El verano es época propicia para que artistas de todo tipo hagan las maletas y se echen a la carretera para llevar sus obras a quienes no pueden verlas. Orquestas, cantantes y compañías de teatro se recorren la geografía nacional -o internacional- en busca de público. Ya sabemos eso de que, si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña.
Lo que en otros tiempos no me hubiera podido imaginar, es que la xenofobia y la intolerancia del llamado supremacismo se fueran de gira. Pero, lamentablemente, es así. La organización “Save Europa Act” -traducido ley para salva Europa, ahí es nada- está recorriendo diferentes ciudades europeas organizando manifestaciones y actos en los que se defiende a ultranza la remigración, esto es, la repatriación de las personas de origen extranjero a sus países de origen, por supuesto, siempre que no sean de piel blanca.
La primera escala de esta espantosa gira en nuestra Península ha tenido lugar en Barcelona la pasada semana y, por suerte, la afluencia de público no fue precisamente masiva. Al acto, según recogen los medios de comunicación, acudieron aproximadamente, un centenar de personas, o incluso menos. Muy pocas, cierto, pero muchas más de las que deberían.
Frente a ellas, unas 400 personas daban la cara para expresar su rechazo. Demasiado pocas para lo que se merecen.
Pero, sea como sea, ahí están. Con miles de seguidores que defienden una Europa de fronteras cerradas y menes aún más cerradas. Una Europa supremacista que propugna una identidad supuestamente propia exenta de cualquier rasgo de multiculturalidad y, por descontado, con un único color de piel, el blanco.
No hay que ser muy perspicaz para percatarse de la similitud entre ese supremacismo y las teorías nazis sobre la superioridad de la raza aria que sembraron de horror y muerte la Europa de la Segunda Guerra Mundial. Y, a pesar del fracaso de la concentración de Barcelona, la gira sigue, y el racismo también. Y no solo en Europa. La América de Trump sustenta muchas de esas teorías, empeñado en borrar de sus dominios -se comporta como si el país le perteneciera- a todo aquel que no entre dentro de su estrecho patrón.
No sé cuál será el siguiente paso de esta espantosa gira. Tampoco sé cuál será el seguimiento, pero de lo que no tengo ninguna duda es del peligro de la extensión de estos movimientos, de los que encontramos muestras allá donde miremos.
Como dijo en su día Martin Luther King “Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos” Unas palabras, pronunciadas hace más de medio siglo que hoy siguen igual de vigentes. Qué lejos sigue estando aquel sueño que un dia tuvo.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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