El antisanchismo se ha convertido en un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) para una parte importante de la dirigencia opositora española, cuyos síntomas empiezan a ser muy preocupantes, en la medida que secuestran el debate político sobre los problemas que afectan a la mayoría de la población.
Se le quita tiempo y dedicación a la discusión de ideas, propuestas y proyectos para dedicárselo a la mera confrontación personal. La semana pasada un columnista de un periódico conservador y monárquico, tenido por moderado, que también sale en la tele andaluza, decía que hay que oponerse por rutina a lo que diga o haga Pedro Sánchez, así, por defecto, a priori, sin razonamiento alguno, porque Perro Sanxe es malo malísimo, haga lo que haga, la encarnación del mal absoluto, porque sí, sin matiz alguno.
No debe extrañar, por tanto, que el síndrome que comentamos provoque comportamientos indeseados, como la caída en contradicciones flagrantes, mentiras reiteradas y errores y equivocaciones discursivas. Que más que risas estas últimas deben suscitar preocupación por la salud mental del adversario y la necesidad de acudir a "terapia sin filtro", parafraseando el título de una divertida serie que aprovecho para recomendar.
La propuesta de prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, que me parece que puede ser discutible y necesitada de un análisis, se despacha con un rechazo indiscriminado, y el recurso a insultos sin contenido como traidor, dictador o totalitario. Lo razonable es debatir si deben ser otros límites de edad, o plantear si el verdadero problema es "la perversión del anonimato" en las redes, tomándole el título al último libro de Alex Grijelmo sobre el tema. Pero no la descalificación por principio.
La obsesión repetitiva no es una originalidad hispana es una adaptación de la que tiene la Internacional Reaccionaria con todo lo progresista, lo que los partidarios de Trump bautizan como woke, y que no es otra cosa que negar todo lo que no concuerda con sus ideas. Aquí se ha focalizado en Sánchez por su tenaz resistencia y su resiliencia tras todo tipo de adversidades.
Una de las personas más afectadas por este trastorno es la presidenta de la Comunidad de Madrid, cuyo principal objetivo es la confrontación con Sánchez con ocasión o sin ella. Las patologías mentales no son contagiosas, pero contaminan los entornos y pueden crear mimetismos en personas que dependan o se relacionen con los que las padecen. Este puede ser el caso de Feijóo respecto al líder de Vox o a la lideresa madrileña.
No crean que el toc antisanchista afecta solo a las élites directivas de los partidos de la oposición, ha permeado todas las capas y, como ejemplo, el caso de una concejal del PP en una localidad de la comunidad valenciana que se trasladó a otra autonomía, la aragonesa, para llamarle hijo de puta a Sánchez en el transcurso de un mitin electoral. Ni ha sido expulsada ni ha tenido consecuencia. Todo lo contrario.
Aunque la dedicación a la política implica una enorme responsabilidad ante miles de personas, no se requiere por ahora ningún examen de salud mental para acceder a ella y ningún control periódico para mantenerse al frente de un gobierno, ya sea local, regional o estatal. Por eso, apenas se evalúa la idoneidad psicológica para el desempeño de cargos políticos. He ahí el ejemplo de Trump, en un tris de hacer saltar el mundo por los aires.
Al paso que vamos no pasará mucho tiempo hasta que veamos cómo se implementan medidas para prevenir estos trastornos muy relacionados con egos narcisistas y delirios de grandeza.