Víctor del Árbol (Barcelona, 1968) cierra su trilogía del sicario sin nombre con ‘Las buenas intenciones’ (Destino), un adiós que va más allá de su personaje ya que nos anuncia que deja aparcado, al menos durante una temporada, el género negro para explorar otros universos narrativos. Entrevistado por ElPlural, el autor reflexiona sobre el poder de las palabras: “La literatura hace justicia poética”, afirma, convencido de que la ficción puede adelantarse a la justicia y dar voz a quienes han sido silenciados. Lo hizo denunciando, en la segunda parte de la trilogía, ‘El tiempo de las fieras’ (2024), los safaris humanos durante el asedio a Sarajevo, en la Guerra de Bosnia, mucho antes de que la Fiscalía de Milán abriera una investigación al respecto el pasado mes de noviembre, más de 30 años después de los hechos.

Cree que en estos tiempos de “dogmas”, la literatura es más necesaria que nunca frente a la demagogia, el miedo, la propaganda y el fascismo. “Tú eres la nota discordante en un mundo en el que todos quieren correr, saltando de un discurso al siguiente, de una pelea a la siguiente, de un caso de corrupción a otro... Y tú estás ahí, en medio de esa vorágine y dices: ‘¡Eh! Para, demuestra que eso que has dicho no es mentira, demuestra que eres un demócrata de verdad o que esos miedos que estás insuflando en la sociedad son reales’. Y ahí se caen todos los discursos”, argumenta.

No hay nada más poderoso que la palabra, ni siquiera la realidad

Frente al ruido informativo, reivindica la pausa: “No hay nada más poderoso que la palabra, ni siquiera la realidad”. De ahí esa lucha por el relato, alerta, ya que “quien controla el relato, crea la realidad”.

Víctor del Árbol se nutre de esa realidad cambiante parando su mirada en las historias humanas que fluyen bajo las noticias. No le interesan las “polémicas estúpidas” ni lo anecdótico, asegura, pero reconoce que sus novelas sí son políticas porque hablan de ética, que no moral. “La ética carece de ideología, son los valores comunes que decidimos adoptar para vivir en paz entre nosotros. Ahí cabe todo: la derecha y la izquierda”, afirma.

Entrevista Víctor del Árbol: "La literatura hace justicia poética"

 

P.- El pasado mes de noviembre, la Fiscalía de Milán abrió una investigación por los safaris humanos ocurridos durante el asedio de Sarajevo en la guerra de Bosnia (1992-1996). Muchos fuimos los que nos enteramos de esos terribles crímenes entonces, más de 30 años después de suceder, pero tú ya lo habías recogido dos años antes, en ‘El tiempo de las fieras’, la segunda parte de esta trilogía.

R.- En todas mis novelas busco un punto de anclaje con la realidad, pero la realidad tiene un problema, que es la actualidad, nos bombardean con tantos ítems que no hay tiempo de procesarla. Lo que hoy es noticia, mañana no lo es porque hay una noticia nueva. La gente pasa muy por encima de las cosas, pero los escritores, o por lo menos yo, me fijo en los detalles, en aquello que hay detrás de la noticia, en la historia humana que fluye bajo las noticias.

P.- Humana o completamente inhumana.
R.- Siempre es humana. Los humanos somos capaces de lo peor. Esta noticia ya se sabía, salió publicada en los años 90 y se hizo un documental.

P.- Sí, pero no nos acordábamos.
R.- Recuerdo haber leído un artículo, en aquella época yo era policía y tenía colegas que estaban en la UNPROFOR (Fuerza de Protección de las Naciones Unidas), allí, en la antigua Yugoslavia, por lo que fuera, me quedé con ese detalle y seguí la historia. A veces parece que los escritores seamos visionarios, pero lo que pasa es que tenemos tiempo para la pausa o deberíamos tenerlo.

La literatura se anticipa a la justicia antes que la ley dando voz a estas víctimas

P.- Debería ser para todos igual, vivimos demasiado deprisa y hemos dejado de sorprendernos de las cosas más terribles.
R.- A mí me avisó un par de días antes un amigo periodista de ‘La Repubblica’ y tuve una sensación ambigua. Por un lado, felicidad, porque con mis novelas quiero dar voz a este tipo de víctimas. Cuando la gente no quiere creer algo, se empeña en creer que es fruto de la mente del autor. Y lo que es fruto de la mente del autor es la ficción de eso, pero no el hecho concreto. Pienso que la literatura hace justicia poética, es decir, se anticipa a la justicia antes que la ley dando voz a estas víctimas.

