Uno. Los usos 

El patriotismo es un fenómeno de naturaleza esencialmente emocional y, por tanto, de fácil –si es que no de inevitable– instrumentalización. Se presta igual para un roto que para un descosido: vale para justificar conquistas, promover guerras, dividir territorios, derrocar gobiernos, corromper jueces, perseguir adversarios, falsear procesos, inventar delitos, señalar herejes, hundir reputaciones, conculcar leyes, vaciar derechos… Su vara de medir preferida es de orden estético, pues lo que el patriotismo pretende medir es La Grandeza, ente puramente metafísico en cuyo tenebroso altar los buenos patriotas están dispuestos a sacrificar cuanto se les ponga por delante: afganos, iraquíes, palestinos, rojos, ateos, herejes, parlamentos, legislaciones, democracias… y llegado el caso, perros, o al menos cierto Perro

Dos. Los ropajes

El patriotismo ha adoptado históricamente las más diversas formas, apariencias y ropajes: imperialismo, colonialismo, catolicismo, fascismo, franquismo… Su versión más reciente y exitosa entre nosotros, y quizá también más desacomplejada, es el antisanchismo: todo vale si es por la noble causa de salvar a España de Pedro Sánchez. No es que los patriotas de toda la vida hayan dejado de serlo, es que su forma de serlo hoy es el encono sostenido e inmarcesible contra el socialista Sánchez: ellos dicen que su odio a Sánchez es por ser Sánchez, no por ser socialista, pero se diría que más bien es al revés si se mira con un poco de atención la hoja de servicios antiizquierdistas prestados por el patriotismo español durante los mandatos de Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero. La novedad del patriotismo antisanchista es, si acaso, su falta total de mesura, su propensión a la histeria, además de su determinación de incorporar la justicia a su arsenal armamentístico

Tres. Los objetivos

¿Que hay que construir casos judiciales para empapelar a familiares del presidente? ¡Pues se construyen porque así lo requiere el buen nombre de la patria tantas veces vilipendiada por el Perro! ¿Que hay que burlar una ley aprobada por el Parlamento? ¡Pues se burla, aunque los burladores hayan de ser los propios jueces obligados a respetarla y aplicarla! ¿Que hay que acelerar un proceso judicial porque así se erosiona al Gobierno? ¡Pues se acelera! ¿Que hay que proteger a un defraudador confeso porque es el novio de una enemiga declarada de Sánchez? ¡Pues se le protege! ¿Que hay que banalizar la detención de un soldado español por militares extranjeros? ¡Pues se banaliza! ¿Que hay que disculpar a un genocida porque Sánchez ha señalado sus crímenes? ¡Pues se le disculpa! ¿Que hay que justificar la agresión ilegal a un país? ¡Pues se justifica porque para eso Sánchez la condena!  

Cuatro. Los canallas

El patriotismo nunca pregunta cuánta democracia destruye. El patriotismo no pregunta cuánto dolor causa sino cuánto contribuye ese dolor, que siempre suele ser el dolor de los otros, a engrandecer a la patria. En su actual formulación antisanchista el patriotismo ya no busca, como en el pasado, causas mayores que él mismo: no quiere empoderar a la patria, le basta con mandar sobre ella para poder recomponerla de una maldita vez a su imagen y semejanza, aunque sea a base de hostias. Dijo Samuel Johnson que el patriotismo era el último refugio de los canallas, pero eso sería en la pérfida Albión; aquí, en España, es más bien el primer refugio de los fachas.