad no amansa las fieras cuando las convicciones son profundas.

 

Pregunta: Vienes de una familia numerosa y muy humilde en la Granada de posguerra. ¿Cómo marcaron esas raíces tu forma de ver el mundo?

Respuesta: Me marcaron del todo porque uno es de donde pace y de donde nace. Yo soy el menor de siete hermanos de una familia totalmente trabajadora. Mi padre era un hombre honesto, un currante que se dejaba la piel, y mi madre sacaba adelante la casa con una dignidad infinita en unos tiempos que eran durísimos. En mi casa no sobraba nada, al revés, se vivía al día. Esa escasez te enseña el valor de la solidaridad vecinal. Aprendes que cuando las cosas vienen mal dadas, la única red de seguridad real es el apoyo mutuo entre los de tu misma clase. Yo empecé a trabajar de botones en unos almacenes muy joven porque había que meter dinero en casa. Jamás he olvidado de dónde vengo ni el olor de mi barrio. Cuando el éxito llegó, siempre tuve claro que yo era solo un obrero de la música que había tenido mucha suerte.

P: ¿En qué momento diste el salto de esa supervivencia diaria a tomar una conciencia política activa?

R: El salto lo das cuando sales de España y ves que fuera hay luz, libertad y democracia, mientras que aquí vivíamos en un cuartel oscuro controlado por una dictadura criminal. El rock and roll fue mi primera escuela política porque era una música prohibida, perseguida y sospechosa para el régimen. El rock te obligaba a tomar partido. Empecé a juntarme con gente de la cultura, con intelectuales y militantes de la clandestinidad, y ahí entendí que la libertad no te la regala nadie. La conciencia política no es un barniz intelectual, es darte cuenta de que las injusticias que sufren los demás también te afectan a ti. Te das cuenta de que no puedes ser feliz en un mundo rodeado de miseria y opresión.

P: Hoy en día parece que ser de izquierdas está estigmatizado. ¿Cómo definirías tú esa identidad en pleno siglo veintiuno?

R: Para mí ser de izquierdas se resume en una sola palabra: empatía. Es la capacidad de preocuparte por el que lo pasa mal, por el desfavorecido, por el que no ha tenido tus mismas oportunidades. La derecha, por el contrario, basa todo su discurso en el sálvese quien pueda y en la codicia individual. Te dicen que si eres pobre es por tu culpa, porque no te has esforzado lo suficiente, lo cual es una mentira cruel. Ser de izquierdas significa defender que los servicios públicos, como la sanidad y la educación, deben ser sagrados y universales. Significa entender que los impuestos no son un robo, sino la herramienta colectiva para que el hijo de un obrero pueda llegar a la universidad. Me jode mucho que hoy la insolidaridad se disfrute como si fuera una virtud.

P: Formaste parte de la generación que se ilusionó con la llegada del PSOE en 1982. ¿Qué sientes al ver la deriva actual de Felipe González?

R: Siento una profunda decepción, un dolor casi personal. Lo de 1982 fue una explosión de esperanza brutal para millones de españoles que veníamos de la dictadura. Felipe González representaba la modernización, el cambio y la llegada de la justicia social. Ver en qué se ha convertido hoy, transformado en un adalid de las tesis más conservadoras y alineado con los intereses de las grandes corporaciones, es muy triste. Cuando los líderes de la izquierda acaban en los consejos de administración de las multinacionales, pierden el derecho a dar lecciones de ética. Felipe González ha olvidado al pueblo que lo llevó en volandas al poder. Hoy habla desde el privilegio y el rencor, convirtiéndose en el mejor aliado de aquellos a los que antes combatía. Su deriva es el ejemplo perfecto de cómo el poder y el dinero pueden corromper los ideales más nobles.

P: ¿Cómo valoras que la extrema derecha esté ganando terreno entre las clases trabajadoras y los jóvenes?

R: Es una de las mayores tragedias de nuestro tiempo y demuestra que el sistema ha triunfado en su estrategia de desinformación. La extrema derecha es experta en canalizar la frustración y el miedo de la gente hacia falsos culpables, como los inmigrantes. Es perverso ver cómo logran que el penúltimo se enfrente al último para proteger los privilegios de los de arriba. Con los jóvenes pasa algo similar porque han crecido en una precariedad absoluta y las redes sociales les bombardean con discursos de odio camuflados de rebeldía. Nos está fallando la memoria histórica. Si la clase obrera vota a quienes quieren privatizar su sanidad y quitarle sus derechos laborales, estamos ante un suicidio colectivo colectivo impulsado por la manipulación mediática.

P: A tus casi 82 años, ¿te queda cuerda para seguir creyendo que la música puede cambiar las cosas?

R: La música no va a cambiar un gobierno ni va a derogar una ley injusta por sí sola, pero tiene el poder de transformar a las personas que sí pueden hacerlo. El rock une a la gente, crea comunidad y destruye el individualismo feroz que nos quieren imponer. Mientras tenga voz y el cuerpo me aguante, seguiré cantando para agitar las conciencias y para recordar que la cultura es un derecho fundamental, no un lujo para unos pocos. No pienso convertirme en un viejo cascarrubias que añora el pasado. Miro al futuro con la misma rabia y las mismas ganas de pelear que tenía cuando empecé. La única batalla que se pierde es la que se abandona, y yo pienso morir con las botas puestas sobre un escenario.

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