¿Qué me parecía triste de todo esto? El hecho mismo y que la mayoría de esas personas ya no están para poder ver que se hace justicia y para que los responsables la sufran. La literatura obliga a que no pasemos página.

Vivimos de los dogmas (...) Y la verdad nunca puede verse así, está despolitizada y no tiene nada que ver con la ideología

P.- ¿Te preocupa la polarización de la sociedad, que mira los acontecimientos según un modelo de pensamiento único?
R.- Vivimos de los dogmas. Un dogma es una elección y tú la sigues a rajatabla, es como la fe. Cualquier cosa que altera tu seguridad o tu certeza te ofende y lo vives como un ataque. En realidad, la verdad nunca puede verse así, está despolitizada y no tiene nada que ver con la ideología.

Yo no hago novelas políticas en el sentido de que no soy una persona a la que le gusten las polémicas estúpidas ni las discusiones de patio de colegio. No me interesa lo anecdótico. Pero son políticas en el sentido de que cuando eliges hablar de ciertos temas, estás hablando de ética, de cómo funcionan nuestros valores como sociedad, de si esto está bien o esto está mal, de dónde ponemos el límite de nuestra libertad... Y eso no es ni de derechas ni de izquierdas. Es ética, no moral, y carece de ideología, son los valores comunes que decidimos adoptar para vivir en paz entre nosotros. Ahí cabe todo: la derecha y la izquierda. Lo que no cabe es la demagogia, el miedo, la propaganda y el fascismo.

Lo que me interesa es la escritura porque te da la pausa que no tienen los políticos, los periodistas o los historiadores

P.- ¿Qué es lo que te interesa de la realidad como escritor?
R.- No me interesa la denuncia pública grandilocuente y altisonante. Lo que me interesa es la escritura porque te da la pausa que no tienen los políticos, los periodistas o los historiadores. La gente que vive en el día a día se tiene que ceñir a los hechos que, además, son cambiantes. En cambio, el escritor se queda con los detalles. Siempre busco el matiz humano, una historia detrás de los acontecimientos. De lo contrario, se convertiría en dogmático, ideológico, propaganda. La literatura debe ser cualquier cosa excepto propaganda.

P.- A veces no es fácil mantener la distancia.
R.- Hay que pensar. Tenemos una herramienta muy poderosa y precisamente ahora, en el año 2026, nuestro trabajo me parece más necesario que nunca. ¿Por qué? Tú eres la nota discordante en un mundo en el que todos quieren correr, saltando de un discurso al siguiente, de una pelea a la siguiente, de un caso de corrupción a otro... Y tú estás ahí, en medio de esa vorágine y dices: ‘¡Eh! Para, demuestra que eso que has dicho no es mentira, demuestra que eres un demócrata de verdad o que esos miedos que estás insuflando en la sociedad son reales’. Y ahí se caen todos los discursos.

P.- ¿Eso lo practicas en tu entorno?
R.- Bueno, yo tengo un entorno muy sano en ese sentido. Sabemos que hay sensibilidades de todo tipo y precisamente por eso es sano. Me rodeo de buenas personas, que se pueden equivocar, pero si lo hacen, lo hacen con decencia, no con malicia.

Yo acepto el error, acepto la discrepancia, acepto la duda, pero no tolero la falta de honestidad.

No hablo de mis personajes en pasado, sigo conviviendo con ellos

P.- ¿Cuesta despedirse de unos personajes que te han acompañado tanto tiempo?
R.- Ha sido lo más difícil. Normalmente cuando acabo una novela, cierro ese universo y paso al siguiente, pero en este caso no es así y he estado pensando en ellos durante muchos años. He tenido que hacer el esfuerzo de conocerlos mejor e ir quitándoles capas. Creo que he creado un personaje paradigmático que es el sicario sin nombre y me ha costado mucho, pero no voy a repetir.

Pero yo no hablo de mis personajes en pasado, sigo conviviendo con ellos. Me pasa, por ejemplo, con los personajes de ‘La tristeza del samurai’, o con los de ‘Un millón de gotas’. Yo no escribo y olvido, yo escribo y recuerdo siempre. Porque son parte de mí, cada personaje que he construido y cada historia que he contado a mí me han enseñado algo también.

