March Ordinas fue mucho más que un banquero. Contrabandista, naviero, financiero, empresario, diputado, propietario de periódicos y hábil conspirador, llegó a convertirse en uno de los hombres más ricos y poderosos de Europa. Su biografía resume como pocas la estrecha relación entre dinero, corrupción, influencia política y autoritarismo en la España de la primera mitad del siglo XX.
Manipulador, obsesionado con la riqueza y dotado de una inteligencia excepcional para los negocios, March levantó un imperio sin permitir que los principios políticos o las consideraciones morales interfirieran en sus intereses. No fue un ideólogo ni un hombre de convicciones firmes. Su verdadera patria fue siempre el beneficio. Podía colaborar con conservadores y liberales, financiar periódicos progresistas o ayudar a grupos anarquistas si con ello protegía sus negocios. También podía comerciar simultáneamente con países enfrentados y vender información a unos sobre las operaciones de los otros.
Su máxima parecía sencilla, la de que todo hombre tenía un precio y que la dificultad consistía únicamente en averiguarlo.
De tratante de cerdos a magnate del contrabando
Juan March Ordinas nació el 3 de octubre de 1880 en Santa Margarita, Mallorca, en el seno de una familia dedicada a las actividades agrícolas y al pequeño comercio. Desde muy joven se familiarizó con las cuentas gestionando la contabilidad del negocio de su familia. Sus primeros pasos empresariales estuvieron relacionados con la compraventa de ganado - especialmente cerdos - y con la adquisición de terrenos baratos que posteriormente parcelaba y vendía con importantes beneficios.
Pero el verdadero origen de su fortuna estuvo en el contrabando. March comenzó comerciando con mercancías procedentes del norte de África y Gibraltar. Lo que inicialmente constituía una práctica frecuente entre las poblaciones costeras mallorquinas se convirtió, bajo su dirección, en una organización empresarial de grandes dimensiones. Rompió con la imagen romántica del contrabandista que actuaba de manera improvisada creando redes de transporte y distribución, comprando voluntades, sobornando funcionarios y aplicando al negocio clandestino los mismos métodos de cualquier gran compañía.
En 1909 logró controlar el comercio del tabaco en amplias zonas del Marruecos español y francés. Su flota, sus almacenes y su red de colaboradores le permitieron amasar una fortuna extraordinaria. Fue entonces cuando comenzó a ser conocido como «el último pirata del Mediterráneo».
Supuesto asesinato de un joven de familia rival, presunto amante de su mujer
En septiembre de 1916, la sombra de Juan March planeó sobre el asesinato de Rafael Garau. Garau era un atractivo joven perteneciente a una familia rival dedicada al contrabando y, según versiones, mantenía una relación sentimental con la esposa del financiero. La investigación fue muy anómala, pues cada vez que un juez iba a procesar a March, era apartado del caso o trasladado y numerosos documentos del sumario desaparecían misteriosamente. Nunca llegó a esclarecerse, pero los vecinos de Santa Margarita señalaron a March como responsable. La hostilidad que despertó desde entonces fue tan profunda que no volvió a pisar su localidad natal.
Negociar con unos y con sus enemigos
Durante la Primera Guerra Mundial, March dio una de las mayores muestras de la filosofía que guiaría toda su vida como fue la de trabajar con los dos bandos y obtener beneficios de ambos. Sus barcos prestaban servicios a los británicos mientras sus redes comerciales abastecían de víveres y combustible a submarinos alemanes. Diversos historiadores han sostenido que, después de aprovisionarlos, facilitaba a los servicios británicos información sobre su posición y sus rutas.
No era germanófilo ni anglófilo. Tampoco actuaba movido por simpatías políticas. Calculaba riesgos, anticipaba beneficios y se colocaba allí donde pudiera obtener una mayor rentabilidad. Su colaboración con los aliados estuvo también condicionada por la situación de sus negocios. Parte de sus barcos navegaba bajo pabellón británico y sus factorías de tabaco se encontraban en territorios controlados por Francia.
Ordenaba a sus patrones seguir determinadas rutas en las que los barcos eran interceptados por submarinos alemanes. Los alemanes se quedaban con la carga y March cobraba posteriormente las indemnizaciones correspondientes.
Su capacidad para nadar entre dos aguas volvió a ponerse de manifiesto durante la guerra colonial en Marruecos. Los buques de la Compañía Trasmediterránea, en la que March desempeñaba un papel determinante, transportaban soldados españoles hasta el norte de África. Al mismo tiempo, algunas informaciones periodísticas lo acusaron de utilizar sus embarcaciones de contrabando para suministrar armas a los combatientes rifeños de Abd el-Krim. Determinadas informaciones hablan de la venta de miles de fusiles Mauser 98 y millones de cartuchos al cabecilla Abd el-Krim, que en el norte de Marruecos acosaba al ejército español.
