En un ecosistema mediático fracturado, Alejandra Martínez se ha convertido en una de las voces más nítidas de Canal Red. Su reciente detención por parte del ejército israelí en la Flotilla de la Libertad y su confrontación directa con los agitadores de la ultraderecha en el Congreso la sitúan en el centro de una batalla que, según ella, va mucho más allá de lo periodístico: es una lucha por la supervivencia del espacio público.

 

Pregunta: ¿Dónde termina el periodismo y empieza el "escuadrismo" de personajes como Vito Quiles o Alvise Pérez?

Respuesta: La diferencia es ética y metodológica. El periodismo, aunque jamás es neutral porque todos tenemos una línea ideológica, se basa en no inventar bulos, contrastar fuentes y respetar la intimidad de las personas. Lo que vemos hoy con estos agitadores es "escuadrismo mediático": utilizan la cámara como un arma de acoso para expulsar a la izquierda del espacio público. No buscan informar, buscan que el coste personal de hacer política o comunicación crítica sea tan alto que prefieras quedarte en casa. Yo no voy a las casas de nadie a filtrar sus direcciones ni a acosar a sus familias; ellos sí.

P: ¿Cómo se gestiona el miedo cuando ese acoso salta de las redes a la calle?

R: El miedo es humano, pero la respuesta debe ser colectiva. Ellos juegan con la deshumanización; nos llaman "ratas" o "cucarachas" porque es el paso previo necesario para justificar cualquier agresión física. Si dejas de ser una persona para convertirte en una plaga, todo está permitido. La clave es no ceder. Como bien dices tú, Rubén, "el miedo está cambiando de bando" cuando empezamos a señalar quiénes son, quiénes les pagan y les llevamos ante los tribunales. El antifascismo hoy también pasa por ser una "mosca cojonera" mediática que no les deje pasar ni una sola mentira.

P: Has estado recientemente en una celda en Israel tras el asalto a la Flotilla de la Libertad. ¿Qué aprendiste allí sobre el papel de la prensa?

R: Que Gaza es el laboratorio de la extrema derecha global. Pasé cinco días detenida en una celda con otras trece mujeres, incluida Greta Thunberg, y lo que vi fue la impunidad total de un Estado que se sabe protegido por Occidente. Los periodistas palestinos son héroes; son el grupo de prensa más asesinado de la historia reciente porque son los únicos que rompen el bloqueo del relato. Nuestra labor en Europa no es "liberar" a nadie, sino presionar a nuestros gobiernos para que dejen de enviar armas y de financiar este genocidio televisado. La libertad de prensa muere cada vez que miramos hacia otro lado ante lo que ocurre en Palestina.

P: Se habla mucho de los agitadores, pero poco de quién pone el dinero detrás de esas estructuras.

R: Exacto, el ruido no es gratis. Tras los perfiles de redes y los pseudomedios hay grandes intereses económicos, grupos de inversión y empresas vinculadas a la sanidad privada o a la seguridad. Mencionamos nombres como Eulen o Ribera Salud porque son los beneficiarios de que el Estado se debilite. El discurso de "los nacionales primero" es una trampa para que el penúltimo se pegue con el último mientras las élites siguen saqueando lo público. La extrema derecha es el brazo armado mediático del rentismo y los grandes capitales que temen perder sus privilegios.

P: ¿Estamos perdiendo la soberanía también a través de la tecnología?

R: Absolutamente. Estamos entregando nuestros datos y la gestión de servicios críticos a empresas como Palantir, de tecnofascistas de Silicon Valley. Si la policía o la sanidad de un país dependen de un software extranjero que no controlamos, la soberanía nacional es un chiste. Debemos ocupar espacios como TikTok para dar la batalla cultural, como dice Gabriel Rufián, pero sin olvidar la formación profunda. No podemos combatir algoritmos de odio solo con eslóganes; necesitamos pedagogía, memoria histórica y, sobre todo, organización popular frente al neocolonialismo tecnológico.