Un lector asiduo de esta columna, y de derechas, por más señas, me pregunta si voy a escribir sobre Zapatero y su imputación por el juez Calama. Le respondo que no y le explico que tampoco he escrito sobre los múltiples casos de corrupción que afectan a la derecha y a la ultraderecha, algunos de los cuales le enumero de corrido como una larga letanía.

La pregunta podría considerarse pertinente, no obstante, además de dar por cierto y probado lo que de momento es solo "indiciario", desvela un mal muy asentado: la creencia de que los analistas que se precien deben orbitar alrededor del sol semanal que ha sido decretado (en esta tesitura, Zapatero). Mi negativa no es partidista ni contradictoria –aunque mi lector cree que ahí me ha pillado–, muy al contrario, es coherente con mi proceder porque si no me he dejado arrastrar por el barro de los escándalos de los contrarios, que llevan décadas en la agenda pública, no hay razón alguna para que lo haga precisamente con este. Se trata de una decisión consciente de salud mental y editorial: ya se habla demasiado y atolondradamente de estos casos y prefiero otros enfoques. 

Los medios tradicionales y las redes sociales retroalimentan un bucle casi infinito. Cuando todos se refieren a lo mismo, se produce un ruido ensordecedor que no informa, sino que satura. Opinar de lo que ya está en el candelero (sin más conocimiento que lo que va saliendo en fogonazos no verificados) es fácil y genera tráfico rápido, pero a costa de empobrecer el debate público. Si la prensa en papel y las tertulias se dedican en un 90% a un solo tema, quedan fuera realidades cruciales (vivienda, transición ecológica, precariedad, salud mental, futuro del trabajo...).

Considero que la democracia se nutre de la pluralidad. Si la opinión es homogénea en sus asuntos, la ciudadanía pierde la capacidad de descubrir otras realidades. La agenda única, como el pensamiento único, suele diseñarse para el choque frontal (amigo/enemigo). Al cambiar de materia y de planteamiento, las trincheras se descolocan y se obliga a la audiencia a reflexionar fuera de los dogmas de su "bando".

No trato de ignorar la realidad, ni mucho menos, intento un periodismo de opinión constructivo, que aporte soluciones y miradas que ayuden a salir del derrotismo y del cinismo político reinante. Estimo que el compromiso con las personas que me leen cada semana (incluidas las que albergan una visión diferente, como la que me ha preguntado), implica ofrecer un refugio de pensamiento frente al bombardeo redundante con la cuestión que toque. Salirse de la corriente no es insolidaridad con la actualidad, es un acto de resistencia para reclamar la necesidad de espacios distintos.

Si han llegado a estas líneas finales entenderán que me resista a darles el mismo plato recalentado que ya han servido en una docena de tertulias mañaneras o vespertinas y que no es otro que el menú único de Zapatero. Diez raciones y con patatas.

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