La denuncia causó una enorme indignación en una España todavía conmocionada por el desastre de Annual y por la muerte de miles de jóvenes enviados a Marruecos. La dictadura de Primo de Rivera abrió una investigación, pero después de una reunión entre el dictador y el financiero mallorquín, el expediente terminó archivado. Ese episodio contribuyó a consolidar su leyenda de que March podía ser investigado, encarcelado o perseguido, pero siempre terminaba encontrando una puerta de salida.
Conservador, liberal y amigo circunstancial de todos
La política fue otra prolongación de los negocios. En 1923 resultó elegido diputado por Baleares dentro de las filas liberales, después de construir una poderosa red clientelar con la que derrotó al candidato conservador Antonio Maura. En 1926 fundó la Banca March para financiar parte de sus negocios. Previamente,
Su falta de escrúpulos ideológicos quedó reflejada en los medios de comunicación que controló. Fue propietario de El Día, periódico mallorquín de orientación progresista; de La Libertad, defensor de posiciones liberales, y de Informaciones, vinculado a planteamientos conservadores. También subvencionó el periódico anarquista Tierra.
En 1932, con la II República, fue encarcelado, acusado de delitos relacionados con sus actividades económicas y de contrabando. En la prisión de Alcalá de Henares, donde disfrutaba de numerosos privilegios, estuvo recluido diecisiete meses hasta que se fugó sobornando al oficial de guardia Eugenio Vargas. Años más tarde, con el régimen de Franco, se nombró a este funcionario para altos cargos de Instituciones Penitenciarias. Marcha huyó a Gibraltar y de allí se trasladó a París. Ya, fuera de España, su enfrentamiento con la República fue cada vez más abierto.
El papel de Juan March adquirió una dimensión histórica en 1936. Instalado en Biarritz, puso sus contactos y una parte de su inmensa fortuna a disposición de los conspiradores que preparaban el golpe de Estado.
Financió una de las operaciones decisivas de la conspiración: el alquiler del Dragon Rapide, el avión británico que trasladó a Francisco Franco desde Canarias hasta el norte de África. Aquel vuelo permitió al general ponerse al frente del Ejército de África, la principal fuerza militar de los sublevados.
March no se limitó a pagar un avión. Participó en reuniones, aportó dinero, avaló créditos y ofreció garantías económicas para proteger a los conspiradores en caso de que el golpe fracasara. Su fortuna proporcionó seguridad a unos generales que, además de calcular sus posibilidades militares, necesitaban saber quién financiaría la operación y quién garantizaría su futuro si fracasaban. Sin Juan March, algunos generales no se habrían atrevido a dar el paso.
La fortuna, al servicio de Mola
De nuevo elegido diputado en febrero de 1936, tras la victoria electoral del Frente Popular, empleó su dinero y su influencia en promover y financiar diversos conflictos laborales en distintos puntos de España, con el propósito de alimentar la inestabilidad social y debilitar al nuevo Gobierno presidido por Manuel Azaña.
Pero una sublevación militar no podía sostenerse únicamente mediante órdenes de cuartel. Necesitaba dinero para comprar armas, trasladar tropas, conseguir combustible, importar material, contratar transportes y mantener los ejércitos sobre el terreno, entre otros gastos.
El economista José Ángel Sánchez Asiaín explicó en su obra La financiación de la Guerra Civil española la dificultad de conocer la cantidad exacta aportada por March. Sin concretarse las cifras, si que existe un amplio consenso acerca de la importancia de su ayuda económica.
Diversas investigaciones le atribuyen la entrega al general Emilio Mola de una cartera de valores estimada en unos 600 millones de pesetas de la época. También habría avalado numerosos préstamos y operaciones de crédito destinadas a financiar al bando sublevado.
March no actuaba necesariamente como un donante desinteresado. Buena parte de las operaciones estaba planteada como créditos que debían devolverse con sus correspondientes intereses. Incluso cuando respaldaba una causa política, el banquero continuaba haciendo negocios.
Paga campañas de imagen de los golpistas en el extranjero
Además de proporcionar apoyo financiero, logístico y material a los militares sublevados, March utilizó su enorme fortuna y su influencia sobre la prensa para impulsar en el extranjero una intensa campaña propagandística destinada a legitimar a los golpistas y erosionar los apoyos internacionales de la República. Destinó cuantiosas sumas a financiar medios y periodistas que magnificaban los crímenes cometidos en territorio republicano mientras ocultaban o minimizaban las matanzas del bando franquista. Llegó a reconocer que aquella operación de propaganda le había costado, solo en Francia, más de quinientos millones de pesetas.