P.- ¿Es un recuerdo grato o nostálgico?
R.- No soy una persona nostálgica para nada. Ellos son parte de un camino. Si me preguntases si escribiría de la misma manera ahora al personaje de Isabel Mola, de ‘La tristeza del samurai’, o cualquier otro te diría que no. Ha pasado casi 20 años, pero cuando lo releo los reconozco como míos y eso es lo más importante. Son como un hijo que se marchó de casa y vuelve por Navidad. No los he echado de menos porque se quedan conmigo, no se van nunca.

Tengo una querencia particular por los perdedores, por la gente que se queda al margen de los grandes acontecimientos de la historia y que, sin embargo, son imprescindibles

P.- Tus personajes evolucionan, crecen y sorprenden, pero todos presentan un cierto poso de soledad y tristeza.
R.- Tengo una querencia particular por los perdedores, por la gente que se queda al margen de los grandes acontecimientos de la historia y que, sin embargo, son imprescindibles. Me gustan mucho los personajes de esta trilogía, el sicario, Clara Fité, Virginia Ortiz, Soria... Porque todos ellos buscan un propósito, incluso el sicario, que dice: ‘No creo en nada, yo no tengo más propósito que el de sobrevivir y seguir haciendo lo que lo que hago’. Miente.

P.- ¿Qué es lo que más te gusta de tus personajes?
R.- Todos están inundados de emociones y eso es lo que nos define como seres humanos. Lo que más me enamora de estos personajes es cómo lidian con sus mentiras, sus autoengaños, sus máscaras, sus buenas intenciones y sus derrotas. Gestionar el éxito en la vida es muy fácil, pero gestionar la derrota es más complicado. Sobre todo, la derrota personal, cuando descubres que no eres incorruptible o que no eres buena persona, como pensabas. Eso me provoca ternura, porque es una tragedia, la misma de la que ya hablaban los clásicos griegos: enfrentarnos a la perfección, descubrir que somos imperfectos, jodernos y seguir adelante porque no podemos hacer otra cosa. Por eso les tengo tanto cariño.

La literatura es hipérbole de la realidad

P.- Son personajes que viven al límite, muy alejados de, digamos, la normalidad entre comillas, que siempre es muy relativa. Sin embargo, cualquiera puede sentirse interpelado por ellos, constituyen una manera de mirarnos a nosotros mismos.
R.- La literatura es hipérbole de la realidad. No quiero contar historias de la normalidad, yo llevo a los personajes a situaciones extremas para hacer esa hipérbole y reflexionar sobre otras cosas. Claro que te puedes sentir interpelado, no necesitas ir a una guerra para preguntarte qué es perder un hijo en un bombardeo. No necesitas ser un mexicano en Nueva York o en Minnesota para imaginar el terror de vivir hoy en día en Estados Unidos. Ni necesitas ser una mujer en Afganistán para sentir la frustración y el miedo de la invisibilidad. Me sirven para decirte: ‘Oye, yo te cuento una historia exagerada, pero fíjate que lo que estoy sintiendo es lo que tú sientes también’. Si el personaje es bueno, esa empatía se produce.

No hay nada más poderoso que la palabra, ni siquiera la realidad, que depende de quien la cuente

P.- Es una frase muy manida, la verdad, pero ¿crees que la realidad supera la ficción?
R.- No. La ficción siempre puede superar a la realidad. Imagínate el poder que tiene la literatura: puede inventar o argumentar lo que sea, lo mejor y lo peor. No hay nada más poderoso que la palabra, ni siquiera la realidad, que depende de quien la cuente. La palabra se apropia de la realidad y quien controla el relato, crea la realidad.

La literatura puede ser tan buena como mala, tan perjudicial como beneficiosa. Y los escritores también

P.- También a través de la literatura se puede controlar la realidad.
R.- Absolutamente. La literatura puede ser tan buena como mala, tan perjudicial como beneficiosa. Y los escritores también.

P.- ‘Las buenas intenciones’ ponen punto y final a la trilogía del sicario, pero también es un fin de etapa como escritor ya que incluso pones un punto y aparte al género negro.
R.- No sé si será un punto y final, pero sí un punto largo. Me apetece explorar otros territorios y la libertad que proporciona dejar el corsé de la estructura. En este tipo de novelas, más si es una trilogía, tiene que ser coherente y, por tanto, condiciona tu libertad narrativa. A mí lo que me encanta es narrar, o sea, jugar con el lenguaje. Y ahora me apetece ir hacia un territorio que dé más peso a la palabra y menos a la estructura. No va a ser un cambio brusco, será paulatino.

