Pasaba por ahí, leyendo un titular más sobre VERI*FACTU, cuando me di cuenta de que, en las últimas semanas, hemos vivido uno de esos episodios que ponen a prueba no tanto nuestros conocimientos técnicos como nuestra serenidad. Hablar de sistemas informáticos, plazos de entrada en vigor y consultas vinculantes ha generado más ruido del que a veces parece razonable, y sin embargo es en esos momentos donde más necesario es mantener la calma y, sobre todo, la claridad.
Muchos compañeros nos han trasladado dudas, inquietudes e incluso cierta incomodidad por las interpretaciones que circulaban por ahí: que todo era obligatorio ya, que nadie podría seguir facturando sin software certificado, que Excel o Word quedaban prácticamente prohibidos. Y, entre esas voces, había quienes veían nuestra postura —prudente, fundada en los documentos oficiales— casi como una rareza. Incluso se llegó a decir que estábamos “generando incertidumbre”.
La realidad habla por sí misma: autónomos y pymes podrán seguir facturando con Excel y/o Word cuando no haya procesamiento ni conservación sistemática de datos
La realidad, sin embargo, ha decidido hablar por sí misma. La publicación en algunos medios de comunicación de informaciones explicando que los autónomos y pequeñas empresas podrán seguir facturando con Excel y/o Word cuando no haya procesamiento ni conservación sistemática de datos, se confirma que el criterio que habíamos defendido no solo era sensato: era correcto. No porque lo dijéramos nosotros, sino porque era lo que ya recogían la norma y la interpretación de la propia AEAT.
Y, aun así, este no es un “te lo dije”. No es una victoria ni un ajuste de cuentas. Es, más bien, una reflexión sobre cómo debemos abordar estas cuestiones como colectivo. Los gestores administrativos tenemos un papel que va más allá de la técnica: somos un punto de referencia para miles de autónomos y empresas que necesitan certezas, no alarmas. Nuestro trabajo exige prudencia, rigor y, sobre todo, honestidad.
Por eso resulta importante recordar que ni las prisas de algunas personas por vender soluciones, ni el entusiasmo de otras por convertir cualquier novedad en una urgencia, deberían condicionar nuestra interpretación. No se trata de sectores, sino de comportamientos individuales que, a veces, empujan a acelerar discursos que la norma no exige. Nuestra responsabilidad es otra: contar las cosas tal como son, sin atajos ni dramatismos, y después aconsejar con serenidad y honestidad.
Porque acompañar no es agitar. Y orientar no es empujar.
En estos días hemos visto posiciones muy distintas: algunas personas reclamando retrasos, otras promoviendo aceleraciones. Y nosotros, los Gestores Administrativos, en medio, leyendo las consultas vinculantes, comparando textos legales, respondiendo preguntas de los medios y repitiendo, una y otra vez, lo que decía la Administración. Tal vez eso no encaje con todos los intereses, pero es lo que corresponde hacer.
Y si a veces eso convierte al mensajero en el centro del debate, conviene recordar algo sencillo: no se trata del mensajero, sino del mensaje. Y cuando el mensaje es veraz, la calma termina imponiéndose. Algunos han querido centrar el debate en titulares ajenos, como aquel que decía “Muchas pymes y autónomos no tendrán que adaptarse a esta nueva ley”; un titular que no es nuestro, porque nunca hemos cuantificado a cuántos afecta la norma.
Pero ese desvío interesado ha intentado desplazar la conversación hacia si son muchos o pocos, en lugar de centrarse en la cuestión esencial: si todos deben o no deben adaptarse. Mensaje lanzado masivamente por la Agencia Tributaria y recogido por múltiples actores más interesados en su propio negocio que en la atención o los derechos de los ciudadanos.
Y ese es el debate que realmente importa; todo lo demás solo genera desconfianza y angustia, precisamente lo contrario de lo que debemos ofrecer como profesión.
Pasaba por ahí… y pensé que esta era una buena ocasión para recordarlo. Porque, cuando el ruido baja, cuando se apagan las urgencias artificiales y cuando desaparecen las presiones, lo único que queda es esto: la credibilidad. La nuestra.