¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!

Un noticiario satírico podría poner en circulación este titular: “¡Noticia bomba! El socialista Emiliano García-Page da una rueda de prensa ¡¡¡y no critica al Gobierno socialista!!!”. La última andanada del presidente de Castilla-La Mancha contra Pedro Sánchez ha sido esta semana a propósito de la crisis de Ceuta. Dijo Page que la respuesta del Gobierno “ha sido evidentemente insuficiente de todo punto de vista, creo que lo piensa todo el mundo en España, y el que piense de otra manera simplemente es que no ha visto lo que ha pasado”. Y añadía, no sin malicia: “Hemos tenido la desgracia, y esto duele especialmente, de que se haya producido el incidente de seguridad al comienzo de las vacaciones. A lo mejor ese mando único hubiera estado mucho antes de haber sido al final de las vacaciones”. Podría haber dicho únicamente la obviedad de que la respuesta gubernamental había sido insuficiente, y apenas habría nada que objetarle, pero al añadir todo lo demás, y sobre todo esa mención a las vacaciones de Pedro Sánchez que es columna vertebral del discurso denigratorio del PP, Page muestra una patita impropia de quien está donde está gracias a su pertenencia al Partido Socialista. Cuando Page habla del Gobierno es casi siempre para criticarlo, de modo que a la postre su discurso no se diferencia mucho del de los dirigentes del PP. ¿Significa eso que Page ha cambiado de bando, que ahora es más del PP que de PSOE? No, seguramente no. No es razonable pensar que antes era de izquierdas y ahora se ha vuelto de derechas. Ahora bien, en política los bandos no son dos sino tres: de izquierdas, de derechas y de sí mismo. Es difícil no sospechar que Page se ha pasado con armas y bagajes al tercer bando. Como diría el clásico: ¡Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros!

Vecinos de Ceuta, jóvenes de Berlín

Llamar ‘vecinos’ a los bárbaros avecindados en Ceuta que han atacado a inmigrantes indefensos, periodistas inermes y trabajadores de las ONG es como llamar ‘jóvenes alemanes’ a las hordas nazis que en el Berlín de los años 30 atacaban a judíos, comunistas, obreros, sindicalistas… ¿Acaso no eran jóvenes? Lo eran, desde luego. ¿Acaso no eran alemanes? Lo eran desde luego. ¿Acaso no eran nazis? Lo eran, quizá no lo fueran mucho más que jóvenes o que alemanes, pero era su condición de nazis, y no la de jóvenes o alemanes, la que les movía a hacer lo que hicieron. La edad y la nacionalidad equivaldrían al vehículo con el que llevaban a cabo sus atropellos; la ideología nazi era el combustible que lo hacía circular. Su condición de vecinos de Ceuta equivale al vehículo con que atropellan inmigrantes, pero la ideología filofascista es el combustible que lo hace andar. Es poco probable por no decir imposible que entre esos vecinos haya personas de izquierdas. Hay determinadas cosas que una persona de izquierdas nunca haría.

El PP y la pasión

El duque de La Rochefoucauld, casi siempre tan sagaz como mal pensado, hacía esta advertencia: “Las pasiones engendran con frecuencia otras contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y ésta la avaricia; a menudo se es firme por debilidad, o audaz por timidez”. La derecha es víctima de una pasión ciega llamada antisanchismo (que ella prefiere llamar amor a España). El PP considera tal pasión un instrumento para desgastar a Sánchez y sustituirlo en el poder, pero bien podría suceder al revés: que quien mandara fuera la pasión y el PP fuera solo su instrumento. Sus dirigentes no parecen haber advertido los peligros de dejarse arrastrar por su pasión antisanchista, hasta el punto de estar haciendo cuanto está en su mano para que la crisis de Ceuta vaya a más y no a menos, y ello pese a -¿o quizá por?- la evidencia de tratarse de una crisis no meramente local sino nacional y con repercusiones internacionales. Dejarse llevar así por la pasión es ir demasiado lejos, es jugar con fuego, es propiciar el rearme moral de un sanchismo en sus horas más bajas, pero paradójicamente robustecido por el taimado farisaísmo de sus adversarios. Recordemos: a veces, la avaricia produce prodigalidad; a veces, el antisanchismo produce sanchismo; a veces, en fin, el patriotismo produce antipatriotismo.

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