Hace un tiempo, leía algo que llamo particularmente mi atención. Decía que la nuestra era de las pocas generaciones que nunca habían vivido una guerra, y eso me hizo pensar en algo que nunca me había planteado. Porque, en efecto, ya somos varias las generaciones en nuestro país para quienes la guerra es algo que solo hemos visto en películas, por fortuna. Porque, salvo algún caso de longevidad extraordinaria, ya no quedan supervivientes de nuestra última guerra, la Guerra Civil.
Cuando la niña que fue estudiaba Historia, siempre me preguntaba porque a la Primera Guerra Mundial se le llamó antes Gran Guerra y, sobre todo, qué características debería tener una guerra para pasar de ser grande a mundial. ¿Tenía que comprometer a varios países, o a varios continentes? ¿O quizás debería trascender al ámbito de nuestro planeta, ya que el hombre había llegado a la Luna?
Nadie me aclaró entonces mis dudas de niña, ni tampoco me las aclara ahora de adulta. Pero mucho me temo que, si la frontera entre una guerra sin apellido y una guerra mundial es la intervención de varios países e incluso de varios continentes, estamos ya metidos en una sin remedio. Las últimas veleidades bélicas del líder del país más poderoso del mundo así lo confirman, por si alguien tenía dudas. Y eso da miedo, mucho miedo.
Y es que, aunque parezca una perogrullada, que nos encontremos ante una guerra mundial supondría que cualquier país podría verse envuelto en ella, entre ellos el nuestro, con todo lo que ello supone.
Pero la segunda cuestión que me planteo, aunque ya no sea aquella niña curiosa, es en qué momento podemos considerar que un país entra en una guerra. ¿Tienen que tocar las armas nuestro territorio de algún modo? ¿Basta con que enviemos tropas, efectivos, armas a otro país? ¿O hay que hacer algún tipo de declaración formal?
Confieso que desconozco la respuesta a estas preguntas, aunque lo bien cierto es que me importa poco. No la guerra, que me preocupa como a cualquier persona con dos dedos de frente, sino los requisitos formales para considerar que somos parte de la contienda. Porque el peligro no entiende de formalidades.
Así que, llegada a este punto, tal vez haya encontrado la respuesta a aquellas preguntas de mi infancia. Y es que una guerra es mundial cuando ningún país, territorio o lugar está fuera de peligro y cuando no lo está su ciudadanía, por lejos que parezca que suenan las bombas.
Lo que sabía entonces y sé ahora es que cualquier guerra es terrible. Más terrible cuando mayor es su ámbito. Y deseo con todas mis fuerzas continuar perteneciendo a esas generaciones que jamás vivieron una guerra, y que lo mismo ocurra con mis hijas. Ojalá se cumpla mi deseo.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)