Un CEO promedio percibe en una mañana lo que un empleado de base tarda meses en ganar. El sistema capitalista lo justifica bajo una supuesta "meritocracia de gestión" que está a punto de colapsar. La brecha no es solo económica, es una desconexión moral que destruye la cohesión social y vacía de contenido la democracia.

No se trata de atacar la riqueza, sino la desproporción. Una empresa es una comunidad de propósito. Cuando el líder gana 100 veces más que el operario, la comunidad se rompe. Proponer horquillas salariales (máximos y mínimos vinculados) no es radicalismo, es higiene organizacional. Si el CEO quiere ganar más, debe elevar el sueldo de toda su plantilla.

Durante décadas, los puestos de gestión intermedia y administración fueron el refugio de la clase media profesional. Hoy, la Inteligencia Artificial demuestra que esos procesos son optimizables y, por tanto, prescindibles. Esto deja al "cuello blanco" en una vulnerabilidad que antes solo conocía el obrero, desmoronando la jerarquía tradicional de prestigio laboral. La IA no viene a por el fontanero, viene a por el analista.

Mientras las criptomonedas y la especulación financiera crean castillos de naipes digitales, el sistema sigue sosteniéndose sobre quienes reparan tuberías, cuidan ancianos, recogen cosechas o construyen hogares. Son trabajos insustituibles por lo virtual. Ha llegado la hora de que el salario y el prestigio social reflejen esa "irremplazabilidad". La verdadera economía es la que toca la realidad, no la que habita en un servidor a miles de kilómetros de distancia.

La prensa económica nos cuenta que los consejos de administración se embriagan con métricas de productividad infladas por la IA, eliminando de un plumazo miles de puestos de gestión intermedia, al tiempo que aflora una verdad incómoda: el algoritmo puede redactar un informe financiero en segundos, pero es incapaz de cambiar una válvula de presión o cuidar a un enfermo. Estamos ante la gran paradoja del siglo XXI: los trabajos que despreciamos por 'manuales' son los únicos que nos anclan a la realidad, mientras que la especulación financiera y los salarios de siete cifras de los CEOs se revelan como lo que son: una estructura parasitaria que ha olvidado quién sostiene realmente el mundo.

Hay que cambiar el contrato social. La estabilidad del futuro no vendrá de más tecnología, sino de un retorno a la justicia salarial y al respeto por el esfuerzo físico y esencial.

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