En España, el debate generacional suele presentarse como un choque frontal: boomers frente a millennials, padres frente a hijos, jubilados frente a trabajadores, estabilidad frente a precariedad. Sin embargo, detrás de los datos y las comparaciones hay algo más complejo que una simple disputa por recursos. Las generaciones no son bloques enfrentados, sino trayectorias vitales moldeadas por contextos muy distintos. A menudo se olvida que los llamados boomers no solo crecieron en un país más accesible en términos de vivienda y empleo, porque prácticamente partían de la nada, también fueron protagonistas de algunas de las mayores movilizaciones políticas y sindicales de nuestra historia reciente, que ahora nos benefician a todos. Su bienestar actual no cayó del cielo. Se construyó en un contexto duro, con una dictadura en retirada, una Transición incierta y un mercado laboral creciente que exigía organización colectiva para conquistar derechos que hoy parecen darse por sentado.

Durante los años 70 y 80, cientos de miles de jóvenes llenaron fábricas, universidades y calles reclamando libertades políticas, mejoras salariales y condiciones laborales dignas. Las huelgas generales, la lucha por la negociación colectiva, la conquista de la jornada de 40 horas o la universalización de la sanidad y la educación pública fueron logros que nacieron de esa presión social. Aquella generación entendió que sin conflicto no hay avance, y que los derechos laborales no se heredan: se conquistan.

Los de los 90, por su parte, han llegado a la vida adulta en un país muy distinto: democrático, más moderno y conectado, pero también más caro, más competitivo, más individualista e incierto. La precariedad laboral, el precio de la vivienda y la dificultad para planificar el futuro han marcado su experiencia. No es falta de compromiso, como a veces se les achaca; es un escenario donde las herramientas tradicionales de movilización pesan menos y los problemas se fragmentan más.

Hoy, los millennials se encuentran con un escenario diferente. La vivienda es inaccesible, los salarios avanzan despacio y la precariedad laboral ha marcado su entrada en la vida adulta. Es comprensible que sientan que el ascensor social se ha parado y que el futuro es más incierto que el de sus padres. Pero eso no significa que los boomers quieran apropiarse de su riqueza o frenar su progreso. La mayoría desea exactamente lo contrario: que sus hijos vivan mejor que ellos, aunque el contexto sea más adverso.

Culpar a los que ahora entran en su edad de jubilación de los problemas que afrontan los jóvenes es una simplificación que distorsiona el debate público y desvía la atención de las verdaderas causas estructurales. Convertir a quienes ya han cumplido su vida laboral en chivos expiatorios ignora décadas de decisiones políticas, cambios económicos y transformaciones del mercado laboral que poco tienen que ver con la edad de quienes hoy cobran una pensión. Además, esa narrativa erosiona la cohesión social al enfrentar a generaciones que, en realidad, dependen unas de otras. El reto no pasa por señalar a los mayores, sino por analizar con rigor cómo se reparten los recursos, qué modelo productivo se sostiene y qué políticas públicas pueden garantizar un futuro más equitativo para todos.

La clave, por tanto, no está en enfrentar generaciones, como parece que es moda últimamente, sino en reconocer que cada una ha jugado con reglas distintas. Los boomers aprovecharon oportunidades que existieron en su tiempo; los millennials lidian con desafíos nuevos que requieren soluciones nuevas. Entender estas diferencias no para señalar culpables, sino para construir puentes, es el primer paso para un país donde la prosperidad no dependa del año en que naciste.

Quizá el verdadero reto no sea decidir quién lo tuvo más difícil, sino comprender que el progreso no es un patrimonio generacional, sino un proyecto común. Y que, si algo enseñaron las generaciones anteriores, es que los derechos solo se sostienen cuando alguien está dispuesto a defenderlos.

En un país que envejece y cambia rápido, la cooperación intergeneracional no es un gesto simbólico: es una necesidad. Y empieza por reconocer que cada generación hizo lo que pudo con las herramientas que tuvo, y que ninguna puede avanzar sin la otra.

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