En un Primero de Mayo marcado por el encarecimiento de la vida, Irene Montero ha optado por elevar el tono y lanzar un mensaje directo desde la calle: convocar una huelga general. No como consigna simbólica, sino como herramienta real frente a lo que considera un deterioro profundo de las condiciones de vida. Su intervención, durante la manifestación convocada por sindicatos alternativos como CGT y CNT en Madrid, ha sido menos institucional y más combativa, con un discurso que ha conectado con una sensación extendida: trabajar ya no garantiza vivir con dignidad.
“Más dinero para vivir, más salarios y trabajar menos tiempo”, ha resumido la eurodiputada, planteando una reivindicación que mezcla lo económico con lo vital. Para Montero, no se trata solo de llegar a fin de mes, sino de recuperar tiempo y bienestar. “Trabajar menos para poder ser felices”, ha insistido, en una frase que resume el espíritu de su propuesta.
Montero ha dibujado un escenario que muchos reconocen: jornadas largas - de “8, 10 o incluso 12 horas” - que no se traducen en estabilidad. “Al final de mes no puede usar ese dinero para vivir porque tiene que entregarle más de la mitad al casero y el resto se va en las facturas y en la lista de la compra”, ha denunciado. En ese diagnóstico, la vivienda ha ocupado un lugar central, no solo como problema económico, sino como símbolo de desigualdad.
La dirigente de Podemos ha estado especialmente dura con el modelo actual del mercado inmobiliario. Asimismo, ha asegurado que los grandes tenedores acumulan hoy “el cuádruple de activos inmobiliarios” que antes de la crisis de 2008, y ha cuestionado incluso el lenguaje con el que se describe la vivienda: “El solo hecho de llamar a una casa activo inmobiliario a mí me parece una locura”. Para Montero, esa lógica convierte un derecho básico en objeto de especulación.
Movilización social
El discurso no se ha quedado en el diagnóstico ni en la propuesta. Montero ha insistido en que el cambio no vendrá solo desde las instituciones. “Los derechos se conquistan luchando”, ha afirmado, reivindicando el papel de la movilización social. A su lado, la secretaria general del partido, Ione Belarra, reforzaba una imagen de unidad en torno a esa idea: sin presión en la calle, no hay avances reales.
En ese sentido, la eurodiputada ha lanzado una advertencia: confiar únicamente en la acción política institucional es insuficiente. “No se puede dejar todo en manos de los representantes”, ha sentenciado, apelando a la necesidad de “pelear” desde distintos frentes: sindical, feminista y social.
Para Montero, los momentos de cambio en España han llegado cuando se ha producido esa combinación: "Lo que hemos visto es que en este país, cuando hay una izquierda fuerte, cuando hay sindicatos movilizados, cuando hay feministas llenando las calles, cuando la gente en el bar, en la conversación con los amigos, en el trabajo, está hablando de vivienda, de violencias machistas, de tener el derecho al aborto reconocido, cuando la gente está hablando de que se necesita cobrar menos y trabajar menos horas, entonces las cosas cambian".
Su intervención también ha tenido un componente pedagógico - o incluso realista - sobre los tiempos de la política. “Para ganar una vez, hay que fracasar muchas”, ha reconocido, subrayando que los avances suelen ser el resultado de procesos largos y no lineales. Aun así, se ha mostrado convencida de que el cambio es posible si se dan ciertas condiciones: una ciudadanía movilizada, un debate público centrado en “las cosas que importan” y un respaldo electoral a quienes defienden esas ideas.