Decía Sócrates que la educación no es el llenado de un recipiente, sino el encendido de una llama. Es decir, aprender no es llenar un espacio, es llegar a las chispas de la comprensión. Esta visión es la opuesta al modelo tradicional, que enfatiza la transmisión de conocimientos sin requerir siquiera ser entendidos o asimilados, como si se llenara un recipiente vacío; el modelo socrático, recuperado por grandes pedagogos como Paulo Freire o María Montessori, defiende todo lo contrario, estimular el pensamiento crítico, la curiosidad para descubrir las claves que nos llevan a entender el mundo.

Hablo de ello porque, hace algunos años, “descubrí” una de esas claves que me llevaron a entender el motivo profundo tras esa falta de consideración, de empatía, de compasión hacia otros seres que han evolucionado de forma distinta a nosotros; esos que llamamos “animales”. Sólo para empezar, en las especies no humanas no existe la crueldad, ni el narcisismo, ni la maldad extrema. Los carnívoros matan a sus presas, si no tienen otro alimento, por imperativo de su biología, pero jamás por crueldad, y mucho menos por diversión. 

Desde muy niña, porque crecí entre perros, gatos y caballos, para mí era lo natural percibir a cada individuo de otra especie como mi “prójimo”, es decir, como “mi próximo”, porque formaban parte de mi vida. Y percibía muy bien que cada animal, cada perro, cada gato, tienen su propio carácter, su propia sensibilidad y su propia manera de ser. Y me sentía con ellos muy bien. Quizás nos sentimos muy bien al lado de los animales por esa maravillosa honestidad emocional de la que carecen buena parte de las personas.

Muy pronto entendí que existe una distorsión inmensa en la manera en la que nos enseñan lo que es un animal respecto de lo que los animales son de verdad. Y las consecuencias de esa enorme distorsión planificada son muy diversas y muy negativas para el mundo, para las personas y para la vida de este maravilloso y maltrecho planeta. Esa distorsión proviene de la ideología que nos inoculan desde la religión desde antes de que seamos capaces de cuestionarnos nada; “dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y después creó a la naturaleza y a los animales para uso y disfrute del hombre”. 

Ese es el quid de la cuestión; ese antropocentrismo falso nos lleva a distorsionar la visión y el papel del ser humano en el mundo, a legitimar el uso de los recursos naturales como mercancía para que algunos hagan dinero, y, quizás lo peor, a despojar a los animales no humanos de la más mínima consideración moral; sin tener la consciencia, porque nos la roban, de que los humanos no somos superiores al resto de especies. Todos somos, simplemente, diferentes, incluso los de la misma especie. De hecho, sin un pequeño insecto polinizador como la abeja, el mundo se acabaría, mientras que la humana es la única especie que está destruyendo el planeta, y a pasos agigantados. Convendría, por tanto, que, como especie, nos bajemos de ese absurdo pedestal autoasignado.

Fue leyendo al filósofo colombiano Fernando Vallejo que conseguí esa clave que sabía que existía, aunque nadie la piense ni la verbalice, en referencia a cómo, cuándo y por qué el ser humano se sumió en ese narcisismo espantoso que nos aleja del respeto a la naturaleza, y nos lleva a sentirnos superiores al resto de seres vivos; y no sólo a creernos superiores a las otras especies, sino a otras razas, o a otras culturas, o a cualquiera que no pertenezca a nuestro clan. Vallejo aclara muy bien en sus libros que fue el cristianismo el que ha propagado desde sus inicios el desprecio a los animales, cosificándolos y despojándoles de todo derecho, incluso el derecho a la compasión.

El gran Shopenhauer, uno de los más grandes filósofos de la historia, también lo dejó muy claro cuando afirmó que “la moral cristiana ha limitado sus prescripciones exclusivamente a los hombres, y ha dejado a los animales sin derechos. Sólo hay que ver cómo la plebe cristiana se comporta con los animales, cómo disfruta matándolos, cómo los mutila, cómo los martiriza. Y muchos siglos atrás, el filósofo griego Celso, en su Discurso Verdadero contra los cristianos (170 d.c.) decía que “es preciso rechazar esa idea absurda de que el mundo ha sido hecho para el hombre; no fue hecho para el hombre más que para el león, el águila o el delfín”.

No es de extrañar, por tanto, que sigan las derechas y ultraderechas esa misma línea de pensamiento especista y antropocéntrico (el hombre es el centro de la “creación”); ni que uno de los diputados de Vox en la Comunidad Valenciana, el candidato a la alcaldía de Valencia, haya afirmado en el Congreso ideas tan retrógradas y tan mezquinas como que “los animales son cosas, no pueden tener los mismos derechos que las personas”. Más claro, el agua. No se trata de eso, se trata de simplemente dedicarles un mínimo de respeto. No es falta de sensibilidad ni de conocimiento, que también, sino es, sobre todo, interés en cosificar a los animales como mercancía que siga enriqueciendo a las élites con la agonía de muchos seres vivos; mientras destruyen la naturaleza y a sus criaturas. Como enseña el cristianismo. 

 

Coral Bravo es Doctora en Filología

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