Hace unos días se publicó una noticia sobre un inmigrante sudanés que intentó asesinar a alguien en Belfast. El resultado fue una violenta reacción de sectores ultras, destruyendo e incendiando coches o casas de inmigrantes. Un caso puntual que preconiza lo que se podría convertir en norma. Ya lo avisaba la ultraderecha al decir que la inmigración trae consigo delincuencia, actos violentos, perjuicios a la economía de los naturales del lugar e, incluso, delitos de violación de mujeres y niñas.

No, no es una exageración, es un hecho que invita a reflexionar sobre si este caso puntual es la consecuencia de una estrategia predefinida por parte de la ultraderecha. Sociológicamente los acontecimientos, que parecían estar ya fuera de la historia, son percibidos por los ciudadanos del lugar al revés de como suceden, gracias en parte a la utilización de las redes por la ultraderecha, como táctica para enardecer a sectores sociales con menos experiencia y memoria, que les lleva a un entendimiento ilusorio de la realidad. 

En efecto, cuando la economía de nuestro país mejora y es alabada hasta por gente poco sospechosa de comunistas de rabo y cuernos como Goldman Sachs, las atolondradas mentes que reivindican la “libertad de expresión” sin tener previamente “libertad de pensamiento” siguen opinando que la vida se ha hecho invivible por la carestía de la cesta de la compra y los alquileres. 

Cuando el precio de la energía en España es envidiado en toda Europa, cuando cualquier norteamericano que tenga un accidente o enfermedad y vaya a urgencias se quede boquiabierto al saber que no le cobrarán, porque la salud la pagamos entre todos para quien necesite ser atendido, o sea, todos antes o después. Cuando se admiran de que haya una Organización Nacional de Trasplantes modélica donde no hace falta ser rico porque todo el que lo necesite será atendido y recibirá el trasplante del órgano que necesite, salvando su salud y hasta su vida.

Valgan estos ejemplos para darse cuenta que, la mayoría de la gente del lugar, no tiene conciencia clara de la realidad en la que vive. Cierto que nuestro “Estado del Bienestar” no es perfecto y que está siendo fagocitado por la privatización de cualquier servicio, empresa o institución que sea capaz de extraer beneficio privado de lo que es un bien público, de modo que se va acercando poco a poco a otros modelos donde todo, absolutamente todo, es objeto de compra y venta. Así es y así está afectando a nuestra Sanidad, Educación, Dependencia, Pensiones, etc.

Y entonces, ¿por qué tiene tanto éxito político y social la ultraderecha? Explicaciones muchas, certezas no demasiadas; pero algunas pistas sí que hay. Mussolini decía que era cosa fácil derribar a un Gobierno, sin más que ir recorriendo el panorama social con un saco abierto donde recoger las quejas de los ciudadanos, ordenarlas, buscar culpables y proponerse como líder para solucionarlas. No importa que las soluciones no sean técnica y políticamente adecuadas. Basta con que tengan la apariencia de haber detectado al o a los culpables, y de tener las habilidades populistas suficientes para enardecer las aspiraciones sociales y satisfacer las ansias justicieras de la población. En efecto, buscar responsables es más complicado y exige más capacidad de análisis que, simplemente, buscar a un culpable y, si es una persona concreta, mejor que una institución, partido político, ideología o similares entidades no personalizables. El caso español es paradigmático: desde el primer momento de Gobierno actual, todos, absolutamente todos los males de este país son “culpa” del presidente Sánchez. Ya lo tenemos, vamos a por él, por tierra, mar y aire. No es una estrategia, pero sí es una táctica que funciona. 

La gente no se manifiesta delante de los hipermercados que suben los precios. La gente no se manifiesta a las puertas de las compañías eléctricas, ni en la puerta de los bancos que desangran la economía doméstica, ni ante las inmobiliarias o las organizaciones empresariales que facilitan el “travase de rentas del Trabajo al Capital” parafraseando a las instituciones financieras, expertas en estas labores, sino que fantasean con aquello de “muerto el perro, se acabó la rabia”. Qué inocentes.

Pero hablábamos de “estrategia”. Y es lo que nos interesa en este momento de expansión del pensamiento de ultraderecha que, al parecer, va a dominar todo el siglo XXI y parte del XXII, si la humanidad logra sobrevivir al desastre climático y al botón nuclear.

La estrategia de la ultraderecha es tocar un botón emocional que engancha a muchas mentes “poco advertidas”, despertando monstruos atávicos como el miedo tribal al extranjero que invade nuestro territorio. Xenofobia, es su definición. Miedo al extranjero y miedo aumentado si el extranjero tiene un color de piel diferente, cultura diferente, religión diferente y, sobre todo, si el susodicho extranjero es pobre: Aporofobia. Nada hay que objetar al extranjero que mete goles en el fútbol, o que viene rodeado de séquito y dinero. Miedo al extranjero pobre que intenta sobrevivir. Se le atribuyen entonces toda clase de intenciones malévolas y criminales para justificar la negativa al acogimiento y a valorar su aportación al PIB. 

Nada de eso: vienen a robar, a vivir de las ayudas que se niegan a los nacionales, a saturar las consultas médicas y a crear inseguridad ciudadana. De nada valen los datos oficiales sobre delincuencia, aportación al Fisco o a la Seguridad Social, o al crecimiento económico. Nada vale porque “ya hemos encontrado la causa: la inmigración”. Por supuesto el principal culpable es el Gobierno y su presidente. Punto a favor de su estrategia de toma del poder.

Pero hay algo mucho más elaborado y fino en esta estrategia. Lo llaman “Prioridad Nacional” y se apoya de nuevo en el sentimiento de que los derechos pertenecen, por vía divina, a nuestra tribu y que los extranjeros no los merecen ni han de tenerlos en forma alguna. Si acaso “en la cola”, después de “nosotros”. Y aquí se descubre la abominable estrategia que subyace del principio de “Prioridad Nacional”, a saber, demostrar que la inmigración es consustancial a la violencia y a la inseguridad ciudadana. En efecto, ese veneno del “yo antes que tu” inoculado cual lluvia fina en las mentes de las personas menos avisadas, provocará, antes o después, enfrentamientos entre los miembros de la tribu que reclaman su prioridad y los derechos que reclama el extranjero. 

Y esa dinámica no ocurrirá en el interior de los organismos que deciden sobre determinado derecho, sino en la calle. Es de esperar que se produzcan situaciones de enfrentamiento similares a “tú estabas delante de mí en la cola, pero yo tengo prioridad sobre ti”. Incidentes de todo tipo habrá, sin duda, si los de nuestra tribu aplican en su favor dicha “prioridad”, y no es descartable que esos incidentes puedan llegar a generar enfrentamientos violentos. Entonces el círculo se cierra, y los autores de lo elevado a categoría de “principio”, ya podrán afirmar que, en efecto, la violencia e inseguridad se ha instalado en nuestra tribu por culpa de la inmigración patrocinada por el Gobierno. Estrategia ganadora. Pero no os preocupéis, dirán: “nosotros lo arreglaremos cuando gobernemos”.

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