Todo el mundo conoce la frase “la unión hace la fuerza”. Un dicho que a buen seguro cualquiera ha repetido una o varias veces en su vida. Y una idea que, en principio, tiene connotaciones positivas. Juntos somos más fuertes o, en lenguaje de nuestro Siglo de oro, “Todos a una, Fuenteovejuna”, como inmortalizó Lope de Vega.

Sin embargo, en estos días veo que la idea de la unión ni siempre es tan buena como parece ni tiene connotaciones tan positivas. Y lo pienso a raíz de lo que está sucediendo -me gustaría decir que ya ha sucedido, pero temo que no es solo cosa del pasado- en Irlanda de Norte, donde unos acontecimientos terribles de tinte racista y violento están sacudiendo las calles.

Parece ser que lo que abrió la espita del gas de los disturbios -más bien, salvajadas- fue el ataque en plena calle de un hombre a otro, al que trató de decapitar. Y, precisamente, la circunstancia de que el atacante fuera sudanés fue lo que desencadenó la oleada de racismo violento y descontrolado.

Cuando escuchaba en las noticias que personas con la cara cubierta habían tomado las calles y se dedicaban a atacar a las personas migrantes e incluso a quemar sus casas, no puede evitar rememorar esas imágenes que tantas veces hemos visto en películas y series. Aquellas escenas del Ku Klux Klan con sus capuchas y sus antorchas encendidas atacando las personas y bienes de los negros en Estados Unidos no eran tan distintas de lo que ahora se está viendo. Y tampoco se diferencia mucho de lo que hizo el nazismo en su día, aunque en vez de capuchas llevaran uniformes militares y los emblemas de las SS.

Por desgracia, no es un fenómeno aislado. Aquí y allá, cada día con más frecuencia, surgen brotes racistas con cualquier excusa, y la consigna de atacar al diferente se convierte en el santo y seña.

Sin ir más lejos, en Suiza acaban de votar si se blindaba el tope de población para impedir la entrada de migrantes de cara a un futuro que pronto sería presente. No ha prosperado, por fortuna, pero más de un 40 por ciento de la población estaba a favor de ese límite. Y, aunque en este caso no haya habido episodios de violencia, la raíz es exactamente la misma, la intolerancia.

Nadie se libra de esta oleada, a la que tampoco es ajeno nuestro país. No hay más que recordar el contenido de determinados acuerdos de gobierno en algunas de nuestras Comunidades Autónomas para darse cuenta.

Si el mundo no reacciona, llegaremos tarde. Si no hemos llegado ya.

SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)

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