Mal día para dejar de fumar, debió decirse Pedro Sánchez el pasado jueves 27, cuando 1) el Congreso enterraba, con los votos de PP, Vox y Junts, toda esperanza de aprobar esos nuevos Presupuestos Generales del Estado que darían al Gobierno el oxígeno político que necesita para seguir respirando hasta 2027 y 2) el exesposo, examante, expichabrava, exministro, ex número tres del PSOE y ex mano derecha del presidente pero no exdiputado José Luis Ábalos entraba en prisión.

Al sentido común no le resulta fácil cuadrar el “riesgo extremo de fuga” certificado por el juez con el hecho de que el hoy interno de Soto del Real no hubiera decidido fugarse pese a constatar desde hace meses cómo se iban acumulando los indicios delictivos reunidos contra él por los investigadores. Se diría que el juez del Tribunal Supremo Leopoldo Puente sabe más de Ábalos que el propio Ábalos de sí mismo. Por supuesto, si el juez no hubiera dictado prisión y luego Ábalos se hubiera escapado, las derechas unánimes culparían de su fuga a Pedro Sánchez. De su fuga o de su asesinato clandestino, como culparon en su día a Felipe González de la fuga de Luis Roldán.

Roldán ya no está en este mundo y Felipe lo está pero solo en cuerpo, no en espíritu, mientras que los Pedrojota y los Losantos que entonces lo acusaron de la desaparición del director de la Guardia Civil no solo siguen íntegros entre nosotros sino que no tienen empacho en homenajear ahora a quien treinta años atrás injuriaban con fruición. Una de las singularidades que tiene ser Pedro Sánchez, y en eso se parece a González y también a Aznar, es que demasiada gente tiende a considerarlo mucho más listo y muchísimo más malvado de lo que seguramente es: algo, por cierto, que a los hombres que aman el poder, lejos de molestarles, más bien les halaga.

Tiburones en aguas peninsulares

En las películas norteamericanas, cuando el héroe está rodeado por los malos y a punto de sucumbir siempre acaba sucediendo el milagro que lo salva: un arma secreta, una fuerza insospechada, un aliado inverosímil… En el cine europeo, en cambio, cuando el héroe está rodeado eso significa que tiene las horas contadas. Pedro Sánchez es hoy ese héroe: falta saber si protagoniza una candorosa película americana o una sombría cinta europea. La biografía de nuestro hombre sugiere que la primera, pero la realidad política apunta a la segunda.

Sanchez es hoy una península: un hombre rodeado de enemigos por todas partes menos por una; salvo la delgada lengua de tierra que forman el PSOE y Sumar uniéndole con tierra firme, el resto de su perímetro son profundas y turbulentas aguas infestadas de tiburones: Koldo, Ábalos, Cerdán, Leire, Aldama, Puigdemont, Peinado, Marchena, Arrieta, Abascal, Feijóo, Losantos, Pedrojota…

Ferraz intenta apartar de sí el amargo cáliz de dar por concluido el mandato salido del 23-J, pero el maldito cáliz sigue ahí, y no tanto por los Cerdán y los Abascales, que también, como porque tiene las manos atadas desde que Junts le retiró su apoyo parlamentario. Esta segunda mitad de la legislatura sanchista empieza a parecerse peligrosamente al lustro infernal padecido en los primeros 90 por el PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra, cuando los casos de corrupción, los policías delatores del caso GAL, la pinza de la derecha de Aznar con la izquierda de Anguita y la decisión de Jordi Puol de retirar su apoyo parlamentario al PSOE abrieron una sima abismal entre el gobierno de Felipe y el Partido de Alfonso; tuvo lugar una cruenta batalla interna cuyos bandos era conocidos como guerristas unos y renovadores (léase felipistas) los otros. Una encarnizada batalla interna como aquella sería inimaginable en el PSOE actual, donde Pedro Sánchez aúna en su persona la figura de González y la figura de Guerra, dos por el precio de uno: Pedro es al mismo tiempo Felipe y Alfonso, es el gobierno y es también el partido. Hoy no puede haber nada parecido a felipistas contra guerristas, pues sería una contradicción en sus propios términos hablar de pedristas contra sanchistas.

Jugando a ser Dios

Solo un día después de ese jueves azul oscuro casi negro del presidente, el líder del PP Alberto Núñez Feijóo, que también tuvo el infeliz su particular domingo negro en aquel aciago 23 julio de 2023 en que ganó pero no ganó, viajaba a Barcelona para intentar convencer al presidente de la patronal catalana, Josep Sánchez-Llibre, de que convenza al huido Carles Puigdemont de que a su vez convenza a su partido de que este a su vez convenza a sus votantes de la conveniencia de sumarse a la moción de censura anhelada por el PP para sacar a palos a 'Perro Sanchez' de la perrera del Congreso donde el muy cobarde lleva escondiéndose desde que le robó las elecciones al pobre Feijóo. 

No hará tal cosa Junts, aunque a su líder le apetezca no poco. Dejar poco a poco a Sánchez sin oxígeno es más satisfactorio y mucho menos problemático que cortar su cabeza de un tajo. Puigdemont juega a ser Dios: aprieta pero no ahoga. Al expresidente huido le sucede un poco con Sánchez lo que le sucedía al rey Juan Carlos con Adolfo Suárez en los prolegómenos del 23-F, según el autorizado relato de Javier Cercas en ‘Anatomía de un instante’: ha decidido putearlo porque no le hace bastante caso, pero no quiere sumarse a un golpe de Estado en forma de moción de censura.