1. Mamarracho, cha

¿Qué es más grave, hacer política con el fuego o hacer fuego con la política? Un ejemplo de lo primero ha sido el ministro Óscar Puente esta semana cuando, afeando a la presidenta de Madrid haber pedido auxilio al Gobierno para sofocar el incontrolable incendio desatado en las sierras de la Comunidad, publicaba este mensaje en redes sociales: “Firman pactos que niegan el cambio climático. Reducen los servicios de prevención y extinción de incendios a la mínima expresión. Y después llaman pidiendo auxilio a ese gobierno al que insultan permanentemente y al que niegan toda legitimidad”. Un ejemplo de lo segundo, hacer fuego con la política, ha sido la experta en esta materia Isabel Diaz Ayuso al llamar “mamarracho” a quien, con la sierra ardiendo y la gente abandonando despavorida casas, tierras y animales, según ella se dedicaba “a calentar el ambiente”. La presidenta no citó al ministro Puente, pero este se apresuró a replicar en las mismas redes fecales que “si hay una mamarracha en España, esa eres tú”. Remataría luego la faena el jefe de gabinete de Ayuso proclamando, entre ingenioso y perruno, que “la palabra del día” era mamarracho.

2. Óscar y Chus

Puede que Óscar Puente tuviera razón, pero el momento elegido para hacer uso de ella se la quitaba, y no un poco sino casi completamente. Uno puede tener toda la razón del mundo diciendo ciertas verdades sobre un muerto, pero lo que no puede ni debe hacer jamás es decirlas en pleno funeral y en voz alta: del difunto se habla mal y se dicen las verdades más tarde, cuando el pobre ya se ha enfriado. Pues bien, lenguaraz ministro, con el fuego cabe hacer política cuando está sofocado, no cuando está ardiendo un Parque Natural y miles de vecinos aterrorizados buscan amparo y refugio. Que a Puente puede que no le faltara razón lo sugiere la grosería de la respuesta de Ayuso, pero que se la quitó a sí mismo al hablar así en pleno funeral lo demuestra el hecho de que desde Moncloa mandaron de inmediato parar y concentrar todos los esfuerzos en la coordinación con la Puerta del Sol para apagar las llamas. Por lo demás, en Puente parecen convivir un doctor Jekyll y un míster Hyde, un hombre discreto y un bocachancla, un ministro capaz de explicar con solvencia, sensibilidad y rigor la tragedia ferroviaria de Adamuz pero también un tipo incapaz de contar hasta diez antes de ponerse a tuitear improperios. “Ya me gustaría a mí, pero es lo malo que tenemos las testigas, que no podemos mentir”, decía Chus Lampreave en el cine; “Ya me gustaría a mí, pero es lo malo de los bocas, que no podemos callarnos”, parece decir Puente.

3. Bulos de antaño

Con Abascal a la cabeza, en el debate sobre los incendios de Madrid han terciado también, cómo no, los necios del negacionismo climático, que vienen a ser la versión moderna de aquellos letrados, doctores y teólogos que cinco siglos atrás tomaban por lunático a Nicolás Copérnico por sostener que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol y no al revés. No nos admiremos, pues, de que haya tantísimo tonto negando lo que los Copérnicos y Galileos de nuestro tiempo han demostrado desde hace ya décadas con su ciencia; al fin y al cabo, a los doctores de la Iglesia les costó unos tres siglos aceptar el heliocentrismo y casi cuatro admitir pública y oficialmente su error. Los ‘negatas’ de hoy apelan cargados de razón a sus sentidos, según los cuales calor, alma cándida, ha hecho toda la vida y la playa donde nos bañabamos de niños sigue estando donde siempre estuvo, ¿o no?; ciertamente, sus sentidos dicen eso, lo cual no significa que digan la verdad, del mismo modo que los sentidos de los geocentristas de antaño veían cómo el Sol salía y se ocultaba cada día, ¿conque la Tierra no para de dar vueltas al Sol pero nosotros no nos mareamos? ¡a ver, Nicolasín, Nicolasillo, Nicolasete, hereje redomado, heliocentrista fanático, cagatintas sideral, explícame eso, venga, listo, explícamelo!

4. Necios y necios

Los negacionistas del calentamiento global no quieren contrastar su fe con la Ciencia del mismo modo que los negacionistas del holocausto judío, el genocidio armenio o el colonialismo europeo son reacios a contrastar la suya con la Historia. No quiere decirse que sean unos zoquetes integrales, no, nadie es tonto en todo y las 24 horas, nadie es necio sin interrupción: todos lo somos en algún momento si no casi todos los días, sí al menos casi todas las semanas, pero digamos que solemos ser necios para nuestras cosas, no para las de todos. La singularidad de quienes niegan que incendios pavorosos como los que asolan estos días la Meseta están vinculados al calentamiento global es que su necedad nos pone a todos, negacionistas o no, en peligro, mientras que quienes sostienen que algo muy grave está pasando con el clima y hay por tanto que poner remedio a ello contribuyen a ponernos a todos, negacionistas o no, a salvo.

5. Trump vs. Trump

¿Cuánto tiempo pasará hasta que las masas negacionistas dejen de serlo? ¿Qué tiene que pasar para que acepten la verdad? ¿Que aparezca un brillante científico y los convenza? No, porque su fe, aunque ellos imaginen lo contrario, no tiene que ver con la ciencia sino con la política. Solo la política puede salvarlos, salvarlos a ellos de sí mismos y a nosotros de ellos. Con el negacionismo no acabarán los Einstein, los Copérnicos o los Galileos: solo pueden hacerlo los Trump, los Abascales, las Ayusos, las Le Pen. Recuerde el improbable lector la última ocurrencia del presidente norteamericano: amenazar con aranceles y otros castigos a Canadá porque el humo de sus incendios ha traspasado la frontera y dañado la economía de los Estados Unidos. Y es que esta es otra de las singularidades de Trump: su increíble talento para hacer de una tacada política con el fuego y fuego con la política. Por eso, si mañana le entrara el antojo -con él nunca se sabe- de admitir que el cambio climático existe y se puede combatir, la batalla estaría casi ganada. Claro que para que eso sucediera Trump tendría que volverse loco y eso, obviamente, es imposible porque todo indica que ya lo está.

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