La política española atraviesa una etapa marcada por la personalización extrema del poder. En un contexto dominado por la polarización, los liderazgos fuertes y la simplificación constante del debate público, las grandes corrientes ideológicas parecen haber cedido terreno ante la capacidad de sus principales dirigentes para conectar emocionalmente con los ciudadanos. La salud electoral de los proyectos políticos ya no se mide exclusivamente por la solidez de sus programas o por la coherencia de sus postulados doctrinales, sino por la fortaleza de quienes los encarnan.
La lógica de los hiperliderazgos ha desplazado buena parte del peso que tradicionalmente ejercían las estructuras partidarias y los marcos ideológicos. Las emociones, las percepciones y las identidades individuales se han convertido en elementos centrales de la competición política. En ese terreno, la construcción de vínculos personales entre representantes y representados adquiere una relevancia creciente, hasta el punto de condicionar la viabilidad de cualquier proyecto de gobierno.
Desde esta perspectiva analiza el 'momentum político' español Iván Redondo, exdirector del Gabinete de la Presidencia del Gobierno y uno de los estrategas que diseñaron la llegada de Pedro Sánchez a La Moncloa. El consultor político sostiene que la situación actual no puede interpretarse únicamente a través de los datos demoscópicos, sino que debe entenderse a la luz de una experiencia reciente que ya demostró la capacidad de resistencia del actual presidente del Gobierno frente a pronósticos adversos.
El escenario de la nueva partida política debe disputarse en el tablero de la integridad emocional e identitaria del conjunto de la sociedad. Pese a ello, la coyuntura del momento y la tendencia de la circunstancia ancla el punto de partida y determina los límites de posibilidad de alcanzar los objetivos definidos.
Las encuestas previas a las elecciones del 23-J arrojaban luz a un Gobierno de Partido Popular con Vox. Sin embargo, el presidente del Gobierno consiguió resistir concitando las muletas necesarias. Según recuerda su primer jefe de Gabinete en el Palacio de la Moncloa, Iván Redondo, “hace ocho años los sondeos eran peores”. Redondo considera que los próximos comicios generales se celebrarán antes o después de las elecciones municipales de mayo, pero no coincidirán. “No habrá superdomingo electoral. Pero si serán o antes de las municipales o en julio; yo apuesto por el 18 de julio”, asegura.
No obstante, el ceo del Grupo Redondo critica el término de sorpasso: “Ciudadanos (Cs) en su ‘momento prime’ llega a tomar otras decisiones, desde mi punto de vista, y hubiese podido crear un espacio nuevo”, reflexiona.
El asesor político sostiene que la presentación y aprobación de los nuevos Presupuestos Generales del Estado para el año 2027 se asemeja a una cuestión de confianza o moción de censura al Ejecutivo de Pedro Sánchez. Es decir, las cuentas significarán el señuelo electoral suficiente para que Moncloa apele el apoyo de sus socios y concite a la mayoría plurinacional transversal y periférica. “Y si se apruebas los presupuestos? ¿No sería bueno para esa mayoría”, se pregunta Redondo.
Las consideraciones de Redondo se producen en un escenario donde la gobernabilidad continúa dependiendo de alianzas complejas y donde las identidades territoriales han adquirido un peso determinante en la configuración de las mayorías parlamentarias. En ese contexto, la aprobación o el fracaso de los próximos Presupuestos podría convertirse en mucho más que una discusión económica: sería una prueba definitiva sobre la capacidad de supervivencia política de Sánchez y sobre la vigencia del bloque que le ha permitido mantenerse en el poder desde la moción de censura de 2018.
Con el comienzo de un nuevo ciclo político en el horizonte y con una legislatura sometida a constantes tensiones, las palabras de Redondo introducen un elemento de reflexión que trasciende el debate coyuntural. La batalla política, viene a sugerir el experto en comunicación política, no se librará únicamente en el terreno de los programas o las cifras, sino en la capacidad de cada liderazgo para interpretar las emociones, las expectativas y las incertidumbres de una sociedad cada vez más fragmentada y exigente. “El poder no está en el Gobierno, el poder está muy repartido. El Gobierno hace bien regresando al Parlamento porque es donde puede catapultarse”, concluye Redondo.
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