P.- ¿Cómo es tu proceso creativo? En este caso, cuando escribiste el primer libro de la trilogía, ‘Nadie en esta tierra’, tenías ya claro cómo iban a evolucionar los personajes.
R.- Para mí el sicario es el personaje más importante. Partiendo de esta premisa, quería crear un arquetipo, es decir, un personaje reconocible de la novela negra, un poco como hizo Humberto Eco con ‘El nombre de la rosa’, con Guillermo de Baskerville, para demostrar cómo se puede desmontar el arquetipo y llevarlo a otro territorio. Empecé con un asesino, un profesional mexicano, al que todo el mundo puede reconocer y de ahí me propuse llevar al lector de la mano de este personaje hacia lo humano, convertirlo en alguien real para él. Para eso necesitaba tiempo, un arco temporal largo. Piensa que desde la primera novela a la segunda pasan como entre 5 y 8 años y en ese tiempo una persona cambia mucho.

En cada historia hay alguien que lo cuestiona, pero al mismo tiempo es como el yin y el yang, que son contrarios, pero lo mismo. En ‘Nadie en esta tierra’ utilicé el personaje de Julián Leal; en ‘El tiempo de las fieras’ al subinspector Soria, que es un personaje que me encanta; y en esta ocasión, a Clara Fité. Tenía claro el final y cómo los personajes irían evolucionando cada uno hacia su naturaleza, hacia lo que son de verdad.

El sicario tenía que reconocer al final su derrota, y su derrota es que él, a pesar del arquetipo inicial, tiene emociones, que son precisamente su talón de Aquiles. La derrota, al final, lo humaniza.

P.- ¿Qué le recomendarías a un lector que llega por primera vez a la trilogía del sicario? ¿Es necesario leerlas en orden?
R.- Que la lea sin pensar en que hay otras atrás. Se puede leer de atrás hacia delante. ‘Las buenas intenciones’ es tan potente, que se lee por sí misma, se devora. Y cuando el lector la acabe, si no sabe de dónde vienen los personajes, indefectiblemente va a querer leer el resto.

Para el que viene de atrás es muy enriquecedor porque ya conoce. Pero para el que empieza de cero, creo que es todavía más enriquecedor porque es un descubrimiento.

P.- Has pasado por el seminario, viviste en el barrio de Torre Baró de Barcelona, el de la película ‘El 47’, ¿la has visto?
R.- Sí claro, la he visto y la he contado en ‘El hijo del padre’, porque yo también cuento esa misma historia. Yo tenía 10 años y me acuerdo perfectamente de todo. A los que somos charnegos, nos hace justicia poética.

P.- ¿Todas esas vivencias te han convertido en el escritor que eres?
R.- Tengo ya 57 años y empecé a vivir muy joven. Todo lo que tú eres, lo que te pasa, cómo lo sientes, cómo lo procesas y cómo lo experimentas, evidentemente te convierte en el tipo de escritor que eres, igual que te condicionan las lecturas, los afectos de la infancia, los paisajes, las impresiones emocionales. Un escritor al final es un puñado de vidas que se traducen en palabras.

P..- ¿Siempre tuviste claro que querías ser escritor?
R.- Desde niño, la escritura me ha acompañado siempre, en el seminario, en la radio, cuando viajé por el mundo, cuando fui policía... El hilo conductor de mi vida siempre ha sido la escritura, perdona, la lectura.

Yo llego a la escritura por la lectura, no al revés, que es lo que sucede ahora, que la gente llega a la escritura por condiciones de todo tipo. A la escritura de verdad se llega por amor a la lectura.

P.- ¿Qué libros te han marcado?
R.- Muchos. Te puedo hablar, por ejemplo, que hagan referencia a ‘Las buenas intenciones’, ‘El extranjero’, de Albert Camus, ‘San Manuel, bueno y mártir’, de Miguel de Unamuno, ‘El camino’ de Delibes, ‘Últimas tardes con Teresa’ de Juan Marsé, ‘La biblioteca infinita’ de Borges, ‘Rayuela’ de Cortázar... Siempre he sido un lector muy ecléctico. Me gusta mucho la literatura del siglo XIX, la literatura rusa, soy un supermega fan de Tolstoy y Dostoyevski y eso se nota en mis novelas. En ellas hay menos referentes de escritores de novela negra que de escritores de literatura.