Uno. Cumbre antisanchista

La presencia del presidente socialista de Castilla-La Mancha, Emiliano Garría-Page, no desentonaría en la cumbre antisocialista sobre financiación autonómica que los barones del PP celebrarán el próximo 18 de enero en Zaragoza, convocados por Alberto Núñez Feijóo. Y no porque Page sea de derechas como ellos, sino porque es tan antisanchista como pueda serlo cualquiera de ellos. De hecho, tras conocerse el acuerdo sobre el modelo de financiación autonómica alcanzado entre el Gobierno de España y su socio independentista Esquerra Republicana de Catalunya, el tono de la reacción del líder manchego ha sido más agrio y beligerante que, pongamos por caso, el del andaluz Juan Manuel Moreno Bonilla. 

Dos. Decibelios a tope

Aunque lo pactado finalmente entre Oriol Junqueras y Pedro Sánchez queda muy alejado de los altisonantes anuncios hechos por los independentistas un año atrás y que todas las derechas dieron por buenos, el rechazo a lo pactado no ha bajado sus decibelios. Ni el PP ni García-Page hablan ya del cupo catalán que daban por seguro hace un año, pero no por ello se han arrugado a la hora de disparar reproches que no pocas veces rozan la injuria. En todo caso, a cualquier observador imparcial le sería muy difícil adivinar quién ha dicho esto: “Antes de que avance un atropello de esta naturaleza a lo que somos como país, y que decidan los independentistas cómo se reparte la riqueza de España, –de esa España que ellos quieren romper–, antes que eso, prefiero que hablen los españoles”. ¿Son de Page o son de Moreno estas palabras? Podrían ser del segundo pero no, ocioso e improbable lector, son del primero.

Tres. Mi reino por una brocha

La posición de Page sugiere que el barón socialista comparte íntegramente la interpretación política y económica que el PP y la prensa de derechas hacen del futuro modelo de financiación autonómica; en Page no tienen eco alguno las mucho más benévolas o ponderadas interpretaciones que hace del modelo la prensa progresista. Entenderá, claro, el presidente manchego que la prensa de izquierdas está vendida al sanchismo, opinión que a su vez lo confirmaría como fiel lector de los medios conservadores. Lo que dice Page, además de adelantar a Moreno por el carril del antisanchismo, se parece bastante a lo que dice Junts pero al revés: para Puigdemont el nuevo modelo perpetúa el café para todos, con Madrid conservando la llave de la caja; para Page, en cambio, se inaugura una carrera hacia la desigualdad que favorece descaradamente a Cataluña y tiene como meta final la entrega a los separatistas de la llave de la caja. Brocha gorda patriótica en uno y otro caso. Mi reino por un caballo, clamaba el rey Ricardo; mi patria por una brocha, claman Page y Puigdemont.

Cuatro. Cuidado con los coqueteos

Moreno Bonilla es un político de derechas que aspira a parecer un poquito de izquierdas. A Emiliano García-Page le pasa lo mismo pero justo al revés: es un político de izquierdas que aspira a parecer un poquito de derechas. La diferencia que hay entre ambos podría ser esta: Moreno mantiene bajo férreo control sus coqueteos con la izquierda, mientras que en los de Paje con la derecha empiezan a aparecer peligrosas fugas. En ambos casos habría teóricamente un cierto riesgo de acabar cambiando de bando, pero la experiencia nos dice que el tránsito desde la derecha hasta la izquierda es muy excepcional, casi una extravagancia (Jorge Verstrynge), mientras que el viaje contrario, desde la izquierda hasta la derecha, es bastante común (Cebrián, Savater, Azúa, Trapiello…)

Cinco. La amenaza fantasma

Ambos, Moreno y Page, sueñan con repetir la mayoría absoluta de que disfrutan actualmente esquivando hábilmente los fantasmas que pueden ponerla en peligro: la amenaza fantasma de Moreno es Vox; la de Page, Sánchez. Page ha intuido que su Vox particular es Pedro Sánchez. Por eso ha decidido distanciarse de él aireando una y otra vez sus discrepancias en plácidas entrevistas concedidas a los medios conservadores de toda España. Simétricamente, Moreno ha intuido que su Sánchez particular es Vox, aunque procura no mostrarse excesivamente anti Vox porque sabe bien que muchos de sus votantes contemplan con simpatía los esperpentos que la brocha gorda de Abascal pinta en los castigados muros de España.

Seis. Francos sí, pero dentro de un orden

Paje presume de ser un político franco, un hombre cabal que dice las cosas críticas que dice de Pedro Sánchez tal como las siente. Moreno, por su parte, es hoy, con su mayoría absoluta, mucho más franco sobre Vox de lo que lo era en su primera legislatura, cuando dependía de ellos. Page es sincero sobre Sánchez pero se trata de una sinceridad rentable: esa circunstancia no hace peor a Page, pero ayuda a contextualizar el alcance, la consistencia, la durabilidad, diríamos, de su franqueza. Si mañana Page necesitara a Sumar para seguir siendo presidente y Sumar siguiera siendo el socio preferente de Sánchez, la franqueza de Paje se vería drásticamente mermada. Del mismo modo que en literatura no se puede ser sublime sin interrupción ni en la vida kantiano sin tregua, en política tampoco se puede ser franco a todas horas. Puede que ni siquiera el mismísimo Franco lo fuera.