Petróleo para los golpistas
Su intervención fue especialmente relevante en la obtención de combustible. March empleó su influencia financiera para facilitar las operaciones que permitieron a los sublevados adquirir petróleo en el mercado internacional. Logró que la compañía estadounidense Texaco suspendiese suministros comprometidos con el Gobierno republicano y proporcionase combustible a los franquistas. Sus contactos, avales y mecanismos de financiación contribuyeron a que los ejércitos de Franco dispusieran de un recurso imprescindible para mover sus vehículos, aviones y barcos.
El resultado fue doble, petróleo para los golpistas y crecientes dificultades de abastecimiento para la República, pese a que esta era el Gobierno legítimo y mantenía contratos previamente suscritos.
Ayuda a Falange y a Franco
March también ayudó económicamente a Falange y participó en las gestiones realizadas en Biarritz para asegurar la financiación inicial de la conspiración. Su dinero funcionó como una garantía económica antes incluso de que comenzaran los combates.
Pero Juan March no fue el único financiero del golpe. Los militares sublevados recibieron el apoyo económico de adinerados monárquicos, sectores de la derecha, familias carlistas, grandes propietarios, aristócratas, relevantes fortunas, terratenientes y organismos como la Diputación Foral de Navarra. A ese respaldo interno se sumó la intervención decisiva de la Alemania de Hitler, la Italia de Mussolini y la dictadura portuguesa de António de Oliveira Salazar.
Pero March no solo aportó capital, sino que puso al servicio de los sublevados su entramado empresarial, sus contactos internacionales, su experiencia en operaciones clandestinas y su capacidad para mover dinero fuera de España.
La Alemania nazi y la Italia fascista proporcionaron aviones, armamento, tropas y asistencia técnica. La Portugal de Salazar facilitó territorio, comunicaciones y apoyo político. March ayudó a que aquella maquinaria comenzara a funcionar. El golpe fracasó en su propósito inicial de tomar rápidamente el poder, pero la ayuda económica y militar recibida permitió a los sublevados convertir su fracaso en una guerra de casi tres años. No es exagerado situarlo entre los principales responsables civiles de que la conspiración pudiera sostenerse y desembocara en la victoria franquista.
De conspirador a intermediario de los británicos
Terminada la Guerra Civil, March continuó practicando su vieja especialidad, la de tratar con todos los bandos. Durante la Segunda Guerra Mundial mantuvo negocios y relaciones en los dos campos enfrentados. También actuó como intermediario de los británicos en una operación destinada a impedir que España entrara en la guerra junto a Hitler. Londres destinó importantes cantidades de dinero a sobornar a generales y altos mandos franquistas para que defendieran la neutralidad española.
March, que había contribuido decisivamente al triunfo de Franco, trabajaba ahora para evitar que el régimen franquista se comprometiera militarmente con las potencias del Eje. No había contradicción desde su punto de vista.
También se ha relacionado a sus navieras con el traslado de refugiados judíos hacia América durante la persecución nazi. Pero incluso estos episodios aparecen rodeados por la lógica comercial que caracterizó su vida, ya que cobraba los viajes a estos refugiados y paralelamente, los barcos podían regresar a Europa cargados con mercancías destinadas a nuevos negocios. Un negocio redondo, de ida y vuelta y sin principios ni solidarios ni ideológicos. Así era Juan March.
El “último pirata del Mediterráneo”, el banquero contrabandista, murió en la capital de España el 10 de marzo de 1962, a los 81 años, como consecuencia de las heridas sufridas en un accidente de tráfico ocurrido semanas antes, el 25 de febrero de 1962, en Las Rozas. Quiso pasar sus últimas horas en su residencia de la calle Núñez de Balboa. Sus restos fueron trasladados posteriormente al panteón familiar de Palma.
Mimado por la dictadura, el conocido como el "banquero de Franco" realizó operaciones financieras de alto nivel, como la compra de la Barcelona Traction, tras la que fundó FECSA. Dejó tras de sí una de las mayores fortunas de España y un imperio financiero que sobrevivió a su fundador. También dejó una biografía marcada por el contrabando, los sobornos, el tráfico de influencias, la compra de voluntades y la financiación de una sublevación militar contra un Gobierno democrático.
Encarnó como pocos el poder de quienes no necesitaban ocupar ministerios ni vestir uniforme para decidir el destino de un país. Puso su fortuna al servicio de los generales sublevados y obtuvo del nuevo régimen protección, influencia y enormes oportunidades de negocio. Porque Juan March no financiaba causas, sino que invertía en poder.
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